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COLUMNISTAS / opinion
domingo 28 octubre, 2018

El país de los indiferentes

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Ximena Simpson*

Elecciones Brasil. Foto: AFP

Reflexionar sobre la casi cierta victoria del candidato ultra-derechista Jair Bolsonaro (PSL) en las elecciones presidenciales de Brasil no es una tarea fácil. Siendo brasileña en lo particular y latinoamericana en lo general, no puedo dejar de expresar la profunda preocupación que me genera su ascensión. Bolsonaro es iliberal (conservador) en sus valores y liberal en lo que se refiere a su concepción acerca del papel del Estado como elemento central en la distribución de la riqueza de un país. Si esta conjunción puede ser dañina en sociedades ricas y más desarrolladas, en el contexto brasileño puede ser desastrosa.

Brasil, a pesar de los avances recientes en la lucha contra la desigualdad social, arroja un índice de Gini del 0,525 (en una escala en la cual el 0 representa una equidad perfecta y el 1, desigualdad extrema) (IBGE, 2016). El resultado muestra que el ingreso promedio de la mitad de los trabajadores activos brasileños (alrededor de 45 millones de habitantes) es inferior a 1 (un) sueldo mínimo (alrededor de US$ 240). Mientras que el 1% de la población que integra el percentil más rico, 889 mil personas, posee un ingreso promedio mensual de aproximadamente US$ 7.300.

La encuesta muestra que en todas las regiones del país el ingreso promedio de los hombres es un 30% superior al de las mujeres y que los blancos ganan un 50% más que los trabajadores negros y mulatos (no blancos).

Las diferencias se repiten regionalmente: los habitantes de las regiones Centro, Sur y Sureste reciben ingresos en torno al 50% más alto que aquellos que viven en las regiones del norte o noreste del país. En un país que muestra estos fuertes contrastes regionales, de género y relacionados al color de la piel de sus ciudadanos, la acción del Estado como ecualizador de diferencias económicas y como protector y promotor de los derechos de las minorías es fundamental.

Esta elección mostró una fuerte reacción popular en contra de los partidos tradicionales, hundidos en acusaciones de corrupción y frente al espectáculo sin pudor en el que legisladores y dirigentes políticos desnudaban sus luchas internas por el poder.

Prácticamente todos los referentes de los sectores de centro y centro-derecha (MDB, DEM, PSDB, REDE) sufrieron una tremenda debacle electoral.


Por el lado más a la izquierda, el PT, irónicamente, fue el único que se mantuvo de pie, a pesar de ver crecer en intensidad sus niveles de rechazo en la población.
Los temas centrales de la campaña giraron en torno a la corrupción y a la seguridad. La mayoría de la ciudadanía, harta y rehén de la violencia que azota a gran parte del país, amenaza con patear el tablero.

Bolsonaro, sin embargo, no es un outsider ya que hace 27 años es diputado federal y usufructúa al máximo los beneficios de su posición, aunque sí podemos afirmar que en su discurso predica un radicalismo antisistema. Tomando los votos válidos de la última encuesta, el diputado es el elegido por el 56% de la población, mientras que el ex alcalde de San Pablo arroja un 44% de las preferencias del electorado.

En tanto, volviendo al país de los contrastes, la consultora DataFolha muestra que los votantes se dividen en dos polos bien definidos: el 89% de los electores de Bolsonaro son los ciudadanos más ricos, blancos y con mayores niveles de escolaridad; mientras que el 79% de los votantes de Haddad proviene de los sectores más pobres de la población, son no blancos y con menores niveles de educación formal.

Es difícil creer que el país del samba y de la bossa, del carnaval y de las caipirinhas pueda cuajar con la figura reaccionaria, machista, racista y homofóbica que representa el candidato del PSL.

Pese a todo, su discurso, además de violento, también es llano. Sus propuestas son afirmaciones casi etéreas que carecen de conocimiento concreto acerca de las articulaciones necesarias en la política real para llevar a cabo una agenda gubernamental en todas sus dimensiones. Esa, posiblemente, sea la esperanza de muchos: paradójicamente, que no cumpla con lo que promete.

Quizá para comprender este fenómeno (y para amenizar el dolor) debamos recordar a Gramsci en su Odio a los indiferentes (1917). A lo mejor esa mayoría que, por razones que remiten a los bajos índices de politización de las camadas medias y medias-altas de Brasil, u otras cuestiones que no caben en esta breve nota, se ha vuelto perezosa. Opta por no pensar y acude a soluciones que, por radicales, parecen fáciles. Se ha vuelto así indiferente. Hago mías las palabras del citado autor: “Los destinos de una época son manipulados de acuerdo con visiones restrictas, objetivos inmediatos, ambiciones y pasiones personales de pequeños grupos activos, y la masa de hombres lo ignora, porque no se preocupa. Por eso, odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidian sus lamentos de eternos inocentes”.

 

*Politógoga, Escuela de Política y Gobierno / Unsam.


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