La primera vuelta electoral ya confirmó el Congreso de la Argentina que viene. El Poder Legislativo estará dividido y se esperan arduas negociaciones para formar la mayoría que sustente las políticas públicas del próximo presidente.
Ahora ¿seguirá el Congreso siendo el espacio donde solamente se justifican las decisiones resueltas en negociaciones previas fuera del debate y alejadas del recinto?, ¿seguirá la dinámica hasta ahora preponderante de generar una ilusión de la deliberación?
El gobierno que finaliza ha impuesto una lógica de construcción de poder por medio de lo que llamamos el realismo discursivo presidencial: una fuerte de construcción de poder desde el Ejecutivo a partir de contundentes discursos que se trasladan al sistema político sin discusión parlamentaria.
El Congreso que por su naturaleza histórica ha tenido como función central la de instalar en la agenda política los temas socialmente problematizados a través de la deliberación, se ha transformado en un espacio vacío de mecanismos argumentales y discursivos.
A tal punto llega esta muerte de la palabra institucionalizada, que la teoría política lo ha descripto acertadamente con varias categorías, que de consolidarse, harían perecer en su esencia a este poder del Estado. Veamos alguna de ellas y sus posibles superaciones.
Se analiza al Congreso desde el dominio legislativo presidencial, esto es, la capacidad del presidente para imponer proyectos de ley en el Congreso, y poco se interpreta la dinámica deliberativa para construir acuerdos y mayorías.
A ello, tenemos que contraponerle un indicador con un contenido teleológico, valorativo y propositivo que llamaremos el dominio argumentativo parlamentario, entendido como el poder del Congreso para construir discursivamente un capital institucional que le permita fijar la agenda política de los temas de preocupación de la sociedad con la mayor legitimidad y representatividad posible.
Este dominio argumentativo parlamentario le permitirá al Congreso y la garantizará a los representados: a) controlar propositivamente el contenido de la agenda pública; b) alejarse de la lógica de ser solamente un espacio pasivo y de aprobación del Ejecutivo; c)tener un poder de contenido argumental que balancee el desequilibrio del hiperpresidencialismo; y d) ser el espacio deliberativo por excelencia del sistema político.
Esta deliberación enriquece en sí misma la decisión política legislativa y le da sustento representativo frente a la sociedad y al sistema político.
Este dominio argumentativo parlamentario se opone expresamente a la cada vez más vigente teoría del cartel legislativo, en la cual un determinado grupo de actores monopoliza la agenda y tiene la capacidad de imponerla al resto del cuerpo colegiado.
En Argentina, forman el cartel legislativo, los presidentes de ambas cámaras y los presidentes de los bloques de la coalición gobernante. En nuestro Congreso, el cartel legislativo incluye al Presidente de la Nación, transformándose en un cartel ejecutivo-legislativo que centraliza las decisiones del sistema político de manera unilateral y fáctica, fuera de toda discusión participativa de los sectores con representación popular.
Si queremos un Congreso del cambio como la sociedad lo ha exigido, debemos proponer con la mayor responsabilidad política posible, que se estructure un esquema de decisión legislativa basado en el diálogo, el debate, la deliberación y la argumentación.
*Profesor e investigador de la UBA.