martes 21 de septiembre de 2021
COLUMNISTAS OPINION
05-09-2020 21:49
05-09-2020 21:49

El relato del dólar

05-09-2020 21:49

¿Es la Argentina un país bimonetario donde conviven de uso corriente el dólar y el peso, o llegó a ser un país monomonetario cuya moneda real es el dólar y el peso hoy cumple la función que en el año 2001 cumplían las cuasimonedas?

El enorme efecto que tiene la psicología en forma de expectativas sobre las consecuencias del mismo plan económico vuelve a demostrar las limitaciones que tienen las políticas cambiarias en un país que vivió varias hiperdevaluaciones en una misma generación, dejando a sus habitantes instruidos en la materia.

No es verdad que en Argentina se ahorra poco: se ahorra bastante, pero en dólares

Macri y luego el Fondo Monetario Internacional con su receta de dólar libre comprobaron vía “fuga” que no hay forma de que resulte creíble sostenidamente un sistema de mercado de cambio sin restricciones haciendo desaparecer por completo el temor a que vuelva a explotar; es la profecía autocumplida. Y ahora lo sufren Miguel Ángel Pesce y Martín Guzmán con el ultracepo que terminó dejando Macri al ver que prácticamente todos los argentinos que no reciben un plan social van a comprar los 200 dólares de dólar ahorro todos los meses. 

En la Argentina hay alrededor de 12 millones de familias; muy simplificadamente se podría decir que 8 millones reciben un subsidio como el IFE y los 4 millones restantes compran los 200 dólares para crearse otra forma de subsidio. Las cantidades son similares, comprando 200 dólares al precio del “solidario” y vendiéndolos al blue, se pueden arrimar a los 7 mil pesos de ganancia mensuales, una cifra comparable con los 10 mil pesos del IFE.

Con un dólar oficial de $ 74,5, uno solidario de $ 97, uno de contado con liquidación de $ 124 y un blue de $ 134, la única forma de que esto no sucediera sería que la clase media estuviera tan empobrecida como para  no contar con los 19.400 pesos de la compra de esos 200 dólares para luego revenderlos a 26.800 pesos financiando por unos días el carry trade silvestre.

Ya sea vía “fuga” en la época de Macri o vía “dólar solidario” en la de los Fernández, lo que esta situación demuestra es que no es verdad que en la Argentina se ahorra poco porque se ahorra bastante, pero en dólares. El problema es que ese ahorro, al estar en el exterior, en las cajas de seguridad o escondido en las casas, no se puede volver a prestar en los bancos argentinos desfinanciando al sistema financiero local.

Expuestos a tener que aprender de macroeconomía, los argentinos descubrieron a fuerzas de shock el aspecto ficcional del sistema monetario internacional que los habitantes de los países desarrollados ni siquiera perciben. Cuando se dice que frente a la crisis de la pandemia a la Argentina no le queda otra alternativa que emitir dinero mientras que los países desarrollados que tienen acceso al crédito al emitir deuda no crean inflación y pasan el costo del déficit a las próximas generaciones, se está fabricando una ficción. Las generaciones X, Y, Z, millennials y centennials no pagarán en el futuro la deuda que consume ahora la atención de la generación de los baby boomers, de la misma forma que la generación de los baby boomers no pagó la deuda que consumieron sus padres y abuelos durante la última Guerra Mundial cuando Estados Unidos había emitido deuda por más de su PBI. Esa deuda, como muestra el gráfico que acompaña esta columna, había superado el 100% del producto bruto de Estados Unidos y llegó a la cuarta parte en la década del 80, no se fue pagando con superávit fiscal, sino que se fue licuando con una inflación superior a la tasa de interés. La diferencia es que en los países desarrollados, al hacerlo de forma homeopática la mayoría de la gente no lo percibe, mientras que en países como Argentina, al ser de forma alopática, todo junto, la población está notificada.

Emitir deuda, sean bonos del Tesoro de Estados Unidos o las modestas Lebac o Lelic, es emitir dinero futuro e inflación futura, aunque no esté completamente medida. Por eso, una casa en Estados Unidos a largo plazo duplica su valor aproximadamente cada veinte años.

Otro ejemplo es el de los precios de las empresas reflejados en la Bolsa de Valores de Nueva York, que recién en 1972 alcanzó los 1.000 puntos y hoy supera los 28 mil en gran medida también por la inflación en dólares no totalmente medida.
Que los países deben pagar su deuda con superávit fiscal es parte del relato financiero convencionalmente aceptado porque, como en cualquier otro campo de la vida, son necesarias ciertas ficciones ordenadoras. Ficciones financieras más útiles que la de los libertarios económicos argentinos que calculan el precio al que debería estar el dólar dividiendo las reservas netas del Banco Central por el total de dinero circulante más Lelic más pases, lo que daría que el valor del dólar –si se dolariza la economía– debería ser 134 pesos en octubre pasado antes de las PASO que perdió Macri y hoy 1.095 pesos por dólar.

La renegociación de la deuda abre un panorama de cuatro años con un horizonte financiero despejado

La combinación de matemática con sociología genera interpretaciones, permitiendo a ciertos economistas una paradójica  hermenéutica asertiva. Con la renegociación de la deuda concluida en estos días, a la economía argentina se le abre un panorama de cuatro años con un horizonte financiero despejado. El Gobierno podrá usarlo para bien o desaprovecharlo, pero tiene la posibilidad de enderezar el barco y dirigir el rumbo a la recuperación del crecimiento.