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El sentido común

Que el sentido común es enemigo de la creación parece una verdad de perogrullo. Escritores, plásticos y músicos lo entienden desde hace siglos.

Rafaelspregelburd150
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Que el sentido común es enemigo de la creación parece una verdad de perogrullo. Escritores, plásticos y músicos lo entienden desde hace siglos. Sin embargo, cineastas y dramaturgos tienen más problemas con los “encargos” que toda sociedad parece depositarles. Porque son artes “representativas”. Pero ante la enorme crisis de representación en que vivimos cabe preguntarnos: ¿cuál es el Sentido que se representa en el teatro? ¿Y a quién le pertenece?
Haga usted el siguiente experimento. Tome una hoja y escriba cinco o seis razones por las cuales quede demostrado que la música barroca es superior a la cumbia villera. Puede citar autoridades, desde Purcell y Monteverdi a Damas Gratis. Luego haga que un actor sobre el escenario lea estos sensatos motivos. El resultado será asombroso. Las ambigüedades resonarán por todos lados. Uno se preguntará si está diciendo lo que dice, o si quiere decir lo contrario y no ha encontrado mejor manera.
Otro ejemplo: explique usted a una audiencia cómo funcionó el corralito en 2001, exponga en palabras sencillas qué es el “encaje bancario”, y dé ejemplos de lo que pasó.
El teatro no es la ficción; ¡es la realidad! Es una porción de mirada sobre lo real, sobre el funcionamiento oculto de lo real, aquel que precisamente está velado por el noble sentido común. El teatro –históricamente– delata que eso que llamamos realidad (y que no es más que “una” versión de la realidad, construida siempre por los poderosos de turno) bien podría no ser lo único posible. Como le escuché a Pompeyo Audivert, en un alarde de síntesis: “El buen teatro deja a la realidad en ridículo”. La expone como ficción.
Es un fenómeno fisicoquímico que parece anidar en la razón más existencial del teatro: el sentido común no es su enemigo natural, sino su otro, diferente y necesario. El teatro cuestiona y desarticula eso que nos han querido vender como “el mundo”, y que viene como un paquete complejo de instrucciones: el sentido común.
Y ya que estamos con la cajita de herramientas, ahora haga esto otro: dé en cambio usted un rodeo, cree una fábula que encripte una buena idea (una idea importante, o verdadera: ya sea “la riqueza no está bien distribuida” o “los milicos de la dictadura merecen prisión perpetua”), póngala en escena de modo que esta idea no se vea claramente sino hasta el final, apele al tema por encima del procedimiento. Y luego hablemos.
Lo más probable es que no ocurra teatro, sino otra cosa. Una cosa que se puede ver sin sospechar, y a veces con gusto. Sin embargo, sospecho que cuando una obra, partiendo de cualquier lado, arriba a algo que es sensato, el teatro se resiente.
El sentido común es un pacto societario que resuelve infinidad de cuestiones; algunas incluso de índole ética. Pero cuando se le pide al teatro que done sus órganos vitales (descentralidad, multiplicidad de sentidos, cuestionamiento de la causalidad) para una suerte de transplante en el que representar las preocupaciones sensatas de una comunidad (y es siempre de una comunidad de sentido burgués), simplemente no ocurre nada importante.