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COLUMNISTAS / Opinión
domingo 28 abril, 2019

El personaje inverosímil

Está volando de nuevo con una ONG que se ocupa de hacer llegar ayuda humanitaria a Mogadiscio, en Somalia.

por Quintín

default Foto: CEDOC

Conocimos a Enrique Piñeyro en 1999, la noche en la que terminaba el Festival de Cannes. Había viajado como actor y productor de Garage Olimpo, una película que hablaba de los vuelos de la muerte durante la dictadura. Yo estaba con Flavia, mi mujer, y nos sorprendió contando que también era médico y abogado, pero que su verdadera pasión era pilotear aviones, aunque acababa de renunciar a una línea aérea cuyos aviones no estaban adecuadamente mantenidos y en cualquier momento se caía alguno. Tres meses más tarde ocurrió la tragedia de LAPA, la compañía a la que Piñeyro había renunciado tras mandar una carta de advertencia sobre lo que estaba a punto de ocurrir. En esos días, yo trabajaba en la desaparecida revista Tres Puntos y le hice una extensa entrevista: si alguien podía hablar de lo ocurrido era él.

En 2004 descubrimos que, desde el accidente, Piñeyro se había dedicado a dirigir y protagonizar Whisky Romeo Zulu, una película que contaba en clave de ficción la historia previa a lo ocurrido en Aeroparque. Programamos la película en el Bafici y tengo un buen recuerdo de ella. Después, Piñeyro se siguió dedicando al cine, actuó en varias películas y dirigió tres largos documentales, además de montar un número unipersonal en el teatro. Creo que alguno no me gustó y a él no le gustó lo que dije de la película, de modo que no seguimos en contacto.

Un día nos enteramos de que Piñeyro había incorporado la gastronomía a su lista de actividades y supusimos que se dedicaba a ella desde su obsesión pedagógica por elevar los estándares de civilidad. Por eso, cuando un amigo que vive en Europa pasó por Buenos Aires y pidió que eligiéramos un lugar para invitarnos a cenar, no dudamos de que el lugar era Anchoíta, el emprendimiento de Piñeyro. Anchoíta es un restaurante de ambiente informal y una rigurosa cocina a la vista basada en productos de altísima calidad, que la Argentina podría ofrecer en cantidad y a costos razonables si se rompiera la fatal combinación entre el abastecimiento monopólico, la pereza comercial y la ignorancia de los consumidores. Carina Perticone, semióloga dedicada a la alimentación y asesora para las materias primas especiales de Anchoíta, nos explicaría días más tarde que estas incluyen la carne alimentada cien por ciento en pasturas, el pescado de río, la fruta agroecológica de Formosa, los hongos frescos de Chubut, los quesos de la provincia de Buenos Aires, además de los productos de la huerta propia y el pan elaborado en el local. Sin saber esos detalles, degustamos platos notables y bebimos con variedad y sutileza con la inestimable ayuda de Laura Lopresti, una de las cuatro sommeliers del lugar.  

Pero la velada tuvo dos momentos especiales. Uno fue cuando un comensal se atoró y no podía respirar. De pronto, Piñeyro emergió de su lugar entre las sartenes y, sin mediar palabra, lo agarró violentamente desde atrás, le hizo una maniobra para liberar la obstrucción y volvió silenciosamente a su puesto. Cuando nos íbamos, volvió a abandonar la cocina para saludarnos y nos contó que estaba volando de nuevo, a partir de una ONG que se ocupaba de facilitar la llegada de vuelos de ayuda humanitaria a Mogadiscio, donde la eterna guerra civil de Somalia les hace correr serios riesgos. Si Piñeyro no existiera, habría que inventarlo.


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