La frase “es la economía estúpido” quedó grabada en muchos como una verdad incontrovertible. Y se leyó como que los votantes decidían según un cálculo racional de ganancias y pérdidas.
Sin embargo, para el lingüista George Lakoff, la gente no vota necesariamente por sus intereses, sino por su identidad, sus valores y por quien se identifican. Para Lakoff nos manejamos a través de marcos mentales, y si un político logra que acepten su lenguaje indica que aceptaron su lógica.
En el mismo sentido, en la revista Harpers, J. Blakely nos dice que la ciencia política tradicional acostumbrada a pensar el mundo desde una visión racionalista no puede entender el fenómeno Trump. Pone como ejemplo la cobertura que realizó la CNN buscando verificar datos y declaraciones asumiendo que los votantes estaban motivados por el deseo de información precisa cuando muchos se sentían atraídos porque validaba su visión de las cosas.
Con Milei estamos viviendo un fenómeno similar. Un sector de la sociedad se siente identificado con quien expresa el rechazo al pasado y alienta una forma diferente, pero incierta de futuro. No es casual que Milei haya puesto tanto énfasis en su “batalla cultural”. Ha logrado imponer términos como “la casta” o “socialismo empobrecedor”, que funcionan como marcos morales. El “yo soy alguien que se sacrifica por un futuro mejor” parece estarle ganando al “no llego a fin de mes”. En su lógica si el Estado protege, te hace débil; en cambio, si las cosas cuestan y hay sufrimiento, hay conversión a lo digno. La pobreza actual sería honesta, mientras que el consumo anterior sería una mentira financiada con deuda e inflación. Entre sus votantes la esperanza se mantiene, porque el dolor se entiende como una inversión a futuro. Por eso muchos dicen estar mal, pero creen que con el sacrificio estará bien.
Su estética como rockstar le da el envoltorio perfecto, transforma un mensaje de austeridad en un acto de insurrección. Todo cierra mientras los problemas de hoy puedan ser culpados a las gestiones pasadas.
La oposición quiere enfrentarlo cuestionando su modelo económico aperturista, el que los salarios suban menos que la inflación, el parate de obra pública, el cierre de empresas, la recesión, el que cante en un teatro mientras se incendia la Patagonia. Intentan enfrentar un fenómeno marcado por las emociones y el rechazo al pasado con datos que no interpelan a su electorado. Enfrentan un problema serio.
Critican desde un discurso del pasado y un cálculo racional de pérdidas. Un pasado que también está comenzando a ser cuestionado por su propia base social. Es lo que sucede cuando el encantamiento del líder desaparece.
Le pasó a Menem. Le está pasando a Cristina. También a Macri. ¿Llegará la desilusión por Milei? Muy probablemente en el momento en que un sector de quienes lo apoyan comience a percibir que el sacrificio actual está siendo desperdiciado, que no hay mejor futuro y que el Presidente es alguien que disfruta con el dolor ajeno. Pero para que esto se produzca por acción y no por decantación del tiempo se necesita una voz capaz de sacudir emociones. Y una propuesta de generar un nuevo orden que no signifique la vuelta al pasado.
Un ejemplo de la impotencia actual es que en la discusión sobre la reforma laboral la oposición no propuso una alternativa superadora. Entonces, o encuentra un nuevo liderazgo, ya sea individual o colectivo, que encarne la posibilidad de lo nuevo, o deberá esperar el cansancio social.
Tiene a su favor que prevalece una mayoría en la opinión pública que cree que este rumbo termina en empobrecimiento, pero ese sector carece de representación política homogénea. Es claro que la oposición necesita reimaginar la Argentina.
* Consultor y analista político.