lunes 25 de octubre de 2021
COLUMNISTAS color y dolor
22-01-2021 23:08
22-01-2021 23:08

El maestro de lo feo

22-01-2021 23:08

Pueden nombrarlo como Chaim y pronunciar Jaím aspirando un poco la jota, o decirle Jaime; de haber vivido en la Argentina de Sarmiento las educadoras lo habrían disminuido a Jaimito, pero Chaim Soutine nació en 1893 en Smilovichi (dígase Smiloviski, si el sitio aún existe) un pequeño pueblito lituano cercano a Minsk, hijo de un sastre pobre y con pocos encargos, para más datos incapaz de cobrar a tiempo los que tenía para alimentar a sus once hijos. 

Su primera alteración de la norma –escrita o no escrita, estática o estética- fue trazar un retrato a lápiz de su maestro, cosa mal vista entre la rígida comunidad de judíos religiosos del ghetto pueblerino. Reprobado, repudiado, repodrido, se autoexilia a Minsk, luego escapa a Vilna. Allí estudia Bellas Artes y mendiga para comer. El invierno es duro. En 1913 peregrina a Paris. El hambre sigue, pero conoce a Chagall, a Léger, a Delaunay, a Cendrars, a Modigliani, a Zadhine, a Mischiaaninoff y a tantos otros que son oro en el polvo de la gloria y el olvido. Modigliani lo ayuda, más bien lo relaciona con Léopold Zborowsky, poeta y coleccionista, que lo beca con fondos propios y lo envía a inspirarse en los Pirineos y en los Alpes Marítimos. A su regreso a Paris, un coleccionista le compra cien de los doscientos cuadros pintados en los paisajes montañosos. Soutine ahora puede pasar de una pensión a una casa, comer hasta hartarse, vestirse con prendas delicadas, frecuentar los bares y los teatros, pero el hambre continúa devorándolo. Un matrimonio de coleccionistas, los Castaing, se desprenden de su inventario anterior para adquirir toda su obra pasada, presente y futura. Dios obra con sádica precisión de cirujano cuando le proporciona a un artista todo lo que este puede esperar. A partir de entonces, el pintor oscila entre períodos de gran producción y otros de una esterilidad lunar. Imaginemos sus amables encuentros en la mansión del matrimonio, tomando el té con doña Castaing, elogiándole las confituras y hablando de sus gladiolos. 

En 1937 se casa con Gerda Groth, una judía alemana. Cuando comienza la Segunda Guerra Mundial, su esposa es llevada a un campo de concentración, vuelta número; el número desaparece. Años más tarde se junta con Marie Berthe Aurenche, quien lo cuida cuando la úlcera que lo acompañó a lo largo de su vida se perfora y el cirujano encargado de la operación llega tarde y Chaim Soutine muere y en el último estertor su labio superior se levanta y deja al descubierto la crispada fijeza de su dentadura. Algunos, contemplando su obra, se preguntan de dónde sale la explosión de color y de dolor de sus animales descuartizados y colgados, sus pescados alucinando sobre la bandeja, sus flores sangrientas, su feísmo que nunca pudo copiar bien ese pequeño burgués de Pablo Picasso.

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