A partir del éxito de Mariana Enríquez o Samanta Schweblin, en redes se viene hablando de literatura de señoras, palabra cuya capacidad de daño Arjona se adelantó en advertir con su hit de las cuatro décadas. La sufrí por primera vez de boca de una amiga. Estábamos de vacaciones y mi vagancia colisionaba con su hiperactividad. “Señora, mueva las cachas”. Cuando le recordé que yo tenía 38 y ella 37, de modo que objetivamente éramos igual de señoras, se dejó de joder. Mi mamá, quien odiaba la vejez, pero entendía qué es el señorío, en cambio, amaba que la llamaran así. Hay algo revelador en descalificar mediante una expresión connotada negativamente a partir de la relación con la edad, pero históricamente asociada al poder.
Poder le faltó a la abogada argentina cuyos chistes, tan consonantes con los de Trump, la llevaron a ser detenida en Río de Janeiro. Su caso también fue pasto de las redes, donde algunos se apresuraron, no a tildarla de señora, pero sí a hablar de wokismo. En su libro de viajes, Sarmiento cancela desde el pasado los términos equívocos de esta discusión: “El mulato se levanta ya en el Brasil amenazando vengar bien pronto las injurias hechas a su tostada madre (…). La raza pura portuguesa cae visiblemente en la decrepitud y en la inanición y en las cámaras y en la prensa diaria, más fecunda aquí en injurias que entre nosotros, todo se dicen los contendientes, hasta sodomitas, menos mulatos. Hay una ley que prohíbe el uso de este epíteto”.
Me faltan credenciales para defender a Mariana Enríquez o a Samanta Schweblin, quienes comparadas a la abogada no necesitan defensa, porque no las leí lo suficiente. Pero creo que son, antes que objeto de críticas fundadas, aunque debe haberlas, víctimas de la envidia. Más allá de los argumentos posteriores, al ver un “señora” como puntapié para hablar de literatura, se intuye que la literatura es lo de menos. De todas las palabras posibles, tan destructiva como divina, ¿quién es el Señor sino el más grande? resulta la más diáfana. Aun dicho con mala leche, un “señora” no pierde su capacidad de prestigiar porque para eso nació. Cita famosa de José Ingenieros a Joaquín Bartrina en El hombre mediocre: “La envidia y la emulación/ parientes dicen que son/ aunque en todo diferentes/ al fin también son parientes/ el diamante y el carbón”. El envidioso desea en vano el éxito del envidiado, a veces sueña con verlo caer y hasta con ocupar su lugar. Quizás los haters de señoras solo quieran parecerse un poco a ellas, y los que reducen una política centenaria al wokismo sean, a su pesar, un poco wokes.