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COLUMNISTAS / Propiedad intelectual
miércoles 28 marzo, 2018

Estados Unidos y China declaran la guerra por el conocimiento

La innegable necesidad de premiar la Investigación y Desarrollo frente a la fuerza propia de la innovación que crea mecanismos de propagación que superan las regulaciones pone al mundo frente a uno de los grandes dilemas de la época.

por Alejandro M. Correa

Xi Jingpin y Donald Trump. Foto: Cedoc
miércoles 28 marzo, 2018

La Argentina fue la vanguardia de la guerra que acaba de estallar entre los EEUU y China por los derechos de Propiedad Intelectual y patentes sobre tecnologías de última generación. En nuestro país hace veinte años comenzó una discusión que alcanzó niveles de confrontación altísimos con la biotecnología como protagonista. Por un lado Monsanto y la industria de semillas y por el otro los productores agropecuarios. El punto de discusión: qué se cobra y cómo por los desarrollos vinculados con la tecnología sobre seres vivos.

En el siglo XXI las guerras son de información. Cultura y agricultura han sido sinónimos a lo largo de casi toda la historia humana, del labrador procede la palabra cultura. Aprendimos a leer y escribir imitando a las líneas de los surcos en la tierra donde cada semilla es una palabra. La agricultura aceleró la expansión de los lenguajes y las sociedades tal como las conocemos. La administración de recursos y excedentes de la agricultura son la base del capitalismo y el comercio. Por eso no es extraño que uno de los disparadores de este conflicto sea la disrupción que se produce en las tecnologías de la comunicación y de la agricultura.

Cuando China se convirtió en la opción más económica para fabricar tecnología, Occidente le transfirió los manuales de sus productos más sofisticados. Computadoras, mecánica pesada, robótica ocuparon espacios en las líneas de producción asiáticas y el país con mayor cantidad de ingenieros del mundo decodificaba los secretos de la Era del Conocimiento. Se aceleraba la anunciada occidentalización de Oriente y Occidente abrazó costumbres orientales. China más próspera se convirtió en el país con más patentes por año, compró a la principal empresa de robótica alemana y a compañías de biotecnología y semillas como Syngenta y Nidera. El mundo se reacomoda con una fricción sorda pero profunda con el conocimiento como centro.

De la biotecnología dependen la nueva generación de alimentos, salud, energía y materiales industriales como bioplásticos. De la electrónica la extensión de nuestro sistema nervioso y el acceso a la información. Electrónica y biotecnología son lenguajes que convergen y su hibridación marcará una nueva etapa en la mutación de la naturaleza. La discusión no es meramente comercial. Definirá el nuevo mapa de poder y transformación de las próximas décadas con el diseño de los nuevos dispositivos biológicos y su acceso a ellos.

En el capítulo argentino hace unos días el ministro de Ciencia Lino Barañao dijo que “el conocimiento no se puede regalar”. Su polémica expresión fue en relación a la falta de acuerdo por los Derechos de Propiedad Intelectual que sigue sin resolverse en la industria de semillas. El reciente anuncio de la salida a la bolsa de Nueva York de la empresa argentina Bioceres y la posterior cancelación por las turbulencias del mercado de Wall Street es parte de esta tensión. El principal valor de Bioceres depende de la aprobación de patentes sobre sus desarrollos. La Argentina se ve atrapada una vez más –al igual que China- entre los intereses de ambos lados del mostrador. Es tan complejo el tema que no hay sector en donde no haya desacuerdos sobre la aplicación de patentes. En la propia oficina local encargada del asunto INPI (Instituto Nacional de Propiedad Industrial) existen posiciones encontradas.

La innegable necesidad de premiar la Investigación y Desarrollo frente a la fuerza propia de la innovación que crea mecanismos de propagación que superan las regulaciones pone al mundo frente a uno de los grandes dilemas de la época. Pero la discusión de fondo es compleja. Porque la información quiere ser libre y los mecanismos para contenerla son demasiado porosos. Gratis, alquiler o venta deberían ser las opciones. Hoy no están claras esas categorías. En la Argentina hay grupos que estudian novedosos esquemas de Propiedad Intelectual que podrían hacer un valioso aporte que potencie la innovación y ayude a resolver un problema de décadas.

(*) Alejandro María Correa - Investigador de medios de comunicación. Twitter: @alargie.


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