Para interpretar el acuerdo de préstamo contingente chino-argentino, conviene arrancar desde la situación económica que afronta el país, enmarcada por la crisis global.
En nuestra nota del 21/3 en PERFIL, citamos ciertos dilemas o tensiones que ceñían el alcance de la política anticíclica oficial ante la dura desaceleración en curso. Un ejemplo clave era la política cambiaria. Esta buscó evitar un sinceramiento cambiario al momento de agudizarse la crisis mundial, aplicando una fórmula (cambiaria) de represión-gradualismo.
Dicha política, que no esquivó cierta pérdida de reservas y de depósitos, y que sí mostró una situación de fulgor transitorio en la bisagra 2008-2009, contrarió la necesidad, con respecto a los estratégicos sectores productores de transables –industria y campo–, de buscar moderar el duro golpe que marcó la crisis, complicando adicionalmente las perspectivas de actividad, de empleo, fiscales y de aporte de divisas. De todos modos, aquella situación no pudo perdurar, y el propio Banco Central aceleró los miniajustes cambiarios en febrero, a lo que se añadieron otros resortes.
El hecho es que arreciaron las presiones cambiarias, usándose reservas para paliarlas. Se desaceleraron los depósitos y hay una cierta dolarización de carteras. Si las tasas no despegaron, fue por la alta liquidez bancaria todavía existente, mientras se presta poco. El dólar se valorizó bastante en el año, pero el horizonte sigue dudoso, algo molesto para la producción y la monetización de la economía.
Aquí es cuando surge el citado acuerdo de préstamo contingente o swap. Una versión “mezquina” de él es tomarlo, meramente, como una línea de financiación –en yuanes– de sus importaciones que nos brindaría China vía el canje, justo cuando ese país empieza a tener superávit en la balanza comercial bilateral y se notan roces relativos a las importaciones, por sus condiciones, que provienen de China. En esta versión tan estrecha, ahorraríamos dólares en tanto compráramos productos chinos. Esta finalidad, como se ve, no seduce mucho.
Una versión más abarcativa del acuerdo lo asimila a otras experiencias mundiales en las que unos países reciben, dada la crisis, asistencia financiera de otros. En este orden, entre China y Argentina, aunque se trate de un canje, se sabe “quién es quién”. China, por medio de su moneda, que es casi una moneda de reserva mundial, nos pone a disposición recursos por unos US$ 10 mil millones. En su caso, podríamos requerir los recursos (dando pesos) y cambiar los yuanes por dólares, sumando éstos a nuestras reservas, para mejor encarar las vicisitudes del mercado de cambios.
Este enfoque, de confirmarse, tendría más relieve. En medio de la crisis, por las contingencias en danza, es útil contar con un “palenque donde rascarse”. No obstante, a la hora de sopesar el uso efectivo del instrumento, son el estado profundo de nuestra economía y su perspectiva hacia adelante los factores que merecen crucial atención para decidir.
De cualquier modo, este tipo de mecanismo, por sus rasgos –un canje de monedas con cargo de devolución, incluido un costo–, es más operable en instancias problemáticas que, aunque ríspidas, sean más bien circunstanciales, que en las asociadas a temas de viabilidad económica profunda. Por ende, la gran pregunta es si los ruidos cambiarios en danza reflejan susceptibilidades epidérmicas –vgr., comicios inminentes– o estos elementos son sobrepasados por factores más hondos.
En este orden, datos tales como la incertidumbre y el cambio de carteras, la fuerte desaceleración económica, un sector fiscal nacional que ve erosionar el superávit, vencimientos de deuda densos, un tipo de cambio poco realista, un balance básico de divisas apretado, una caída del superávit comercial que “se limita” por la recesión e inercias inflacionarias marcan inquietudes de tenor sustantivo.
Si así fuera, la utilidad del swap con China, como de eventuales fondos del G-20 dependerá, más que de sí mismo, de la contundencia con que se aborden esas inquietudes. El gran desafío al otro día de los comicios. 4100
*Economista.