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IVE II

El Vaticano en derrota en el estado de derecho

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Celibato. No es un dogma, pero marca a fuego a la Iglesia católica. | cedoc

La reciente sanción de la ley de aborto legal en Argentina ha supuesto una nueva derrota del Estado Vaticano. La anteúltima, en diciembre pasado, fue la aprobación de la eutanasia por el Congreso de los Diputados de España, país ultracatólico si los hay, donde también rige una ley de matrimonio igualitario desde 2005.

Pero la legalización del aborto en Argentina tiene una significación especial, ya que el papa Francisco es argentino y además peronista, el partido ultrapopulista actualmente en el gobierno. Una ruptura imposible de imaginar hasta hace muy poco, después de que Francisco recibiese a Alberto Fernández en tres ocasiones, dos de ellas antes de ser candidato, y a Cristina Fernández… ¡en siete!, tanto en el Vaticano como en Brasil, Paraguay y Cuba. Francisco también recibió en 2016 al presidente liberal en funciones Mauricio Macri, en una breve entrevista muy comentada a causa de la extrema frialdad mostrada por el Papa hacia su visitante.

Ocurre que el actual gobierno peronista enfrenta gravísimos casos de corrupción, y además le van muy mal las cosas, agravadas por la pandemia. La legalización del aborto fue una reivindicación ciudadana, en particular femenina, mayoritaria en Argentina, de modo que el Gobierno se aferró a ella, presionando incluso a muchos de sus propios partidarios para anotarse un poroto importante de cara a las elecciones legislativas previstas para octubre de este año.

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En estos días circuló por las redes un detalle de los “derechos a los que se opuso la Iglesia en Argentina”: en 1816, a la Independencia; en 1853, al fin de la esclavitud; en 1884, a la ley de educación pública gratuita, laica y obligatoria; en 1888, a la ley de matrimonio civil; en 1947, al voto femenino; en 1987, a la ley de divorcio; en 2006, a la educación sexual integral; en 2010, al matrimonio igualitario y en 2018 y 2020, al aborto legal. Esa enumeración excluye las opiniones y voces, tanto de clérigos como fieles, que apoyaron esos avances democráticos, entre las que sobresalen la de fray Mamerto Esquiú y otros en distintas épocas y circunstancias, pero no anula el hecho de que, en todos los casos, el Vaticano se opuso. Por ejemplo, en 1816 el Congreso de Tucumán ordenó enviar diputados ante la Santa Sede para cortar con la incomunicación con Roma, pero el papa Pío VII, que en enero de ese año había explicitado su oposición a la independencia hispanoamericana en la encíclica Etsi longissimo terrarum, mantuvo su oposición a cualquier contacto que no fuese a través de España. Así, la próxima derrota vaticana en Argentina, a corto o mediano plazo, podría ser una ley que autorice la eutanasia.

Y aquí estamos. La Iglesia Católica, que no cesa de perder fieles y vocaciones en todo el mundo, enfrenta derrotas que la ponen frente a su propio espejo; el de un Estado que es en realidad una multinacional económico-financiera abrumada de escándalos y una congregación espiritual reaccionaria, acosada por miles de comprobadas denuncias de pedofilia y viviendo en el cinismo y el ocultamiento absolutos. Un reciente informe da cuenta de que “un sacerdote de cada tres, si no dos de cada tres, tendría una relación física o amorosa con una mujer o un hombre (…) En la Iglesia Católica, el celibato no siempre fue la norma. Esta regla fue instalada en el siglo XII ‘para evitar que los sacerdotes se transmitan de padre a hijo el patrimonio de la comunidad católica, según Pascal Wintzer, arzobispo de Poitiers (…) La Conferencia de Obispos de Francia señala que en 2020 había unos 15 mil sacerdotes en el país, contra 30 mil en 1995…” (Le Monde, París, 3-1-21).

Así ocurre y seguirá ocurriendo en todo el planeta, a menos que el catolicismo retome el camino filosófico, moral y político esbozado por el papa Juan XXIII. El otro rumbo, actualmente en progreso, es el ultrarreaccionario que marcan otros cultos y los Trump y Bolsonaro del mundo.

*Periodista y escritor.