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afiebrado dogmatismo k

El virus "ideologitis"

La inflamación de la ideología marca los últimos desaguisados oficiales y paraoficiales. Por qué la obsecuencia es muy peligrosa.

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La vanguardia revolucionaria encabezada por Horacio González de pronto se transformó en patrulla perdida. Y se acabó la diversión. Llegó la comandante Cristina y mandó a parar, diría Carlos Puebla. Dos telefonazos bastaron para que la Presidenta obligara a dar marcha atrás al director de la Biblioteca Nacional, quien en pocas líneas le hizo más daño al proyecto K que toda la runfla destituyente. “Con amigos así… ¿quién necesita enemigos?”, pensaron en la mesa chica del poder. Hay que decir a favor de Horacio González que con su franqueza ayudó a sincerar el pensamiento de muchos escritores que uno pensaba que luchaban por la libertad de todos y no sólo la de algunos y que, además, permitió que CFK se luciera por su rápida reacción, por su sentido común y su fino instinto de poder.

Muchos funcionarios dicen, por lo bajo, que esto no va a quedar así. Una vez que baje el polvo de la explosión, tal vez González presente su renuncia como un gesto autocrítico y sin que nadie se la pida. La actitud jurásica que condena al que piensa distinto está prohibida por la Constitución y viola la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como recordó José Miguel Onaindia ayer en PERFIL. El intento de decidir quién habla y quién no, se transformó en un tiro por la culata y logró el efecto contrario al buscado. El interés por escuchar a Vargas Llosa fue multiplicado por mil gracias a la brillante intervención de González.
Ese triste episodio, la orden de la Corte al Gobierno para que deje de utilizar la pauta oficial como un látigo contra Editorial Perfil y el periodismo independiente y la insólita persecución contra las consultoras privadas que dicen la verdad respecto de la inflación sirven para iluminar las verdaderas intenciones del infantilismo kirchnerista con la libertad de expresión.

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En Cristina influye cada vez más un sector pequeñoburgués enemigo del peronismo que, mareado por el poder, padece una enfermedad de los 70 que es la “ideologitis”, la inflamación de la ideología. Los síntomas suelen encerrarlos en torres de marfil dogmáticas que les hace traicionar algunos conceptos que formaron parte de su equipaje ético y conceptual. ¿O la actitud casi provocativa, irritante incluso, a contracorriente no es lo que se espera de un buen intelectual? Que sea un francotirador, que cuestione los esquemas, que obligue a contestarle, que ponga en marcha la maquinaria cerebral y no los aparatos escrachadores, como los que sufrieron la doctora Hilda Molina y el periodista Gustavo Noriega. Debe haber pocas cosas tan aburridas y políticamente estériles como un intelectual puesto a adular al poder en las tribunas. Hasta el genial Pablo Neruda, otro Premio Nobel, cometió el pecado de homenajear a Stalin. ¿Qué hubieran dicho los intelectuales a la carta si con Menem venía García Márquez a maravillarnos con su realismo mágico y a cuestionar ferozmente el menemismo? ¿Alguien se imagina a los entrañables directores de la Biblioteca Nacional de entonces, José María Castiñeira de Dios y Héctor Yánover, intentando censurar a Gabo porque hablaba pestes del presidente de todos los argentinos? Jamás.
¿Qué se le cuestiona a Vargas Llosa? ¿Que sea de derecha? ¿O que haya criticado con la misma dureza a las dictaduras stalinistas como las de Fidel y a las fascistas como las de Pinochet? Vargas Llosa comentó que sólo había tenido una situación parecida en la Argentina en la dictadura de Videla, que prohibió dos de sus libros emblemáticos. Tampoco hay que olvidar que la última vez que estuvo en Rosario fue atacado ferozmente por piqueteros K.
Siguiendo el argumento, es incomprensible que a esta altura todavía haya intelectuales que hagan diferencias y no condenen todos los crímenes de lesa humanidad, los de Videla, los de Bush o los de Kadafi.

Horas antes de la Feria, Vargas Llosa va a participar aquí de un seminario con la crema del neoliberalismo y la ortodoxia monetarista que tan mal le hizo a la Argentina. Algunos, como el profesor Jorge Avila, fueron colegas de Amado Boudou en el CEMA. Pero, para ser ecuánimes, hay que recordar que el que llevó esa antorcha fue el ex presidente Menem, con el que los Kirchner compartieron la boleta electoral en siete oportunidades. Menem es el mismo derechista neoliberal que hoy funciona como socio del Gobierno con su banca en el Senado y el mismo que Néstor Kirchner, en la inauguración de un aeropuerto, elogió como un presidente superior, incluso, a Perón. ¿Eso inhabilita a Cristina? ¿Esas ideas descalifican a Vargas Llosa? “Que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca”, diría Serrat, aunque en la polémica vale la pena escuchar lo que dijo Joaquín Sabina sobre Vargas Llosa: “Me alegré mucho con su Nobel. Es un magnifico escritor. Soy amigo de él, no soy sectario y no les pido carnet a mis amigos. Mis amigos son de izquierda, pero no tienen la obligación de serlo. Me enfado con mis amigos cuando son sectarios y dicen que él es de derechas. Pero los progres deberían leer sus libros, porque diga lo que diga en sus artículos (él es un talibán del libre mercado), su última novela es de izquierda, anticolonialista. Es su tragedia. Que tiene un pensamiento thatcheriano, pero sus novelas piensan distinto. Y a mí me gustan sus novelas.” Sólo un fanático podría acusarlo de facho a Sabina ¿Lo dejarían a Sabina inaugurar la Feria del Libro? ¿Serían capaces de condenar por herejes al querido gordo Osvaldo Soriano, a Tomás Eloy Martínez o al mismísimo Julio Cortázar que manifestando siempre su fuerte disidencia tuvieron un buen diálogo con Vargas Llosa? Horacio González, honesto y democrático como es, no debería comportarse como el escribidor ni hacerse los rulos. Quien hoy ocupa el lugar de Borges en la Biblioteca Nacional, ¿le permitiría al autor de El Aleph inaugurar la Feria? ¿Habrá obsecuentes capaces de juntar masa crítica para cambiar el nombre a la sala Jorge Luis Borges? ¿O acaso no apoyó la dictadura y elogió a Pinochet? El colmo sería que impulsaran rebautizar ese templo de la literatura como “Presidente Néstor Kirchner”. Pero ya se sabe: la revolución es permanente. Y la lucha ideológica hay que librarla en todos los campos. Nunca menos.