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Ese veneno llamado oxígeno

Ahora no recuerdo bien cómo es la explicación biológica completa, pero creo haberme convencido bastante bien en su momento de que el oxígeno es veneno.

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Ahora no recuerdo bien cómo es la explicación biológica completa, pero creo haberme convencido bastante bien en su momento de que el oxígeno es veneno. Es un gas peligroso que todo lo quema en la naturaleza. Es la muerte hecha gas. Las células deben defenderse de él y lo encapsulan, lo separan. A eso tan desesperado, a esa defensa diminuta y primordial a nivel atómico, nosotros la llamamos “respirar” y esa aislación del peligroso oxígeno permite las combustiones chiquitísimas, el calor, la vida celular.

Angeles Salvador me lo recuerda con esa maravilla que es su primera novela El papel preponderante del oxígeno, aparecida en Reservoir Books. Cuenta en primera persona la historia de Rosa, o de Rose, “una mujer lúcida y un poco atormentada que se hace peluquera en los años 90”. La premisa inicial juega con el doble sentido del oxígeno. Desde la muerte por ahogo de sus padres en el Tigre hasta la observación metódica de la decoloración por oxigenación, esta inesperada novela de Salvador viene además a traer oxígeno a montones al panorama literario local. Salvador pronuncia con voz firme y poderosa, magnética, invisible; cada párrafo es un inocente viaje en botecito por los empetrolados lagos de Palermo en los que anida un monstruo milenario harto resucitable: el menemismo, los 90, las promesas incumplidas que todo el mundo eligió creer. La literatura, el cine y el teatro han intentado mil veces recapturar los breves años de ese error, de “esa ciudad minada de taxistas, supermercados chinos y negocios fútiles”, pero este debut literario goza de la madurez necesaria para ir más allá de la simple ironía. Todo lo que le pasa a Rose es horrible, pero ella no lo sabe; no tiene “nuestra” perspectiva para saberlo. Por eso es real. Su orfandad, su crecimiento económico, sus afanes de Recoleta, sus desgracias sexuales, su idea de Disney, sus hijastros ciegos y malísimos: el paisaje es delirante y a la vez totalmente creíble, poderosamente emocional.

Conocí a la autora en otra vida; yo empezaba a dirigir mis obras y en una de ellas había un papel complicado. Se llamaba –equívocamente– Cerda, era central a la trama y la daba vueltas de adentro hacia afuera, pero sólo aparecía en la última escena, brevísima. En esa vida, Angeles era una actriz en ciernes, con una presencia enorme, y la llamamos para el rol. Los otros once actores la veíamos esperar su turno con piedad, afiebrados, sudados, mientras corríamos como locos. Y Angeles esperaba, muda, impertérrita. Veinte años después aparece en mi vida con esta novela. La dejó un motoquero por debajo de mi puerta. Y ahora estoy pasmado y feliz por la calidad de su escritura, de sus imágenes. No puedo dejar de imaginar íntimamente que en esa espera, muda en camarines, Angeles tejía un mundo interior desaforado, riquísimo, magnético. Pero eso tal vez sea solamente porque me faltan veinte años de su historia.

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