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EL ECONOMISTA DE LA SEMANA

El modelo está agotado: hay que cambiar el modelo

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Existe cierta analogía entre la situación de hoy y la que se vivió durante la segunda mitad de la década de los 90. En aquel momento, pensar en abandonar la convertibilidad resultaba casi una herejía, dada la magnitud del impacto negativo que ello generaría. Pero las cosas pasan, y la convertibilidad fue abandonada de la peor manera, con consecuencias sociales gravísimas.

Hoy, la Argentina enfrenta una situación parecida. El Gobierno, una parte importante de la oposición y de la opinión pública y algunos colegas creen que los lineamientos generales del “modelo” deben mantenerse.

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A medida que se agravaba el problema de falta de competitividad y de desprestigio internacional de la convertibilidad, se deterioraba progresiva e inexorablemente la situación social; pero la alternativa de abandonarlo lucía precisamente muy costosa en términos sociales.

Esta situación se repite hoy, de la mano de un modelo que contradice elementales principios micro y macroeconómicos.

Nos encontramos frente a una suerte de trampa: a pesar de que la situación social empeora como consecuencia de las inconsistencias del modelo, los costos de cambiarlo se perciben tan altos que lo “óptimo” (al menos en el corto plazo) es no hacer nada y dejar las cosas como están.

Hoy, los “costos” de cambiar un mal modelo son altos. Quizás no tan altos como aquellos que implicaban la salida de la convertibilidad, pero lo suficiente como para desincentivar el cambio.

Precios. Los que creen que la inflación se baja fácil, y sin grandes costos en términos de nivel de actividad de corto plazo, se equivocan.

Y los que creen que se puede seguir con estos niveles de inflación, como si nada pasara, también.

Basta ver el progresivo deterioro del bienestar general que produce la inflación y cómo éste contrasta con lo que sucede en otros países de la región y cómo se compara con lo sucedido hacia fines de los 90. En aquel entonces, como consecuencia del altísimo desempleo y, actualmente, como consecuencia de una altísima inflación.

Un alto desempleo es uno de los principales males que puede afectar a una economía. La alta inflación, también. Así, aquellos países que ostentan menos desempleo y menos inflación son los que disfrutan de un mayor bienestar, tanto económico como social.

Tasas. Sobre esta base, a mediados de los 70, el economista Arthur Okun inventó el “Indice de Miseria”, mediante la combinación simple entre la tasa de desempleo y la tasa de inflación. Cuanto más elevado resulta el índice, mayor es la “miseria”, y viceversa.

Podría argumentarse que no es correcto calcular el “Indice de Miseria” como el promedio simple entre la tasa de inflación y la tasa de desempleo, dado que, desde el punto de vista social, tiene más “valor” una caída de 1% en la tasa de desempleo que una disminución de 1% en la tasa de inflación.

Esta distinción resulta particularmente importante para el caso de la Argentina de los últimos años, dada la tendencia al incremento del ritmo de expansión de los precios.

Siguiendo algunos estudios empíricos, utilizamos entonces una ponderación mayor para el desempleo (0.63) que para la inflación (0.37).

La performance de la Argentina versus los otros países de América del Sur no es alentadora.

Muy alto. Durante 2010, el “Indice de Miseria” de la Argentina ascendió al 12.9%, bien por arriba de los registros correspondientes a México y Perú (con “Indices de Miseria” de 4.7% y 5.7%, respectivamente), por un lado, y a Chile, Brasil, Uruguay y Colombia (con valores entre 6.3% y 8.4%), por otro.

De las economías importantes de América del Sur, sólo Venezuela (con un registro de 16.2%) tuvo en 2010 un “Indice de Miseria” superior al de la Argentina.

Además, mientras que en nuestro país la tendencia a partir de 2004 fue hacia un leve incremento, el resto de los países muestra una clara caída.

El gráfico adjunto transmite una amarga sensación: la Argentina se perdió algo.

Peor. El deterioro que se inició a partir de 2005 y se profundizó durante los últimos años obedece a una razón bastante sencilla: mientras que la tasa de desempleo baja por “escalera”, la tasa de inflación sube por “ascensor”.

En efecto, luego de tocar un “piso” en 2004, el índice ha crecido desde ese año, consolidándose un par de escalones más arriba que unos años atrás.

Hoy, el índice se encuentra en valores incluso superiores a los previos a la crisis de 2001/2002.

La convertibilidad terminó mal cuando una situación que venía “atada con alambre” fue golpeada por una sucesión de shocks negativos (crisis asiática de 1997, crisis rusa de 1998, devaluación de Brasil de 1999), que aceleraron una trayectoria explosiva producto de la inconsistencia de la política fiscal y el régimen cambiario.

Hoy estamos frente a una situación similar. Estamos a uno o dos shocks negativos de que el modelo muestre su inviabilidad. ¿Otra Niña el año que viene? ¿Una devaluación en Brasil?

Pero, incluso si ese shock negativo no se produjera, la dinámica macroeconómica (inflación creciente, precios y salarios en dólares cada vez más altos y pérdida del poder adquisitivo, sobre todo, en el sector informal de la economía) es insostenible y no hay vuelta que darle.

Sólo la “morfina” de la soja permite que sobreviva sin un insoportable costo social.

Los “costos” de salida no son bajos (y por el momento, son pocos los que lucen políticamente dispuestos a enfrentarlos). Pero no pagarlos, haciendo nada, terminará siendo seguramente peor.

Unas cuantas experiencias previas deberían ser más que suficiente enseñanza para no volver a cometer el mismo error.