Cada vez me resulta más difícil distinguir lo real. ¿Dónde están los ojos? ¿En mi cara o en lo que estoy mirando? Ya no son tiempos del Big Brother de Orwell, nos creemos vigilados y en realidad estamos dispersos; nuestros propios ojos se desprenden, van y vienen de una pantalla a otra, rebotando multidireccionalmente, disueltos en una trama cada vez más confusa e indiscernible: las imágenes creadas por IA.
No sé a qué temerle más, si al engaño o al incremento de la sospecha. Saberme engañada por falsas imágenes o sospechar de todo original. En el primer caso, existe la posibilidad del alivio (era falsa), o la decepción (era falsa). En el segundo, el hecho de estar permanentemente alerta frente a todo lo que se publique o difunda, desconfiando de su veracidad, nos aleja del asombro, tan grato. La prevención le gana a lo irrepetible. Vuelvo a un libro que suelo tener cerca, Mirar, de John Berger. Paso las hojas, y encuentro la siguiente frase: “La mirada es un acto de entrega, una forma de conectarse con el mundo y la vida que nos rodea”. En la era digital, la mirada es lo que se entrega y estar conectado es una forma de escindirse de la vida que nos rodea.
Ver es mero “visto”.
El arte cae en la volteada. Estamos mucho más allá de la pérdida del aura anunciada por Walter Benjamin en 1935 (no confundir con La pérdida de Laura, genial título de la primera novela del escritor vecino de estas páginas). En tiempos del filósofo de Frankfurt, la crítica más bien apocalíptica se extendía al arte y versaba en la reproductibilidad técnica. “En la época de la reproducción técnica de la obra de arte, lo que se atrofia es el aura de esta. El proceso es sintomático, la técnica reproductiva desvincula lo reproducido del ámbito de la tradición.” En estos tiempos ya no se trata del original reproducido, sino de su deformidad. Estamos en la era de la intervención permanente.
Al menos una vez por día, mi hija me intercepta: “¡Ay mamá, es IA!” Y yo le contesto, demudada: “¿En serio? ¡No lo puedo creer!”. Si lo que estoy viendo no es creíble, entonces lo creíble no es verdadero. A menos que lo verdadero no tenga relevancia. Algo es seguro: “ver para creer” es un refrán que no funciona en las redes. Al rincón, amonestado por iluso. Y yo la ilusa que lo profesa: “¡Qué linda biblioteca!”, comenté en el nuevo programa de Futurock, Paraísos artificiales, “y esa escalera”, seguí escribiendo en el chat, mientras escuchaba a la economista, entrevistada por zoom. Al instante recibí un mensaje de WhatsApp: “¡Mamá, es IA!”. Ya no podía eliminar mi comentario. ¿Todos habrían advertido que era una falsa biblioteca? Ni siquiera fui capaz de distinguir un fondo. Enseguida me entusiasmé con otra imagen. Bud Bunny leyendo Jamaica Kincaid. No lo podía creer (otra vez). Era lo único que les faltaba a sus magníficos trece minutos del Súper Tazón. Medio tiempo que se convirtió en tiempo completo de celebración. Una verdadera (¡real! ¡artística!) protesta. Política y deseante. Latinoamérica enunciada, país por país, diferenciado América de los Estados Unidos, incluyendo a Canadá, manteniendo el español, como la cantó Calle 13, con las grandiosas Toto la Momposina, Susana Baca y María Rita. Hasta el perreo me pareció revolucionario; la escenografía puertorriqueña, los postes de luz averiados, el casamiento en la cancha, Lady Gaga… ¿Y ahora lo veía en una foto leyendo a Kincaid? ¿Qué compromiso tiene Bud Bunny con la literatura latinoamericana? “Mamá…”. Y sí, otra vez IA. Era un posteo de Eugenia Zicavo promocionando su taller sobre Jamaica Kincaid. Estos ejemplos son bellos y buenos. Los hay oscuros: deepfakes, cibercriminalidad. Algún grado de paranoia hay que implementar. Aunque solo sirva para domar los dedos y dejar de clickear.
¿Puede llegar a convertirse en original lo que fue intervenido por la inteligencia artificial? ¿O “artificial” sería la palabra que altera toda posibilidad de verdadero? ¿Qué es una vivencia, a fin de cuentas? Epa... Demasiadas preguntas para no tener ninguna respuesta. Solo nos queda verificar, y eso también es patético. ¿Es o no es? Preguntale a IA. O sea, ¿la misma fuente que modifica las imágenes es la que denuncia el artificio? Paradojalmente, quizá la ficción nos libere de las verdades postizas. Escribir páginas nuevas, reinventando la realidad. Darle letra al presente, destituir los algoritmos, tomar ciertas palabras y agotar sus designios. Pienso en dos libros de Ricardo Piglia, Respiración artificial y los relatos de Nombre falso. Un visionario de los artificios.
Leer para creer.