COLUMNISTAS
14 de febrero

Estamos mal, discutimos mucho

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Ellos. Evitar el conflicto no siempre garantiza un vínculo sostenible. | unsplash

Estamos mal, estamos discutiendo mucho”. La frase se escucha con frecuencia en parejas que asocian la cantidad de discusiones con el deterioro del vínculo. Discutir mucho sería, entonces, una señal inequívoca de que algo no funciona.

Sin embargo, en una relación pensada para sostenerse en el tiempo –como el matrimonio o la vida de pareja estable– conviene introducir un matiz: las discusiones forman parte de la convivencia. El problema no es su existencia, sino cómo se discute y qué se hace con ese desacuerdo.

Antes de avanzar, vale la pena precisar el término. En su origen, “discutir” remite a separar y examinar. Para comprender una situación, a veces es necesario desarmarla, mirarla por partes, contrastar puntos de vista. Discutir, en su esencia, no es “pelear”, sino analizar.

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Hoy, en cambio, la discusión suele confundirse con enfrentamiento. En la vida de pareja se evidencia cómo situaciones menores escalan no por su gravedad objetiva, sino por la forma en que se abordan. Se discute menos para resolver y más para imponer una mirada personal. El desacuerdo se vive como amenaza y no como parte del vínculo.

También conviene desconfiar del ideal de la pareja que “no discute nunca”. Evitar sistemáticamente el conflicto, callar para no incomodar o retirarse por cansancio emocional no garantiza un vínculo sostenible en el tiempo. Investigaciones sobre el tema muestran que la influencia mutua –la posibilidad de afectar y dejarse afectar por el otro– es un signo de bienestar relacional. Y esa influencia requiere palabra, contraste y, muchas veces, desacuerdo.

La acción de discutir, bien entendida, puede ser una instancia para revisar un dilema, comprender la mirada del otro y, aun sin coincidir, cuidarse. El problema es que esa capacidad está cada vez más diluida en un contexto de alta reactividad emocional. En espacios tan íntimos como la pareja, el cansancio, la sobrecarga y la fragilidad personal vuelven más difícil sostener conversaciones que no dañen.

Esta dificultad no aparece recién en la vida adulta. En investigaciones que realizamos con adolescentes, la violencia está presente desde las primeras relaciones románticas. La incapacidad para tramitar el desacuerdo, regular la propia emocionalidad y poner límites sin agredir se manifiesta tempranamente y luego se replica en los vínculos de la vida adulta.

Tras décadas estudiando las relaciones de pareja, John Gottman ha identificado actitudes que erosionan el vínculo y son predictores de separación: la crítica que ataca a la persona y no al problema, el desprecio expresado en sarcasmos o burlas, la defensa permanente que busca culpables y la evasión que deja los conflictos sin resolver. Desde la consultoría familiar se advierte cómo estas no son errores excepcionales, sino dinámicas frecuentes en relaciones tensionadas.

Aprender a discutir no es un gesto romántico ni sencillo, implica tolerar la incomodidad del desacuerdo, regular la propia reactividad y aceptar que comprender no equivale a dar la razón, sino a interesarse genuinamente por lo que el otro piensa, aun cuando se piense distinto. En un contexto cultural marcado por la inmediatez y la baja tolerancia al malestar, ejercitarnos en cómo discutir sin hacernos daño se vuelve especialmente difícil.

Este San Valentín, más allá de la celebración comercial del amor, quizás valga la pena revisar una idea extendida: no estamos mal por discutir. Estamos mal cuando las discusiones se convierten en luchas de poder que hieren, en lugar de ser espacios –limitados, imperfectos, pero posibles– para construir un vínculo más consciente y sostenible en el tiempo.

* Docente del Instituto en Ciencias para la Familia y de la Escuela de Educación de la Universidad Austral.