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COLUMNISTAS / Turquía
miércoles 14 noviembre, 2018

El realismo trágico de Erdogan

Los servicios de inteligencia turcos operan con gran impunidad dentro y fuera del país.

Pablo Kendikian (*)

El presidente turco junto a su canciller, Mevlüt Cavusoglu. Foto: AFP
miércoles 14 noviembre, 2018

Hay un cambio de paradigma en la construcción de la lógica del presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, que se afianza día a día y que conduce a una cada vez mayor impunidad de sus actos, ya sea dentro o fuera de su país.

Las actividades del MIT, la Organización Nacional de Inteligencia Turca, ponen de relieve un cambio estratégico importante en la escena mundial con la aparición de Turquía como exportadora del miedo y de la represión, ya que no sólo ejerce presión directa y de todo tipo en los propios territorios y en los vecinos, sino también en todo lugar en que se le presente la ocasión.

En colaboración con algunos servicios de inteligencia locales, Ankara saltó las fronteras nacionales para montar operaciones encubiertas, como los secuestros de ciudadanos turcos integrantes del Hizmet, la impresionante red global que armó Fethullah Gülen, el predicador islamista protegido por la CIA a quien Erdogan acusa de estar detrás del fallido golpe de Estado del 15 de julio de 2016.

Durante los primeros días de septiembre de este año los agentes de los servicios secretos turcos detuvieron en forma irregular en Moldavia a seis profesores “gülenistas” que trabajaban en las escuelas del Movimiento y los trasladaron a Turquía.

En marzo, en una operación conjunta con los servicios locales, los agentes del MIT secuestraron y transportaron a Turquía a otros seis docentes turcos que trabajaban en la escuela Orizont del Movimiento Gülen en Kosovo, hecho que causó un gran revuelo en el ambiente político de ese país balcánico y desembocó en la destitución del Ministro del Interior y del jefe de los espías locales.

El MIT secuestró en Azerbaiján a dos integrantes de la cofradía Gülen durante el pasado mes de julio y, según la prensa turca, los condujo a Ankara en un avión privado. Casos similares se produjeron en Turkmenistán, Gabón, Ucrania y en Malasia. En Ulan-Bator, Mongolia, la policía local frustró el secuestro de un profesor de la cofradía al que cinco integrantes del servicio de inteligencia turco habían llevado hasta un avión del ejército turco para sacarlo del país.

Luego del secuestro masivo en Kosovo, el viceprimer ministro, Bekir Bozdag, declaró que el MIT logró atrapar a 80 ciudadanos en 18 países. Bozdag aclaró que esas personas no fueron secuestradas sino “empaquetadas” con el consentimiento de los gobiernos de los países donde se encontraban y reconoció que no pasaron por los procedimientos usuales de extradición.

Revelación. Con estos antecedentes no sorprende la revelación del The Wall Street Journal en noviembre del 2017, donde se afirma que el fiscal estadounidense Robert Mueller investiga si Michael Flynn, quien fuera el asistente de seguridad de la administración Trump, estaba planificando el secuestro de Fethullah Gülen.

El artículo publicado en el prestigioso periódico afirma que Flynn evaluaba la posibilidad de trasportar a Gülen ilegalmente en un avión privado desde los Estados Unidos a Turquía. Según el FBI, Flynn mantuvo contactos con representantes y empresarios cercanos al gobierno turco justo antes de que Donald Trump lo nombrara Asesor de Seguridad Nacional, cargo en el que estuvo sólo 24 días.

En otro orden, es necesario recordar los desfavorables antecedentes de los agentes de la custodia del presidente Erdogan en las giras que el mandatario realizó por Chile, Estados Unidos y Ecuador por la inusitada y desmedida violencia que ejercieron que, en todos los casos, interfirió con la labor de las policías locales para atrapar a los manifestantes que protestaban contra el dignatario turco.

El mayor escándalo ocurrió en mayo de 2017 durante la visita de Erdogan a los Estados Unidos.

Luego de la reunión con Donald Trump, sus guardaespaldas golpearon salvajemente a manifestantes frente a la Casa Blanca. El hecho desató fuertes críticas de la administración Trump. El propio senador republicano John McCain pidió que el embajador turco en los Estados Unidos sea expulsado del país por haber dirigido los ataques.

En Ecuador, el caso cobró tanta gravedad que el canciller, Ricardo Patiño, presentó una nota de protesta al gobierno turco en la que remarcó que en su país “hay libertad de expresión y no son los miembros de seguridad de Turquía los que deben actuar en contra de los ciudadanos ecuatorianos”. Cabe consignar también que, según informaciones dignas de crédito, Erdogan suspendió su visita oficial a Uruguay a principios de este año por la negativa del presidente Tabaré Vázquez a acceder a las extremas medidas de seguridad exigidas por Turquía que incluían, entre otros requerimientos, la presencia de 100 custodios, francotiradores y perros de ataque.

Los ejemplos pueden seguir sin que debamos dejar escapar la brutal represión a la minoría kurda dentro del propio territorio turco. Sorprende la voluntaria ceguera mundial para no ver el peligroso costo del despotismo de Erdogan que utiliza el mapa mundial como terreno de maniobras de sus ambiciones imperiales lo que hoy no sólo se traduce en más tierras para su imperio.

(*) Agencia Prensa Armenia. Autor de Fethullah Gülen, Ciccus 2104


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