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PERIODISMOPURO / HENRY COHEN, EXPERTO URUGUAYO
viernes 17 julio, 2020

"El problema de la Argentina es que llevan muchos días confinados, Uruguay tomó las medidas adecuadas"

El principal responsable del mayor caso de éxito del continente en la lucha contra el coronavirus enfatiza que no es un político, sino un científico. Tampoco es infectólogo: participa en un equipo liderado por un bioquímico, un ingeniero matemático y él mismo, una eminencia en gastroenterología. Tal multidisciplinariedad hace que el foco esté puesto en muchos factores, como el psicológico o el ético, a la hora de tratar la enfermedad. Por qué tienen tan pocos contagiados.

“El Grupo asesor científico honorario de uruguay fue apoyado siempre por todas las fuerzas políticas, sin banderías. No vamos a estar unos contra otros cuando hay que jugar una carta difícil”. Foto: cuarterolo

—Usted fue elegido el mejor gastroenterólogo del mundo por la organización mundial que los agrupa, fue presidente de la Academia de Medicina de Uruguay. Además, es la cara más visible del comité de tres asesores que aconsejan al Estado uruguayo en la lucha contra el coronavirus. Uruguay es el país más exitoso del continente en el combate contra el virus. Tiene solamente 287 infectados por cada millón de habitantes, solo mil infectados, 909 recuperados y solo 31 fallecidos. Para tomar dimensión, cabe ver qué sucede en otros países: Chile tiene 16 mil casos; Panamá, más de 11 mil; Estados Unidos, más de 10 mil; Perú, más de 10 mil; Brasil, 9 mil; República Dominicana, 4.600; Ecuador, 4.088; Argentina, que es uno de los países exitosos, 2.473 casos de infectados por millón de habitantes. Uruguay lo consiguió sin que sus cuarentenas fueran coercitivas. ¿Cómo hizo?

—Que un periodista como usted ponga los ojos en un médico uruguayo realmente es algo muy bueno, le agradezco. Su introducción fue realmente abrumadora. Las cifras muchas veces hablan por sí mismas. Pero hay que analizarlas más a fondo. Estamos tranquilos en Uruguay hasta el momento. Las cosas han marchado bien. El 1° de marzo Uruguay tuvo la fiesta del cambio; la mejor transición democrática es el traspaso de un gobierno de un partido al de otro. Luego de 15 años de una tendencia política se cambió hacia otra. Pero pocos días después, el 13 de marzo, tuvimos los primeros cuatro casos de coronavirus confirmados en Uruguay. ¿Por qué nos fue bien hasta el momento? Porque el gobierno rápidamente tomó las medidas adecuadas. Sin esperar muertos ni tragedias, ágilmente cerró las clases, le pidió a la gente que se quedara en la casa. No fue coercitivo, no se decretó una cuarentena obligatoria, a pesar de que en los días sucesivos fue algo solicitado por muchas fuerzas sindicales y políticas. Se respetó la tradición uruguaya de darle valor a la libertad individual. Se trabajó según lo que es la idiosincrasia del Uruguay. Se hizo respetando ese amor a la libertad y explicando por qué era importante que la gente se quedara en su casa. Pero no hubo obligación, sino motivación. Se explicó que cada uruguayo era dueño de lo que le pasara a sí mismo y de lo que les pasara a su familia, a su vecino, a sus amigos y a sus compañeros de trabajo. Así empezó esta historia. Y hubo respuesta a esa convocatoria, porque solo con las actitudes correctas del gobierno no hubiera alcanzado. Realmente, la gente se quedó en la casa, empezó a teletrabajar; los que tenían riesgo se quedaron aún más tiempo. Se cumplió en una forma realmente emocionante. Un tercer factor fue la respuesta de la ciencia. El gobierno rápidamente se dio cuenta de que ellos son políticos y que para enfrentar una epidemia necesitaban del campo científico.

“La manera de asesorar al gobierno es estudiando y trabajando.”

—La oposición, el Frente Amplio, pidió una cuarentena obligatoria. ¿Qué argumentos tenía esa fuerza para pedirla?

—Uruguay tuvo la misma suerte de otros países de Latinoamérica: ver lo que pasó previamente en China y Europa. Nos preparamos para la situación. Nos preguntamos por qué declarar una cuarentena obligatoria si creíamos que podíamos conseguir buenos resultados respetando esa tradición uruguaya y sin hacer sentir a la gente que estaba prisionera. La presión fue sindical, del Sindicato Médico, que yo integro. El Sindicato Médico de Uruguay (SMU) es una entidad gremial que agrupa a la mayor parte de mis colegas. A eso se sumaron las presiones políticas. Con la política no tengo ninguna relación. Lo importante es que se cumplió el objetivo. En ese momento hablábamos de aplanar la curva. El gran problema de tener demasiados casos hubiera sido sobrepasar nuestras capacidades instaladas. Uruguay tiene tradicionalmente una capacidad instalada en salud muy buena, con muy buen personal de salud, médico y no médico. Eso no es mérito de este gobierno, obvio, sino de muchos años atrás. Y mejoró en los años precedentes. 

El doctor Henry Cohen, en la entrevista con Jorge Fontevecchia.
“Cualquier enfermedad va a afectar muy duramente a un niño o a un adulto mal alimentados o que pasen frío. Hasta ahora vamos bien; pero nadie sabe qué pasará en el futuro”. (Foto: Pablo Cuarterolo)

—Cabría hacer un reconocimiento al Frente Amplio. En los últimos 15 años invirtió mucho en salud pública. En 2018, Uruguay ocupó el segundo lugar en el continente en materia de gasto social, con más del 17% del Producto Bruto. Según los datos más recientes de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para América Latina y el Caribe (Cepal), cuenta con la menor tasa de pobreza del continente: 8,8%, mientras que el promedio en el continente es de cerca de un tercio de niveles de pobreza. ¿Se podría decir que Uruguay cuenta hoy con una salud pública más sólida después de 15 años del Frente Amplio? 

—No me cabe la menor duda. Uruguay tiene prácticamente el 100% de cobertura de salud, gracias al Sistema Nacional Integrado de Salud que se creó y creció en los últimos 15 años. Hoy se atiende a cualquier persona con muy buenas prestaciones, independientemente de su clase social y de sus posibilidades económicas. No hay ningún uruguayo al que le falte una atención médica. Quiero sumar una cifra a su enumeración inicial: en el momento del cambio de gobierno teníamos 19 camas de CTI (Centros de Tratamiento Intensivo) por 100 mil habitantes. Es una cifra excelente, mejor que la mayor parte de los países de Latinoamérica y que varios de Europa. Sin embargo, en poco tiempo se mejoró. En dos meses, con el cambio de gobierno se pasó de 19 camas a 24. Había que reforzar ese sector, porque el gran temor que teníamos era que la situación nos sobrepasa. La respuesta del gobierno, la de la población y la del sistema científico permitieron que nunca llegáramos a esa escalada exponencial que tanto temíamos, y esperemos que no suceda nunca. Ahora estamos a cuatro meses y días de haber empezado la pandemia en Uruguay. Tuvimos algunos días en abril en los que llegamos a tener 300 casos activos. Ahora estamos en poco más de sesenta casos activos en este momento. Llegamos a tener solo 12.

—¿Si hubiese ganado el Frente Amplio se hubiera hecho una cuarentena obligatoria como en la Argentina?

—Hay una declaración de mi doble colega, médico y profesor de Medicina, el profesor Tabaré Vázquez, dos veces presidente del Uruguay, en la que pedía una cuarentena más estricta. Parece que hubo luego alguna confusión que aclaró. Son cosas que manejan los políticos. De poco sirve pensar qué hubiera hecho otro. Lo importante es lo que se hizo ahora. Pero corresponde decir que el Grupo Asesor Científico Honorario (GACH), formado por el profesor Rafael Radi, el profesor Fernando Paganini y yo, siempre fue apoyado por todo el sistema político, independientemente de banderías. Eso habla muy bien del Uruguay. Es así cuando hay que jugar las cartas difíciles. No vamos a estar uno contra el otro cuando de lo que se trata es de la salud. 

“Los niños les dicen a sus padres que no aguantan más el Zoom.”

—La Argentina también tiene muy buenos resultados en el combate contra el coronavirus; pero se hizo una cuarentena obligatoria y en este momento discutimos su flexibilización. Es razonable decir que la visión del Frente Amplio y la del gobierno actual de la Argentina son similares. A eso se suma que Luis Lacalle Pou es quien mejor imagen tiene entre todos los líderes latinoamericanos. Mantiene un 78% de aprobación. Le sigue Mario Abdo Benítez, presidente de Paraguay, con 77%, otro país exitoso, y luego Alberto Fernández, con 68% de aprobación. Claramente la aprobación de los gobiernos está en directa relación con el nivel de efectividad en la lucha contra el coronavirus. Este reportaje no es solo sobre el éxito de Argentina sino sobre cómo Uruguay llegó a tal éxito sin una cuarentena obligatoria. Hay una declaración suya que escuché en un programa de televisión uruguayo, en la que afirmaba que “en el comité de expertos hay especialistas de todos los campos científicos porque el Covid-19 no ataca el aparato respiratorio sino todo el cuerpo, e incluso el alma de la persona. Por eso tenemos especialistas en disciplinas como salud mental”. Me gustaría que usted explicara un poco esa diferencia entre atacar la enfermedad en su aspecto dominante y atender también las consecuencias residuales, como las enfermedades mentales.

—Cuando a principios de abril mi amigo el profesor Radi me dice que le hablaron del gobierno para asesorar en la transición hacia una nueva normalidad y que deseaba que ayudara en el área médica, y que el profesor Paganini se ocuparía del área de modelado de datos, empezamos a conversar. Como usted dijo al principio, soy gastroenterólogo, he trabajado muchos años en diferentes ramas de la medicina, pero no soy ni epidemiólogo ni especialista en virus. Allí nos dimos cuenta de que debíamos conformar un grupo de apoyo y formamos un grupo de expertos colaboradores del grupo asesor científico.

—Los tres integrantes principales son un matemático, un gastroenterólogo y un bioquímico.

—El profesor Rafael Radi es bioquímico, las ciencias básicas. Es el primer uruguayo miembro de la Academia de Ciencias de Estados Unidos (National Academy of Sciences), solo por mencionar alguno de sus títulos. Fue nombrado doctor honoris causa de la Universidad Europea de Madrid. 

—Ningún epidemiólogo, a pesar de que obviamente en el país los hay. 

—No en los tres convocados por el presidente Luis Lacalle Pou. Pero en el grupo tenemos varios epidemiólogos: tenemos expertos en salud mental, en ética, perinatólogos, intensivistas, infectólogos varios, un cardiólogo. En el grupo del profesor Paganini hay gente con diferentes subespecialidades en el área de modelado de números. Debemos estar permanentemente unidos. Tenemos reuniones semanales. En el grupo que yo dirijo, el área médica, tenemos subgrupos: Atención Primaria, Pediatría, Intensivismo. A su vez, los grupos a veces se reúnen entre ellos; otras, separados. Hemos hecho reuniones también con los grupos de matemáticas. La manera de asesorar al gobierno es trabajar y estudiar frente a una enfermedad que hace cinco o seis meses no se conocía en la faz de la Tierra. Tenemos que aprender juntos y estudiar continuamente. Hacemos informes que discutimos en reuniones por Zoom. A eso sumamos que cada semana tenemos una reunión con representantes del gobierno, algunas de ellas con el presidente mismo; otras con gente de su equipo. Discutimos los informes que llevamos, los analizamos, nos preguntan y luego se los llevan para discutir en el gobierno nacional, que es el que toma las decisiones. Los políticos saben su tarea específica y los científicos sabemos qué debemos hacer. Juntos podemos trabajar para mejorar la salud de los uruguayos, para evitar que este drama que vive el mundo realmente nos afecte gravemente. Porque nos afecta a todos. La sociedad está afectada en lo sanitario, en lo económico, en lo social.

—En algún sentido, enfermos estamos todos, aunque no tengamos el virus.

—La sociedad mundial padece la enfermedad. Tenemos que luchar contra el coronavirus en el mundo. Así aparece la incertidumbre; el ser humano tiene temores intrínsecos: a la enfermedad, a la muerte. Eso no es un problema, porque el temor a veces nos ayuda a enfrentar las situaciones. El problema es cuando el temor nos inmoviliza. Tratamos que no pase eso en Uruguay. Y el Grupo Asesor Científico Honorario, con sus sesenta integrantes, colabora. Así lo estima el gobierno nacional.

“Un oncólogo me decía: ‘Dejamos de hacer mamografías. Pensá la cantidad de cánceres de mama que habrá’.”

—Aquí en la Argentina también los epidemiólogos, los funcionarios del Ministerio de Salud, el propio ministro de Salud tienen altos índices de popularidad. Pero en la Argentina solo asesoran al Presidente epidemiólogos e infectólogos. Tanto que la oposición creó un neologismo: “infectadura”, que obviamente no comparto. Me gustaría entender su opinión de por qué Lacalle Pou no colocó en ese comité a un infectólogo.

—Porque el presidente Lacalle Pou le pidió al profesor Radi que armara el grupo. Y a su vez, el designado confió en mí para el área médica y en el profesor Paganini para el área de modelado de datos. Luego, nosotros elegimos a quienes considerábamos adecuados. Tenemos a excelentísimos epidemiólogos, infectólogos más otras ramas necesarias. Me preguntó por las consecuencias mentales del confinamiento. Ustedes llevan muchas semanas así. Nosotros tuvimos varias semanas de cuarentena voluntaria. Vemos que incide en todas las edades, en las personas ancianas, en nuestros hijos, nuestros nietos. Quieren estar con otros. Los niños dicen que no aguantan más el Zoom. Hablamos de los niños que tienen la suerte de contar con conexión a internet, porque en los barrios más carenciados tienen poca conexión a internet y varios niños en casa, y tienen con suerte una computadora o ninguna; pueden aparecer cuestiones vinculadas a la alimentación. En Uruguay muchos niños se alimentan en las escuelas. Hay decenas de consecuencias del confinamiento que en algún momento pagará la sociedad. El daño está, pero lo debemos minimizar.

—Fernando Paganini es ingeniero y matemático. Hace aproximadamente dos meses, en un artículo de la revista “Noticias”, un ingeniero hacía un cálculo sobre el aumento de la tasa de mortalidad en distintos tipos de enfermedades después de las grandes crisis. Tomaba el caso de Argentina, la crisis de 2002; tomaba en el caso de Grecia, la crisis de 2008 a 2010, y un informe mundial sobre los aumentos de cáncer después de situaciones de crisis económicas a nivel mundial. Y sobre esa base hacía una proyección y comparaba la situación entre hacer una cuarentena estricta y no hacerla. Llegaba a la conclusión teórica de que Argentina podría llegar a las 40 mil víctimas por coronavirus. Con una cuarentena estricta y prolongada, Argentina podría tener una cantidad similar de aumento de muertes por otras patologías no atendidas, por el aumento de la pobreza. A partir de allí se planteaba la discusión ética entre las muertes presentes y las futuras. Si se toma la opinión de filósofos utilitaristas, se llegaba a la conclusión de que había que preferir ahora evitar las muertes presentes y no las futuras. ¿Se planteó en Uruguay tal discusión?

—Es una pregunta muy interesante: abarca lo médico y lo filosófico. Como médico me enseñaron a prevenir la enfermedad, intentar evitarla, tratar de acompañar al enfermo. Si puedo curarlo, curarlo; y si no puedo, acompañarlo para evitar muertes prematuras. No puedo optar por una muerte futura o porque haya más muertos en el futuro. Tengo que evitar la mayor cantidad de enfermos y de muertes; pero no puedo dejar de pensar que van a aparecer muchas patologías o pacientes que no fueron diagnosticados o tratados. Ni hablar de la patología de la pobreza. El gobierno intenta que la tasa de pobreza aumente lo menos posible. Ojalá que eso pase en todos los países. Pero la crisis económica acompaña la situación. Tenemos 31 personas que fallecieron que nos duelen. No importa si es una persona de 87 años, como el último que falleció, o alguno más joven. 

“Si perdemos la capacidad de controlar, nos va a ir mal; si seguimos controlando, nos va a ir bien.”

—¿El ingeniero que integra el grupo en algún momento hizo cálculos respecto de los efectos que tendría una cuarentena más estricta y más prolongada en cuanto al ahorro de muertes presente comparado con las muertes posibles futuras? 

—Hay un tema temporal que aclarar. La epidemia empieza en Uruguay el día 13 de marzo. El Grupo Asesor Científico Honorario se reúne por primera vez con el presidente Luis Lacalle Pou el día 16 de abril. Al día siguiente, el presidente, junto con su director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, el economista Isaac Alfie, anuncia la creación de este grupo para acompañar el tránsito hacia la nueva normalidad. Primera vez que se maneja ese término en Uruguay, día 17 de abril. A partir de allí empezamos a trabajar. La decisión de la cuarentena no obligatoria fue tomada pura y exclusivamente por el gobierno. Si fue exitosa o no, es su mérito. Los hechos demostraron que no fue un error. Gracias a su respuesta, funcionó. Los matemáticos ven cuáles son las situaciones de riesgo para alertarnos lo más precozmente posible. A principios de junio, en una reunión de las academias de ciencia de toda Latinoamérica, se presentaron dos países como casos de éxito: Costa Rica y Uruguay. Pero en estos días Costa Rica superó lamentablemente los 9 mil enfermos. Sigue bien en la tasa de mortalidad, apenas supera las cuarenta. Pero se le escapó la cifra de las manos. Hay días que tiene varios cientos de enfermos. Nosotros en Uruguay tenemos un promedio bajo, menos de diez pacientes nuevos por día. Pudimos controlar los focos, pero sabemos, como venimos analizando, que si nos fue bien es porque se cumplió con la cuarentena voluntaria y porque se cumplieron las medidas de higiene: nos lavamos las manos, usamos el alcohol en gel. Ahora que empezamos a salir usamos la máscara facial. También hay otra cosa que va en paralelo y que es el gran trabajo de ese grupo al que usted hacía referencia, a cargo de Fernando Paganini y otros colegas. Es la identificación precoz de los brotes, buscar allí donde empiezan a aparecer pacientes, hacer el tracking, buscarlos, testearlos y luego aislarlos. En esa capacidad de predicción de brotes está el éxito o no de las etapas que vienen. 

“Hasta el momento, estamos tranquilos en Uruguay.”

—Déjeme hacer algunas comparaciones con Argentina y ver si usted está de acuerdo. En Argentina se dice que Uruguay tiene esos resultados porque tiene una concentración demográfica y un total de población sobre el territorio bajo. Uruguay tiene alrededor de 3 millones y medio de habitantes y la mitad de ellos viven en Montevideo. Si se compara la densidad de la ciudad de Montevideo, son alrededor de 2.500 personas por kilómetro cuadrado, mientras que en la Ciudad de Buenos Aires son 15 mil. El 90% de los casos argentinos sucede donde viven 15 millones de habitantes. La gente del Ministerio de Salud de la Argentina dice que si comparamos Uruguay con la provincia de Córdoba o con la provincia de Santa Fe, que tienen casi la misma población y más o menos el mismo territorio, la misma superficie, los datos son parecidos: Córdoba tiene alrededor de mil casos, lo mismo que tiene Uruguay, con la misma cantidad de habitantes y el mismo territorio, y Santa Fe menos, 600 casos. ¿Incide la demografía?

—Depende de la densidad de población, porque si hay más gente en menos espacio, puede haber más gente apilada. También incide el tema del nivel de ingresos, lo socioeconómico. Todo eso influye. También el sistema de salud. Tenemos un buen sistema. Se le dijo inmediatamente a la gente que se sintiera mal que no fuera al sanatorio: que llamara, que la iríamos a ver. Eso se instituyó rápidamente y bien. Hay un sistema de unidades móviles para situaciones más de urgencia que colaboró muchísimo. Antes de tener los primeros casos, los científicos de la Universidad de la República, la Universidad Pública del Uruguay y el Instituto Pasteur de Montevideo, que es una rama del Instituto Pasteur de París, se pusieron a trabajar frente a una realidad incontrovertible. Cuando cambió el gobierno se disponía de muy pocos tests a nivel del Ministerio de Salud Pública para hacer estudios de PCR. Rápidamente estos grupos empezaron a trabajar y pudieron producir sus propios tests, de manera tal que Uruguay hoy está haciendo bastante más de mil tests por día. Tenemos una cifra de tests por cantidad de habitantes realmente importante. El objetivo en aquel momento era estar en un rango similar al de Corea, y todo hecho en Uruguay, pero no solo por el orgullo de sacar la camiseta celeste y decir: “Lo hacemos acá”. Esto, como dice el profesor Carlos Batthyany, director del Instituto Pasteur de Montevideo, es el aumento de la soberanía científica del Uruguay. También hay un grupo de gente trabajando que excede largamente a nuestro grupo. Se pusieron a modelar cómo podía ser el desarrollo de la epidemia en Uruguay y calcularon que si nos iba mal podríamos tener 250 mil uruguayos enfermos. Si nos iba bien, tendríamos 2.500. Sobre esos modelos seguimos trabajando en forma permanente. Analizamos la situación local y la internacional. Muchas veces lo que sucede en la vida es el resultado de lo que nos forjamos. No todo es casualidad. El Uruguay buscó estar en esta situación. Por ahora, encontró resultados.

El doctor Henry Cohen, en la entrevista con Jorge Fontevecchia.
"Cuando en uruguay cambió el gobierno, se disponían de muy pocos test a nivel del Ministerio de Salud Pública para hacer estudios de PCR”. (Foto: Pablo Cuarterolo)

—¿Hubo en el Uruguay disminución del tratamiento a otras enfermedades? 

—No hay dudas de que eso sucedió en el área cardíaca. Un colega oncólogo me decía: “Dejamos de hacer mamografías. Solo en el hospital donde yo trabajaba se diagnosticaban tres por mes. Imaginate la cantidad de cánceres de mama que vamos a tener que atender cuando termine esta situación”. Uruguay empezó a transitar hacia la nueva normalidad. Comenzó por autorizar el trabajo en las obras de la construcción. Antes de los veinte días, fuimos allí con el gobierno, con su estructura sanitaria excelente, el Ministerio de Salud Pública y el servicio de salud del Estado. Chequeamos a un grupo representativo de obreros de la construcción. Todos dieron negativo. En Uruguay hemos diagnosticado solo por PCR. En otros países se combinó ese tipo de estudio con los serológicos. Después se decidió la apertura de las escuelas rurales en forma voluntaria. Los niños iban si los padres querían; también a unos veinte días después se estudió a los maestros: todos negativos. Eso nos permitió ir trabajando con seguridad, ir ampliando área por área. Empezamos a discutir, en varios ámbitos de la vida nacional, cómo podíamos seguir transitando, cómo podíamos empezar la reapertura de las policlínicas, a atender a los pacientes, a los niños sanos, a las embarazadas que estaban atendidas solo a través de la telemedicina. Se empezó de a poco con protocolos muy discutidos a todo nivel, que llegaron en muchas ocasiones a nuestro grupo para que fuéramos aportando nuestro granito de arena y le diéramos el visto bueno. De a poco, se empezó a normalizar la atención de los pacientes. Se hicieron cirugías pendientes. Pero tenemos problemas. No podemos olvidarnos del personal de la salud, que es el que está en la primera línea de lucha contra la pandemia, que se encuentra múltiplemente expuesto. Primero, al virus, pero segundo debemos tratar todo aquello emocional que mencionamos: todos los síndromes de estrés habidos y por haber y los que vamos a ver después, los postraumáticos. En todo el mundo, el grupo de población más afectado por el coronavirus es el de la salud. En Uruguay no es menos. 16% de los afectados ha sido personal de la salud. Por ahora, tenemos solamente un colega fallecido.

—Si uno hace un análisis de que en Uruguay la pobreza es el 8% y en la Argentina la pobreza es más del 30%, y si agrega el dato de que en el conurbano bonaerense los niveles de pobreza ascienden al 50%, mientras que en provincias como Córdoba, por ejemplo, prácticamente no existen esos conurbanos con pobreza, ¿se podría decir que la mejor medicina para la salud pública es que no haya pobreza? 

—El pobre siempre va a estar más expuesto. Hace pocos días un colega suyo me preguntaba si hay medicinas para pobres y medicinas para ricos. Es un poco duro decirlo de esa manera, pero los que tienen medios económicos van a acceder a una medicina mejor que los que no los tienen. Tenemos una tradición de todo el siglo pasado en Uruguay de democratización de la salud. En lo personal, peleé mucho por la democratización del acceso a la atención médica. No es el tema del día de hoy, pero tenemos un proyecto internacional que se llama ECHO, para democratizar el acceso a la atención médica en las áreas del interior de países menos favorecidos. Mucho de lo bueno que le llega a una sociedad va a estar en saber darle a cada poblador lo que precisa para su salud.

“Se explicó que cada uruguayo era dueño de lo que le pasara a sí mismo y de lo que le pasara al resto.”

—Mi pregunta apuntaba a las condiciones de las personas que viven en situación de pobreza; que no tienen acceso al agua potable, que viven en estado de hacinamiento.

—Cualquier enfermedad va a afectar muy duramente a un niño o un adulto mal alimentados o que pasen frío. Aquello del acceso universal puede ser algo un tanto teórico. Si alguien está en esas condiciones, con esas cifras escalofriantes de pobreza, realmente no va a tener las mismas posibilidades cuando llegue a atenderse. Eso duele en el alma. 

—Con tal nivel de pobreza, las calles son de barro, cuesta llegar con una ambulancia, falta el agua potable. Quizá la mejor inversión en salud sea erradicar la pobreza. Me pregunto si el ingeniero que integra el comité de tres expertos no hace este análisis. Si finalmente se hiciera una cuarentena más prolongada y aumentáramos la pobreza, finalmente la cantidad de muertes que ahorraríamos hoy serían menos que las que tendríamos en el futuro. ¿Se hicieron ese planteo? 

—Desde el punto de vista ético, no lo acepto. Debo pensar en las personas que se van a enfermar ahora. De todos modos, es algo que no se da en la situación actual de Uruguay. Si nos hubiera ido peor, quizás estaríamos discutiendo eso. Pero debemos discutir problemas reales: cómo hacer para evitar que nos pase lo que les sucedió a otros países que estaban bien y hoy están en situación de riesgo.

—En Uruguay hubo una fake news que lo involucra y se difundió, creo que ante el accidente de un camionero con neblina: se trató de un falso comunicado suyo en el que decía que en situaciones de neblina podía quedar el virus hasta veinte metros suspendido en el aire. ¿Podría explicarnos un poco qué fue esa controversia? Y háblenos de la posibilidad de que el virus quede en el aire.

—Lo de la fake news es una anécdota nomás. Tengo la suerte de tener dos hijos comunicadores que me dijeron que no me preocupara y que no valía la pena desmentir. Quedó allí. Y después tuve la suerte de que un gran humorista que hay en Uruguay hizo una nota. No sé cómo se originó. Se difundieron cosas ridículas acerca de la circulación del virus. Hubo una serie de días con neblina. Se empezó a decir que en los días de neblina no había que sacarse la máscara en ningún lugar. Parecía que las gotas estaban vivas y saltaban de un lado a otro. Primero salió sin firma. Después, con la firma de una de las principales sociedades médicas de Uruguay. Finalmente, a alguien se le ocurrió ponerle mi firma. Los dos primeros días la gente me empezó a preguntar por WhatsApp si realmente había escrito eso. Al principio, contestaba que no. Después vi que empezó a crecer, ahí les pregunté a los chicos y me dijeron que no sucedería nada. Todo el mundo se lo tomó para la chacota. Lo interesante es que hace pocos días la Organización Mundial de la Salud aceptó que las microgotitas también podían ser infectantes y tendrían algún papel en la trasmisión de la enfermedad. Como tantas otras cosas en una enfermedad desconocida, sin tratamientos muy efectivos y sin vacuna todavía desarrollada, vamos cambiando los conceptos. Al principio se discutía por el barbijo. Luego este asunto de las microgotitas. Lo que hoy parece cierto mañana puede no serlo.

“Uruguay tiene tradicionalmente una capacidad instalada en salud muy buena, con muy buen personal.”

—Usted habló de la idiosincrasia argentina. También conoce a la Argentina, porque estudió aquí. Los propios argentinos reconocen que los uruguayos son más disciplinados: quizás allí es más fácil hacer una cuarentena no coercitiva. ¿Qué reflexión le sugiere la diferencia idiosincrática de ambos países?

—En el año 74 acá estábamos bajo el golpe de Estado. Teníamos la Facultad y la Universidad de la República intervenidas por el gobierno militar. Había empezado primer año. En un viaje a la Argentina, vi en un diario que había un ingreso irrestricto a la UBA y me anoté. Y recomencé mi estudio. Aun así, no es necesario haber vivido allí como para conocernos mucho. Siempre hay una gran convivencia, un gran cariño y a veces también una gran competencia, no solo en lo deportivo. Es un dicho conocido que la mayor parte de los uruguayos creemos que los argentinos nos quieren más a los nosotros que nosotros a ellos. Tenemos idiosincrasias diferentes. Es distinto vivir en un país con 3 millones y medio de habitantes. Mal que bien, todos nos conocemos. Argentina es un país grande, con ambiciones diferentes, con crecimiento diferente y con historias culturales y políticas completamente diferentes. Lo cultural en el Río de la Plata es similar, pero no es idéntico. Hay muchas diferencias de idiosincrasia. En Uruguay nos comparamos más con el argentino del interior que con los porteños. Los uruguayos y los argentinos tenemos muchas más cosas en común que diferencias.

—¿Cuál es su evaluación sobre la estrategia del combate contra el coronavirus de la Argentina?

—No tengo tantos datos como para analizarla. Sí hacemos un análisis comparativo con lo que pasa en otros países, pero para tratar de ver qué hacer o no acá. El gran problema que veo en este momento es que llevan demasiados días de confinamiento y aun así las cifras seguían en aumento. Todavía no pudieron conseguir bajar esa curva como querían para esta etapa que terminó el viernes. Las primeras etapas fueron más o menos sencillas para el Uruguay, porque el gobierno tomó la decisión de no cuarentena obligatoria y porque el pueblo cumplió. 

“Tenemos casi el 100% de cobertura de salud gracias a un sistema que se creó hace 15 años.”

—Todo comenzó con una mujer que fue a un casamiento? 

—Había gente que había venido de Europa, que fue a la fiesta y contaminó a muchos. Luego hubo uno en el Hospital Vilardebó, que es el hospital de personas con problemas mentales, que fue simultáneo con otro en una casa de salud de ancianos en Montevideo. Y luego hubo dos en el interior, en Rivera, frontera seca con Santana do Livramento, en el norte y más en el este. Fuimos exitosos en controlarlos. Y eso sucedió porque las autoridades sabían qué hacer. Fue un gran éxito de nuestros científicos. Secuenciaron el genoma del virus. Eso es fantástico, porque podemos saber que hay diferentes secuencias de virus, de dónde vienen, cómo se origina el brote, cómo seguirlo. Desde hace unos días, hay un nuevo brote en un centro asistencial en Montevideo que nos tiene preocupados. Veremos cómo evoluciona. 

—Su esposa es psicóloga, además de mezzosoprano, una de sus aficiones es también la música clásica. ¿Influye su pareja en la importancia que le da a la salud mental?

—Hace mucho que ella no practica la psicología. Le gusta mucho más el canto, es una muy buena mezzosoprano. Disfrutamos con el resto de la familia de esa afición de mi señora, Débora. Sin embargo, a pesar de no practicar, uno es el producto de lo que fue, de lo que le transmitieron sus padres, lo que le transmitió su educación, su cultura y su propia familia. Para mí siempre fue muy importante considerar el ser humano como una unidad. No podíamos separar el ámbito de la salud mental del resto de la salud.

—En otra entrevista usted dijo: “Todo ha cambiado favorablemente, a mi criterio. De una medicina demasiado paternalista a una más respetuosa de lo que siente y quiere hacer el paciente, que es el que tiene que tener siempre la última palabra. Nosotros, los médicos, podemos estar convencidos de que hacer esto es lo mejor, pero si el paciente quiere hacer aquello, es la decisión de él. Capaz que los hechos le dan la razón”. O sea, ¿hay algo en una mirada más humanista, en introducir la libertad y el libre albedrío que conjuga esa ideología de que la cuarentena no sea compulsiva, que finalmente incide en la salud mental?

—Agradezco que haya encontrado esa frase porque pinta mucho de lo que es mi manera de enfrentar la medicina desde hace muchísimos años. Luego de tantos años de ver pacientes, se convirtió en el núcleo de mi actividad: es el respeto por el prójimo. Eso que usted llama humanismo y que yo también llamo humanismo. No existe humanismo sin libertad y viceversa. Y en eso está el concepto de salud mental: cuando le pedí al profesor académico Ricardo Bernardi, que es quien está en el Grupo Asesor Científico Honorario, que se integrara, me preguntó si me parecía necesario. Le dije que no era algo necesario, sino obligatorio. A mí me parece obligatorio que una persona con esa formación, profesor de Psicología Médica de la Facultad de Medicina, psiquiatra, psicoanalista, con una experiencia enorme y profunda, respetado por todo el mundo, sea quien nos asesore en esto y quien después nos diga quién más debiera sumarse y opinar. Así fue como se creó, con las nuevas autoridades de la Academia de Medicina, una línea 0800 para la gente que se siente afectada mentalmente por el tema del coronavirus. No dan abasto los psicólogos voluntarios.

“Tuvimos algunos días en abril en los que llegamos tener 300 casos activos.”

—También aumentaron un 80% las llamadas por violencia de género en Uruguay.

—No hay que pintar a Uruguay como el país perfecto y que no tiene estos problemas. Cuando hablamos de los niños en casa, uno de los argumentos que utilizamos para recomenzar las clases fue que no estábamos seguros de los beneficios que les reportábamos a los niños si no se juntaban unos con otros. Pero de lo que estábamos seguros era sobre los daños que les provocaba quedarse en casa y no ir al colegio. Cuando decíamos eso, abarcábamos todas estas situaciones. Lo dijimos en la primera y única conferencia de prensa del grupo que dio para toda la prensa nacional. En la última literatura médica de la revista Pediatrics, ya se dice que el gran problema era mucho peor dejarlos en casa que mandarlos a la escuela. Y uno de los problemas era la alimentación y otro, el aumento del abuso. Muchos padres no tienen para darles de comer a sus hijos, y eso aumenta las condiciones para el abuso, precisamente. Son costos que deberá pagar toda la sociedad.

—Doctor, finalmente, Uruguay ya abrió los restaurantes, los comercios, los niños van al colegio, la población disfruta de los espacios públicos. Es el único país de América en que hay vuelos desde y hacia Europa, pueden salir al exterior porque la Unión Europea aceptó a Uruguay como país seguro y les quedaría el fútbol en agosto. ¿Volverá?

—Sí, el primer partido será el clásico. Su última intervención señala algunos de los riesgos a los que nos enfrentamos, Los uruguayos sabemos que tenemos que cuidarnos. Para eso es clave el concepto de libertad responsable, que yo me cuide a mí para cuidarlo a usted, que usted se cuide para cuidarme a mí y así para toda la población Y también que recordemos que esto no está terminado ni mucho menos. Nos puede ir bien hasta hoy, pero todo puede cambiar si no conservamos la filosofía conveniente. Es la única manera de que al final realmente Uruguay sea una historia de éxito.


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