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Democracia y excluidos

El pacto roto

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Sin apoyo. Es el caso de la provincia del Sur, liderada por Ignacio Torres. | cedoc

La democracia no es ni más ni menos que un pacto, un acuerdo sobre cómo convivir y sobre cómo será modulada la voluntad de quienes conviven entre sí. Este pacto, que siempre tiene al pueblo como el titular del poder, puede tener formas más amplias o más restringidas en las que ese poder se ejerce. En Argentina este dilema parece actualizarse, pero sobre la base de un intercambio de roles. Lo que se presentaba como amplio o democrático es acusado por el Presidente y por un sector importante de la sociedad de “casta”, una noción contraria al ideal democrático. Pareciera que estamos ante un nuevo tiempo que pone en discusión el componente de un régimen democrático: los consensos. La pregunta es quiénes venían estableciendo esos consensos, quiénes los establecen ahora o bien, si están dispuestos a consensuar.

Nos encontramos con una figura presidencial con altos índices de legitimidad, pero sin apoyo legislativo ni de los gobernadores. Muestra de ello son, por un lado, el fracaso de la ley ómnibus y, por otro, la contienda abierta entre los gobernadores de las provincias del Sur liderada por Ignacio Torres –gobernador de Chubut– y el gobierno nacional. El Presidente es débil en términos institucionales, pero fuerte en su base electoral. Amplia, diversa y contradictoria, aunque sólida en términos de apoyo. Esta realidad sugiere un problema no menor en torno a la representación. Es decir, no solo tenemos un problema de forma ligado a los pesos y contrapesos propios de un sistema democrático, sino a la evocación, y podríamos sumar, a la dilucidación de la voluntad popular, expresada en las últimas contiendas electorales. Al respecto, Melina Vázquez ofrece un concierto de voces que retrata las experiencias de militantes libertarios, específicamente de jóvenes que no se han sentido incluidos en los partidos tradicionales, pero tampoco en las políticas de gobierno de los últimos ocho años, al menos.

El problema de la exclusión como forma de hacer política, puesta en marcha incluso por gobiernos autodenominados progresistas, encontró su límite y paradójicamente su exacerbación. Una serie de nuevas identidades se manifiestan y buscan que sus intereses sean representados. Con la característica de que esas identidades no tienen problema en pronunciarse abiertamente de derecha y con un liderazgo que parece desconocer las reglas.

Estos sectores piden ser reconocidos, pero además tienen demandas concretas ligadas a la distribución de la riqueza y al funcionamiento del Estado. Nancy Frases hace referencia a esto cuando habla del principio de reconocimiento y del principio de distribución y de la falsa relación antitética entre uno y otro. No son derechos contrarios, sino complementarios. Distribución y reconocimiento piden las grandes mayorías hoy en nuestro país y han encontrado un caudal de expresión.

Ningún sistema puede estar enteramente protegido, como dice Ernesto Laclau. La democracia es un pacto, claro, pero nos olvidamos que es un pacto frágil, y quienes quedan fuera de este tarde o temprano van a ponerlo en cuestión. A veces, con sesgos más democráticos, como la experiencia de las sufragistas del siglo XX; otras, con sesgos menos democráticos, como puede ser la experiencia libertaria. La falsa tranquilidad que se desprendía de los discursos progresistas escondía la incapacidad de escucha de lo que experimentaban las grandes mayorías: la presencia vidriosa de un Estado que decía estar en el territorio, pero que en realidad estaba ausente. La fragilidad como condición de la democracia siempre estuvo presente, solo que la olvidamos por un buen rato.

* Magíster en Derechos Humanos y Democratización en América Latina y El Caribe por la Unsam. Miembro de la Red de politólogas - #NoSinMujeres