COLUMNISTAS
Mensaje inconcluso del Bicentenario

Estamos a tiempo

Es bastante probable que ésta sea la última columna que se publique en un diario argentino a propósito de la celebración del Bicentenario.

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Es bastante probable que ésta sea la última columna que se publique en un diario argentino a propósito de la celebración del Bicentenario, y no porque haya esperado, calculando que “el que escribe último escribe mejor”, sino por obra de la regla acordada con este diario, a saber que escribo una columna cada quince días y que me toca este domingo. El detalle es que esta ocasión tardía me permite comentar los innumerables comentarios que suscitaron los festejos.

En términos de la importancia de la participación de los ciudadanos, ha habido consenso acerca de que los festejos fueron excepcionales y que esa excepcionalidad resultó inesperada. Se subrayó también el carácter pacífico, relajado, la “buena onda” que en todo momento expresó el comportamiento de la multitud. Hasta aquí estamos en el registro de la crónica. Pero los comentarios fueron más allá y buscaron, por un lado, explicar la sorpresiva magnitud de la movilización, y por otro lado interpretar el “mensaje” del que sería portadora esa concentración de varios millones de personas en las calles de Buenos Aires, que (proporcionalmente) se repitió en muchas otras ciudades del interior. La primera tarea es compleja y la segunda es una misión, en lo inmediato, imposible. La complejidad explica la imposibilidad.

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En la historia reciente de las sociedades contemporáneas muchas de las grandes movilizaciones en los espacios públicos urbanos han podido ser consideradas políticas, en un sentido estrecho del término (si dejamos de lado los conciertos de música como Woodstock, del que se festejó hace poco el 40º aniversario y que también ha sido interpretado, pero en un sentido más amplio, como político). Nuestro famoso 17 de octubre; manifestaciones contra la Guerra de Vietnam en los Estados Unidos de los años 60; la Primavera de Praga; la Revolución de los Claveles en Portugal; Mayo del 68 en Francia; la caída del Muro de Berlín; grandes actos de militantes antiglobalización; recientemente, la concentración del último acto de campaña de Obama o algunas manifestaciones antiberlusconianas en Italia –para mencionar algunos ejemplos– tienen que ver con situaciones económicas y sociales que provocan movilizaciones (positivas, de apoyo, o negativas, de protesta) que los medios van a construir como eventos políticos. Las movilizaciones en gran escala, calificables de políticas, tienden a ser cada vez menos frecuentes. No parece posible ubicar lo que pasó en los festejos del Bicentenario (que implicaban una convocatoria, por decirlo así, puramente “calendaria”) en esta categoría; sin embargo, los esfuerzos por hacerlo han sido múltiples.

Aquí llegamos al tema de la interpretación del “mensaje”. Misión imposible en lo inmediato, dije: todas las “lecturas” son, a priori, igualmente válidas. El sentido de los grandes colectivos que convergen en los espacios públicos está construido en buena medida por la mediatización que de ellos se hace durante y después, tanto para los que no estuvieron presentes cuanto para muchos de los que participaron. Como este principio es ya ampliamente conocido, eso explica que, en este caso, los principales actores políticos, los periodistas y los comentadores, se hayan lanzado febrilmente a descifrar lo que pasó.

La relectura de lo que acabo de escribir me produce una desagradable sensación de petulancia, como presuponiendo aquello de: “El que escribe último, escribe mejor”. No es para nada mi intención. Lo que quiero decir es, simplemente, lo siguiente: el “mensaje” del enorme colectivo de ciudadanos que participó en los festejos del Bicentenario no está todavía escrito: es en cierto modo una potencialidad, depende de lo que cada uno de nosotros haga, reflexione, discuta, converse, comente, decida, de aquí en adelante. Es un sentido abierto y hasta cierto punto impredecible.

Los únicos “mensajes” asociados al Bicentenario que fueron explícitos (porque encarnados en comportamientos específicos) y propiamente políticos (porque actuados por la Presidenta: gorrito con propaganda electoral, ausencias), fueron lamentables: esas significaciones no “abrieron” nada y eran, por desgracia, predecibles.

Construyamos el “mensaje”, todavía inconcluso, de los festejos del Bicentenario: estamos a tiempo.


*Profesor plenario, Universidad de San Andrés.