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Encerrada en su relato

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Si observamos la evolución que ha tenido la percepción de la opinión pública acerca de la imagen de la Presidenta en lo que va de sus dos mandatos, llama la atención la volatilidad de las opiniones. Ha pasado de cincuenta puntos de aprobación a sólo veinte en el término de unos pocos meses durante el conflicto del campo y ha perdido más de veinte puntos a poco de asumir su segundo mandato luego de la tragedia de Once, pero también ha crecido más de veinte, a días de perder a su marido.

Lo habitual es pensar que la causa fundamental de las fluctuaciones en la imagen de quien dirige un país es la economía e, independientemente de que en estos términos habrá que hacer ajustes, no todo está tan mal. Si atendemos lo que ha pasado durante el mes de mayo, se anunciaron importantes incrementos en el régimen de las asignaciones familiares produciéndose un mayor aumento para las familias de menores ingresos. En otro momento este hecho hubiera tenido un impacto positivo directo en la imagen presidencial que en esta oportunidad no se ha registrado.

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Lo que más enoja hoy es que se dibujen las estadísticas, que todo se sobreactúe, que se nieguen los problemas, que se fuerce tanto la realidad y además se enojen con ella. Es difícil para el común de la gente comprender el porqué de las peleas permanentes con el gobernador Daniel Scioli, o la renuencia a enviar fondos u obras a algunas provincias, cuando en realidad también se castiga a las personas que viven en ellas. No se termina de entender la permanente necesidad de mirar, a favor o en contra, la realidad casi obsesivamente a través de los medios.

La evolución y las correlaciones nos dicen que no necesariamente las subas y bajas en su imagen han tenido que ver con momentos claves de la economía: la cuestión emocional ha pesado mucho. Nos gobierna una presidenta mujer que sin duda ha logrado que algunos derechos de las minorías se amplíen. Algunos de los atributos que se asocian al liderazgo de las mujeres tienen que ver con un estilo mediador, multidireccional, empático, abierto a los cambios y con habilidad para conciliar expectativas.

Quizá los argentinos necesitemos hoy una presidenta preparada para mostrarse a sí misma. Que sea capaz de hacer una autocrítica sincera, despojada del tono de ironía que acompaña a sus últimas declaraciones. Quizá, frente a una Cristina que pueda dejar de lado su enojo y escuchar activamente a todos, nos sorprenderíamos y los vientos serían otros. Todo sería mejor, sin duda.


*Socia directora de Management & Fit.