COLUMNISTAS
semana de reapariciones

Estamos de vuelta

Cristina volvió. O intenta, al menos. Y, con el fin del default, también la Argentina regresa al radar global.

La expresidenta Cristina Fernández fue a declarar ante Bonadio y luego le habló a la militancia.
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Volvió Martín Fierro. Volvió Perón. Antes habían vuelto Roca e Yrigoyen, completando la exclusiva trilogía de ex presidentes que lograron esa gesta. Muchos lo desearon, pocos pudieron. En lo suyo, tuvieron regresos triunfales Labruna, Alonso y Francescoli; Bianchi, Riquelme y Tevez. También Milito, aunque no el Bocha: como Kobe, algunos grandes no se van nunca. Volvió Jordan para seguir ganando todo, Magic a pesar del sida, volvieron tantos por la revancha, pero sólo los elegidos, poquitos, sintieron otra vez la gloria.

Volvió China a ser una potencia dos siglos más tarde. Volvió Brasil con otro impeachment a la tapa de todos los diarios. Vuelve Europa a parecerse demasiado a lo que quería evitar. Volveremos, volveremos: ¿con la frente marchita? O a ser campeones como en el ’86. Nunca volvieron Sui Generis ni los Beatles. Y cada vez que vuelve Diego, prefiero ignorarlo.

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Volvió una noche, al Aeroparque, y había en su rostro ansiedad. Quiere escribir su mito del eterno retorno: estoica, ella dijo ser hegeliana, pero tal vez pronto tenga tiempo para leer a Nietzsche. Volvió y no fue millones, pero sí unos cuantos miles que, unidos y organizados, le hicieron un conmovedor aguante bajo la lluvia. No muchos logran semejante demostración de fuerza; casi nadie. De nada sirve escaparse de uno mismo: en democracia la legitimidad se construye en función del sufragio, y hace demasiado tiempo que Cristina no gana nada. El peronismo serio (excluyo a los Guillermo Moreno) no la perdonó, pues no se perdona la inconcebible imprudencia de haberla acompañado de nuevo mucho más allá de la puerta del peor cementerio: la derrota. Por eso estuvo ausente en Comodoro Py. Mucho peor, el ascendiente Juan Manuel Urtubey, el único gobernador con potencial presidencial, prefirió fotografiarse con Mauricio Macri. Esa imagen vale más que mil palabras.

Su principal limitación es discursiva y estratégica: propone una construcción desde la sociedad civil, con un frente ciudadano que busca capitalizar el desgaste de un gobierno que paga el precio de desmontar los explosivos que ella enterró. Ella, que siempre pensó y construyó poder desde el Estado, que concibe la política sólo en términos de gasto público, que disciplinó y castigó a mansalva gracias al uso discrecional de los recursos de los contribuyentes, pretende volver anclada en los mismos movimientos sociales que condujo a la derrota desde la Rosada. Poco probable.

Es cierto que el Gobierno enfrenta en lo económico sus dos peores trimestres, si es que la economía rebota hacia fin de año. Es cierto también que a la oposición no K le cuesta su doble rol de asegurar la gobernabilidad y, al mismo tiempo, ofrecer una alternativa moderada y razonable que evite la polarización extrema que propone Cristina. Pero su horizonte se presenta complicado: además de la montaña de causas judiciales, de la carencia de territorialidad (con la excepción de Santa Cruz), carece de candidatos competitivos en todos los distritos.

Transiciones. La política argentina vive una triple transición: se está despresidencializando, deskirchnerizando y desestatizando. Si esta monumental transformación resulta exitosa, lograremos una forma moderna de organizarnos como sociedad, parecida a la de los países más prósperos, en base a una democracia liberal y una economía de mercado. Con los problemas y las limitaciones que esos sistemas. Pero con las ventajas que implican los límites efectivos mediante mecanismos de frenos y contrapesos que garanticen competencia y controles en el acceso y el ejercicio del poder.

Se trata de una apuesta formidable y sin precedentes. Y que genera muchas dudas y costos. El Presidente tiene que aprender a autolimitarse, a dejar que funcionen con autonomía los poderes Legislativo y Judicial. A que los gobernadores vuelvan a tener relevancia constitucional. Y a que la sociedad encuentre canales institucionales regulares y sistemáticos para canalizar sus demandas. Algo de eso está pasando, pero en el marco de un debate de ideas demasiado amarrete, superficial y minimalista como para alimentar este proceso con suficiente combustible simbólico e intelectual. No se trata sólo de una cuestión de comunicación, sino de concepción del papel de la política y de la necesaria densidad ideológica de la que no pueden prescindir los grandes procesos de cambio.

La normalización argentina tuvo esta semana un hito fundamental: estamos a un paso de salir del default. Alfonso Prat-Gay y el equipo económico repiten una sentencia en las múltiples reuniones que mantienen con inversores interesados en comprar activos financieros e incluso en invertir en la economía real: estamos de vuelta. Argentina is back. El fabuloso Hemsley Building se vistió de celeste y blanco a partir del miércoles. El mercado financiero no ignora lo que ocurre en los tribunales de Retiro, pero festeja el fin de un default de 15 años y el potencial regreso de la Argentina al grupo de los emergentes. Cuando eso ocurra, cuando mejore el riesgo crediticio del país, tal vez hacia fin de año, se dispararán inversiones. “Argentina volverá al índice”, explican los especialistas. Es decir, automáticamente muchos fondos de pensión que tienen vehículos destinados a los emergentes están obligados a comprar papeles (deuda pública, privada, acciones, etc.) de la Argentina. Falta, pero hay una luz al final del túnel.

¿Tendremos paciencia para esperar que las correcciones rindan sus frutos? El estatismo y el populismo son atributos de nuestra cultura política que precedieron a los Kirchner: ellos lo capitalizaron y los profundizaron con inteligencia. El gran interrogante es si CFK podrá aprovechar los costos de corto plazo que trae aparejado estabilizar la economía y liderar una coalición que requiere un discurso más sutil que el que ella propone en su operativo retorno. Jugará también el peronismo, con el que ella siempre tuvo un vínculo conflictivo y simbiótico, y que puede desplazarla, mucho más que la Justicia, definitivamente del poder.