miércoles 21 de abril de 2021
COLUMNISTAS OPINION
18-07-2020 21:46

El regreso del 2002

18-07-2020 21:46

Parte de las versiones que alimentan lo que Artemio López llamó en su columna de ayer en PERFIL el “culebrón oficialista” relatan encuentros del vocero de Alberto Fernández con representantes de medios donde el funcionario ofrecería ser fuente de informaciones para notas críticas a Cristina Kirchner y hasta se ufanaría de alimentar a determinados periodistas audiovisuales muy críticos del kirchnerismo. Desde una perspectiva paranoide, el vocero cumpliría un doble fin: contribuir al desgaste de la imagen pública de la vicepresidenta y hacer público el enfrentamiento con kirchnerismo: cuando habla el vocero, habla el Presidente.

El caos que dejará la pospandemia podría motivar un acuerdo del oficialismo con la oposición

Artemio López explica racionalmente las diferencias entre el Presidente y su vice (https://bit.ly/Artemio-columna). Él sostendría  “que se debe ir a buscar al ciudadano independiente que sobrevuela la grieta sin incorporarse, que será en definitiva quien defina la elección de medio término ya a la vuelta de la esquina”. Ella insistiría “en consolidar el voto propio que representa un nada despreciable 40% y con la buena gestión de gobierno hacer que una parte de los electores ‘independientes’ opte por el oficialismo bajo una operación simple de costo-beneficio”.

Otra interpretación de las causas de las tensiones que se vivieron la semana pasada entre ellos la da Alejandro Katz en su columna titulada “La versión más sombría de Alberto Presidente” (https://bit.ly/columna-katz): “Alberto Fernández no sabe lo que quiere. No puede distinguir entre alternativas diversas para un mismo problema, que va y viene, según la palabra que escucha. Alberto Fernández fue un gran táctico. Alguien que construía acuerdos para lograr decisiones de corto plazo, que facilitaba alianzas, que podía destruir o construir, pero pensando en el corto plazo. No se conoce a Alberto Fernández pensando en el largo plazo. No se conocen sus ideas para el país”. 
Katz se refiere a que Alberto Fernández un día promueve expropiar Vicentin y el 9 de Julio elige estar acompañado por los  representantes del empresariado o decir: “No soy un loco suelto, no ando con una chequera de expropiaciones”. O un día sorprende al condenar en las Naciones Unidas las violaciones de los derechos humanos en Venezuela y otro justificar el pacto de Cristina Kirchner con Irán diciendo: “Fue un intento por destrabar y encontrar una solución” cuando en 2015 había sostenido que “el acuerdo con Irán era la prueba del encubrimiento del atentado y que la vicepresidenta era la autora de un delito”. Posiciones que parecen esquizofrénicas o mínimamente una forma pueril de querer contentar a kirchneristas y no kirchneristas.

Pero el no tener un rumbo  no es solo un problema de Alberto Fernández. El experto en geopolítica mundial más leído en Washington, George Friedman, dijo en un reportaje de ayer en PERFIL (https://bit.ly/columna-no-saben): “Los gobiernos no saben qué están haciendo. Están asustados. Están confundidos. Nunca vivieron esta situación. Hacen cosas que tal vez funcionen, pero no están seguros. Pero no siguen una ideología. Ni siquiera saben qué harán mañana. Este es el problema fundamental. Todas las ideologías son irrelevantes en este momento. Nunca enfrentamos el cierre global de las economías”.

Pero simultáneamente a que exista una estrategia electoral distinta entre ellos, como explica Artemio López, y una dificultad cosmovisiva en Alberto Fernández, como explica Katz, sumado a la angustia que aqueja a todos los gobernantes del mundo sobre el futuro, como desarrolla Friedman, en el caso de la Argentina actual se agrega el arrastre de una profunda crisis económica de décadas que hizo pico en el estallido del 2002, y la que nunca se superó del todo a pesar de la recuperación entre 2003 y 2007. Es plausible imaginar que los distintos sectores de la coalición gobernante se estremezcan al pensar qué podría ser de ellos dentro de algunos meses si la economía no encontrara un curso y que las tensiones entre el Presidente y su vice sean también producidas por pesadillas distópicas.

El regreso del 2002 es un fantasma recurrente que emerge: hace tres semanas el intendente de José C. Paz, uno de los dos partidos del Conurbano más carenciados, Mario Ishii, sostuvo que a fin de agosto habrá una explosión social. En esa serie semanal de reportajes sobre el Conurbano en crisis que viene realizando PERFIL los últimos tres intendentes entrevistados cumplían cuarentena por casos de coronavirus: Martín Insaurralde, de Lomas de Zamora, contagiado; Jorge Ferraresi, de Avellaneda, por contacto con un contagiado, y en esta edición Néstor Grindetti, de Lanús, por  contagio de su mujer, señal del crecimiento exponencial del coronavirus. Lanús es un municipio rico sin las carencias de  José C. Paz; sin embargo, Grindetti dice: “La salida tendrá una complejidad enorme y va a ser mucho más difícil que la del 2001”.

Abracadabra. Pero frente a la distopía de un país hundiéndose en un agujero habría un posible “2002 bueno” si de la propia crisis terminal surgiera la solución tanto a la crisis económica misma como como a las contradicciones en la coalición gobernante. Sería la creación de una gran alianza legislativa que también integre a Juntos por el Cambio al estilo de la que en 2002 realizaron el radicalismo y el peronismo. 

Al sumar a la coalición de gobierno el radicalismo, la Coalición Cívica, el PRO, además de institucionalizar el lavagnismo, compartiendo la mitad de los ministerios,  se diluiría la proporción mayoritaria que hoy tiene el kirchnerismo en la coalición gobernante. Si se tratara de una empresa, sería un aumento de capital para diluir al socio mayoritario convirtiéndolo en una minoría más. Lo mismo que hizo Cristina a tener el 50% con solo el 25% de seguidores, podría hacer Alberto Fernández con el 15% de los votos del panperonismo no kirchnerista sumando a la oposición para pasar juntos  a controlar la nueva coalición de gobierno. La visión de Alberto Fernández de la economía estaría mucho más cerca de la de Lavagna y Hernán Lacunza como significante económico de Rodríguez Larreta y Vidal, que del kirchnerismo. La verdadera mayoría de los argentinos no está en los extremos, el problema es que nunca se encontró la forma de resegmentar los colectivos políticos construidos al calor de la grieta.

La mitad de los ministerios para la oposición junto  a una gran alianza legislativa

La crisis social que dejará el coronavirus producirá un reclamo de soluciones distintas a los problemas. La urgencia impondrá no solo otro ritmo, sino otras ideas. Podría haber una deriva autoritaria pero también su amenaza podría derribar muros  simbólicos juntando a quienes, del oficialismo y de la  oposición, vean que no quedará país para nadie sin la creación de una forma de gobernabilidad diferente.

El coronavirus es un gran acelerador tanto de lo malo como de lo bueno. Las cartas no están echadas.