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Apuntes en viaje

El mar

El pacaá aparece de alguna parte, con su aire de estero y ese andar tan gracioso. No sabía que viven en la costa marina. Las chicas hacen fuego: en la parrilla, en el horno de barro.

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El mar. | marta toledo

La playa tiene ese ritmo lento de finales del verano. Aunque todavía el sol quema como fuego y los bañistas entran y salen del mar. Los vendedores ambulantes caminan sin descanso entre las lonas, los cuerpos echados, los castillos de arena, las reposeras, algunas sombrillas; vocean sus productos, cargan canastos o empujan carritos, los brazos dorados por el azote de la temporada.

Mis amigas y yo y un puñado de gente somos los últimos veraneantes de febrero. Para llegar hicimos un caminito entre árboles y trepamos una duna empinadísima. Raquel y Naty son fanáticas del mar así que apenas elegimos un lugar donde instalarnos, tiran las cosas, se arrancan los vestidos a los manotazos y corren hacia el agua como dos nenitas. Yo me quedo sentada con un libro y de vez en cuando levanto la vista de la página y las busco entre las olas, como si estuvieran a mi cargo. Vuelven con la sonrisa ocupándoles toda la cara, chorreando agua salada de los cabellos, agitadas por los revolcones del agua. En los paréntesis de las zambullidas, charlamos o leemos las tres y Raquel nos interrumpe para leer en voz alta algunos pasajes del libro de Jesse Ball que la tiene fascinada. En algún momento me convencen de entrar al agua. Le tengo miedo. Alguna me lleva de la mano, ahora la criatura soy yo. Me resisto un poco cuando siento el agua más arriba de los tobillos. Ellas se ríen y me señalan nenes de ocho años que desaparecen y reaparecen tragados y escupidos por las olas. Una ola grande, fuerte, me voltea y arrastro a Raquel conmigo. Me levanto y empiezo a correr hacia la playa, espantada. La sal me quema los ojos y la lengua.

En la casa nos sentamos afuera a mirar el último aliento de la tarde entre los pinos. Roma, la gata, baja del deck, se afila las uñas contra el tronco de un árbol, hace pis en la cama de pinochas que cubre el suelo. Naty cuenta que la primera vez que la trajo, hará cosa de un par de meses, caminaba como pisando algodones. Ahora es toda una gatita salvaje, a la que hay que llamar un rato largo  para que vuelva cuando queremos irnos a dormir.

El pacaá aparece de alguna parte, con su aire de estero y ese andar tan gracioso. No sabía que viven en la costa marina. Las chicas hacen fuego: en la parrilla, en el horno de barro; asan carne, pizzas, pescado, empanadas, amasan pan, tallarines. Yo pongo la mesa y lavo los platos; hago el mate, preparo tostadas a la mañana, abro el vino, sirvo copas… los pequeños actos fuera de escena.

Cada vez que escucho el mar de noche me acuerdo de un poema que leíamos cuando estudiaba francés en la adolescencia. Era un ejercicio de pronunciación: la profesora ponía un casete en el reproductor que tenía sobre la mesa, apretaba play y salía la voz profunda de un actor leyendo ese poema. Empezaba diciendo: La mer, la mer toujours recommencée! El cementerio marino, de Valéry. Tenía catorce años y todavía me faltaban alrededor de diez para conocer el mar. Lo más cerca que había estado era cuando la abuela venía de visita y nos mostraba fotos y traía caracoles y nos contaba cómo era la playa a la mañana muy temprano, el único momento en que podía caminar sola y escribirnos cartas mientras los patrones y sus hijos dormían. La abuela había conocido el mar a los cincuenta y pico cuando empezó a trabajar con cama adentro en Buenos Aires. La familia para la que trabajaba la llevaba con ellos para que cuide los chicos y siga haciendo las tareas en el departamento que alquilaban a veces en Mar del Plata, a veces en Punta del Este. Acercaba los caracoles grandes a nuestros oídos y nos decía: escuchen el ruido del mar.