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El tío y su sobrino

En el desprovisto stand chileno de la Feria del Libro, conseguí una edición bastante fea de El roto, de Joaquín Edwards Bello (1887-1968), un clásico de la literatura latinoamericana. Escrito en 1918, ambientado en un prostíbulo de mala muerte de Santiago, es un libro fascinante: “Una perfecta novela naturalista, sin lastres”, en palabras de César Aira.

Quintin150
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En el desprovisto stand chileno de la Feria del Libro, conseguí una edición bastante fea de El roto, de Joaquín Edwards Bello (1887-1968), un clásico de la literatura latinoamericana. Escrito en 1918, ambientado en un prostíbulo de mala muerte de Santiago, es un libro fascinante: “Una perfecta novela naturalista, sin lastres”, en palabras de César Aira. Entre la denuncia social y el melodrama, las escenas de la vida proletaria y marginal de El roto, las terribles historias de los personajes son de una intensidad extraordinaria, de una vivacidad indestructible.
Edwards Bello –apunta Aira en el imprescindible Diccionario de autores latinoamericanos– es uno de los pocos escritores chilenos que no fueron diplomáticos, profesores o funcionarios, aunque pertenecer a una de las familias más poderosas del país le abrió todas las puertas. Pero este Edwards rechazó los cargos públicos y, en lugar de hacer carrera, prefirió dilapidar una menguada herencia en París y malvivir luego del periodismo durante cincuenta años (aunque nunca escribió en El Mercurio, la nave insignia familiar). Fue la oveja negra, el rebelde, el desaforado, el que desafió su origen patricio para terminar viviendo entre plebeyos e intercambiando odio con sus parientes.
De ese personaje singular se ocupa El inútil de la familia, una novela reciente (2004) de otro Edwards escritor: su sobrino Jorge. En ella, el autor superpone sus propias memorias con la reconstrucción más o menos ficcional de la vida de su tío. Para conectar esos materiales alterna entre la primera, la segunda y la tercera persona, pero el recurso (“yo, es decir, tú”, etc.) es algo pegajoso. Durante muchas páginas, Jorge intenta probar que las novelas de Joaquín son trozos de autobiografía que calcan o anticipan su tragedia personal: una larga caída hacia el abismo jalonada por fracasos en los garitos, los casinos y los hipódromos. Sin embargo, es como si no lograra convencerse a sí mismo: durante más de doscientas páginas rencorosas y un poco machaconas, acusa a Edwards Bello de toda suerte de pecados públicos y privados (desde abandonar a su mujer enferma hasta inventar sus crónicas periodísticas, desde ser un cobarde hasta tener simpatías nazis). Pero, de pronto, como si el fiscal puritano diera lugar a un juez benevolente, la novela cambia de tono y se entrega a una cálida reconstrucción de los últimos años del protagonista. Es el mejor momento del libro, cuando el sobrino se reconoce en el “inexplicable resentimiento” del tío contra la aristocracia chilena.
“Sin celos no hay literatura”, escribe Jorge Edwards hablando de un conflicto matrimonial. Pero la frase no deja de ser delatora: su novela es ambigua en muchos puntos pero contundente en uno, la decisión de reducir a Edwards Bello a la categoría del escritor antiguo (“Eras claramente anterior al mundo de Proust, a su entrada en las complejidades y en las oscuridades, en los enigmas de la mente moderna”) y a ser una figura literaria silvestre y de segundo orden: “En crónicas, novelas, ensayos fue un escritor incorrecto, alguien que no cumplía con todos los requisitos del oficio, que se escapaba de las exigencias y los rigores de la literatura”. Pero la existencia de tales reglas y requisitos literarios es una idea muy dudosa, verdaderamente antigua. Por otro lado, la novela histórica del Edwards Junior hace demasiadas concesiones al mercado literario “de calidad”: la afectación, la estructura rebuscada, el suspenso innecesario, la escena efectista, la anécdota cholula. A veces se habla de las virtudes de El roto como documento de época, pero hoy vemos que su libertad, su sequedad y su vigor son valores plenamente literarios y el placer de su lectura seguirá intacto en trescientos años. En cambio, resulta difícil pensar que muchas páginas de El inútil de la familia sigan siendo de interés cuando a nadie le importe la vieja oligarquía chilena