jueves 08 de diciembre de 2022
COLUMNISTAS Asuntos internos

El libro como salvoconducto

13-11-2022 01:28

De acuerdo, un libro sirve para muchas cosas. Desde las opciones más trilladas a las más excéntricas, o si se quiere, inusuales. Adornan las paredes: hay quienes distribuyen los libros en la biblioteca siguiendo patrones de color, lo que da como resultado algo plásticamente irreprochable, aunque prácticamente poco recomendable: muchas veces el libro que buscamos, seguros de que es rojo, termina siendo verde. Son un arma: efectiva, además. No hace falta haber visto John Wick 3 o haber leído Pinocho para saber que con un libro se puede matar. Si una mesa o una silla baila, basta poner debajo de una pata un libro raquítico de poesía para que todo quede sólidamente nivelado, firme e inmóvil. Yo conocía ciertos pormenores, vivencias anónimas que hablaban de una acusación de hurto en un colectivo porteño rápidamente desbaratada solamente porque el acusado llevaba en la mano un libro. Una fotografía mostraba en las redes un puesto de libros en una calle de Bagdad, de noche, con todos los libros expuestos, sin protección; “los ladrones no leen y los lectores no roban”, decía el epígrafe, cosa que a todas luces es una mentira, pero dejemos que los iraquíes sigan creyendo eso. Yo hace unos días, viajando, aprendí que los lectores no trafican droga. O al menos eso es lo que creen las autoridades migratorias aeroportuarias.

  Desembarcando en el aeropuerto Leonardo Da Vinci, en Roma, a los ojos de un agente migratorio resulté sospechoso, de manera que gentilmente me detuvo y me hizo una serie de preguntas simples (de dónde venía, adónde iba, por cuánto tiempo...). Entre mis respuestas, claro, en algún momento mencioné la palabra libro (o libros); incluso es probable que lo mencionara más de una vez. Pero mi lamelle de sospechoso no se disipaba, así que me invitó a un pequeño cuarto contiguo para que abriera mi valija y él pudiera revisar con comodidad mis pertenencias. Cosa que hice, naturalmente. Pero bastó que abriera la valija y salieran a relucir los libros que llevaba para que volviera a cerrarla sonriendo y dijera, solamente, repitiendo una de las palabras que yo había usado: “Libros...”.

Su sonrisa denotaba cierto alivio: toparse con un traficante de droga significa poner en funcionamiento determinada maquinaria burocrática que el funcionario aeroportuario no tenía ganas de activar. Significa llenar papeles, sacar fotos, hablar, caminar, moverse... En cambio, ante la sola presencia de libros, todo ese mecanismo quedaba desarmado. Toda posible complicación quedaba neutralizada. Con lo agradable que es volver a ubicarse en una de las salidas y ver a los turistas pasar. Hasta buscar un posible sospechoso resulta más agradable que toparse finalmente con uno que confirma las sospechas. Después de todo, ¿quién no es sospechoso? Las noticias confirman que el traficante anida en quien menos uno se lo espera. Yo mismo era la confirmación: mi pinta, mi barba, mi equivocación, todo indicaba que yo lo era, y sin embargo no. Y lo que desencadenó la confirmación de que yo no era lo que la intuición había dictaminado que sí fueron los libros, solo eso.

De manera que me propongo incentivar aquí a los traficante que inicien una práctica aparentemente poco usada, que consiste en trasladar droga escondida en libros. Claro que hay otros datos y otras actitudes que deberán cumplirse para no levantar sospechas: transpirar con 12 grados no es un dato tranquilizador; decir cosas contradictorias tampoco. Digan que llegan a un país a presentar el libro de una amiga, que ustedes mismos son autores de algunos libros; ofrezcan regalarle uno al funcionario y hasta dedicárselo; si se hacen pasar por poetas, reciten uno de sus poemas. En lo posible uno largo. Estoy seguro de que van a poder ingresar sin problemas llevando lo que sea.

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