“El cinismo consiste en ver las cosas como realmente son y no como se quiere que sean.”
Oscar Wilde (1854-1900)
Por suerte, la película contará, al menos por esta vez, con el muchachito rubio que al final siempre salva a los suyos y a su colega pero jamás amigo, el enganche melancólico, duro nativo, mezcla rara de Bogart y el Chance Gardiner de Desde el jardín. Vaya a saber qué pasará después. Cuentan que la audaz idea de Abel, el torturado, era borrarlos a los dos, pero los dirigentes lo convencieron rápidamente de que lo más prudente era asegurarse una huida digna y en salud de La Bombonera en caso de un mal resultado. Juegan.
El que también vuelve con una participación estelar es el Negro Ibarra, creador y único miembro de la “Fundación Román, ese Amigo del Alma, para la Armonía de los Planteles”. El resto de la zaga es un casting para una película de terror. Luiz Alberto, el que no es Spinetta ni tampoco el Patrón Bermúdez; Monzón, uno que prometió revolear al Chino Luna si lo encaraba y le embocó tres; Barroso, otro que tocó y se fue, como Pentrelli; Bonilla y Gunino, dos que perdieron el celular de Dios; Krupoviesa y Morel, los marcadores marcados, y Muñoz, que es como un amor de estudiante: hoy un juramento, mañana una traición. Javi García no pudo frenar la inundación. Los tapó el agua, como a Macri.
Abel, el torturado, ha probado en vano con todas las fórmulas, incluso las más absurdas, como hacer jugar a Méndez de cualquier cosa menos de 5, su puesto de toda la vida. Lo mismo con Prediger, ayer en la Selección, hoy en oferta “dos por uno”. Contradictorio, pasional, demasiado bocón, Alves lo ningunea a Mouche, el novio de América, insiste con el deprimido Gaitán y se queda con las ganas de más Viatri, como todos. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo despertar a los gigantes dormidos, a los berretas inflados, a los paracaidistas, a tanto chico rico con tristeza? ¿En qué quedó el sueño hegemónico macrista? ¿Cómo tolerar que no se gane todo? ¿Para qué están, si no? ¡Esto es Boca! ¿Esto es Boca?
La película de River es diferente. Su guión tiene más drama y un conflicto psicológico. Allí sobrevuela una ausencia omnipresente, la de Orteguita, el artista de la sed, un antihéroe que sufre su dolor en soledad mientras los demás discuten qué hacer con su vida. Es inútil, sin él no habrá magia, aunque ganen. Almeyda, el Elmer Van Hess que volvió del Showbol, se propone dejar el alma en la cancha. Presiente la cercanía del adiós, igual que Gallardo. Es que Passarella planea armar un top team para después del Mundial. Se verá. Por ahora todo es claroscuro, chispazos, la monocorde voz de Leo Astrada intentando calentar los mares. Poco.
La gente del club que insiste en ser Racing se encapricha con detener el tiempo y eternizar a estos sobrevivientes de los 90, cuando todo era derroche, dólares y riojanos intocables. Lo mismo pasa en el Boster Planet, con sus iconos del tiempo de rosas, cuando ganar era un trámite. Pura melancolía.
Por suerte y por desgracia, River ya no tiene al 9 gordinflón, estrella de todos los programas chimenteros. Ese enorme vacío, literalmente hablando, fue ocupado por Canales, un recién llegado al que ni siquiera le conocemos la voz, y Funes Mori, un chico de reality con doble apellido y cara de monaguillo. Dos delanteros serios y esforzados que, hasta ahora, parecen sufrir el mismo karma fabbiánico del arco cerrado. Lástima.
Ni las pésimas campañas, ni la ausencia de títulos en juego, ni las internas, ni notable decadencia futbolera de ambos han conseguido afectar el fabuloso marketing de un partido que simboliza como nada la desmesura argentina por el fútbol. Un Boca-River se vende como un artículo de consumo turístico, igual que una noche de tango, los asados con cuero o un paseo por la pampa para ver gauchos. Cash.
El sofisticado paquete Boca Experience, por ejemplo, con visitas al museo, los vestuarios, el micro de los jugadores y la tribuna popular, cotiza a 400 dólares por cabeza. Wow. Por su parte, La 12 también ofrece su exótica experiencia de turismo-aventura que se factura según nacionalidad, divisa, portación de cara y/o oferta y demanda. Algo parecido hacen Los Borrachos del Tablón, los energúmenos de la contra. Los gringos van y pagan, criaturitas de Dios. Sueñan con un espectáculo único. Lo tendrán, claro. Eso sí, de fútbol, ni hablar.
Jugarse por un empate clavado no sería ilógico, sobre todo imaginando el pánico de unos y otros a convertirse en mariscales de la derrota. River, pobre, se acostumbró a perder, así que la mayor presión la tendrá Boca. Abel, el torturado, apeló con ingenuidad a la sagrada mística para motivar a los suyos, bastante excitados ya por su instinto de conservación. Leo, el monocorde, sueña con verlos últimos. Y bueh.
Eso sí, muchachos: en la semana, el show mediático de la catástrofe disfrutará full time sólo con el derrotado. Habrá polémica, acusaciones, despidos, renuncias, más negocios. Ninguna novedad. La perversión de siempre, aceptada y celebrada por todos. Eso que los iniciados, con simpática indulgencia, insisten en llamar “las reglas del juego”.