COLUMNISTAS
La lengua argentina

Estereotipos y violencia

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Rosario. Hace unos días le rompieron la mandíbula a Tiziano Gravier al grito de “Tincho”. | cedoc

La palabra “estereotipo” se refiere en principio a las planchas que, con caracteres metálicos fijos, permiten en la imprenta reproducir una página cuantas veces se quiera. De ahí sale el segundo empleo del término, que alude a las imágenes que almacenamos en nuestra mente cuando estas provienen de prejuicios provistos por la sociedad acerca de un cierto grupo de personas. Imágenes y prejuicios que mediatizan nuestra relación con la realidad y nos arrastran a enfrentarnos a ella acríticamente.

Y es que, como dice Walter Lippmann en su obra Opinión pública, de 1922, “no vemos primero y luego definimos: definimos primero y luego vemos. En la confusión condenadamente frenética del mundo exterior, tomamos lo que nuestra cultura ya ha definido para nosotros y tendemos a percibir lo que hemos tomado en la forma en que la cultura lo ha estereotipado para nosotros”.

En pocas palabras, los estereotipos son siempre conjuntos de creencias sobregeneralizadas e inmutables (he aquí la relación con las planchas de la imprenta) relativas a los atributos de un grupo humano, que conducen a percibir a cada nuevo integrante de ese grupo según la expectativa previa construida sobre esas creencias.

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Se entiende, habitualmente, que un estereotipo se aplica a un grupo humano que, frente a aquel del que formamos parte, constituye un otro, un ser ajeno. Un extranjero. Sin importar –y este aspecto tiende a soslayarse– si el grupo estereotipado es más o menos influyente. (Eso sí, todo hay que decirlo, los grupos menos influyentes suelen correr con desventaja).

La aplicación de un estereotipo a un cierto grupo humano resulta eventualmente en alguna forma de violencia. Muchas veces, verbal. Otras veces, física. Es más: hasta se podría decir que es siempre física, porque quienes han sido víctimas de violencia verbal la describen como “una cachetada” o “una trompada en el estómago”.

Pero me interesa aquí señalar una teoría descriptiva del sentido de la violencia lingüística (sigo a Daniel Silva en la Introducción de Language and Violence, de 2017). La violencia en el lenguaje es un concepto asociado al desconcierto. Y lo es en la medida en que tiende a clausurar los contextos que aseguran tanto la construcción del sentido en el diálogo como la mutua inteligibilidad y el contrato tácito firmado en cada acto de intercambio discursivo.

Una de las formas que asume la violencia lingüística en relación con los estereotipos es el uso de nombres de pila para caracterizar a un conjunto determinado de personas. Por caso, en la ciudad de Nueva York, se impuso hace unas décadas el nombre de Guidos a los jóvenes italonorteamericanos de los suburbios, pandilleros que buscaban ostentar el estilo de Tony Manero, protagonista de Fiebre del sábado por la noche, que tanta fama le diera a John Travolta.

En los últimos tiempos y en la Argentina, sobre todo en las redes sociales, se han puesto de moda algunos nombres como estereotipo de una clase definida de persona. Una Mabel es hoy algo así como la doña Rosa del siglo XX. Un Raúl es un hombre ingenuo, un poco tonto aunque se crea listo. Una Milipili es una adolescente de familia acomodada, que tiene la cabeza hueca. Y un Tincho es el equivalente de la Milipili en varón.

Si una de las formas de ejercer violencia con el lenguaje consiste en estereotipar a lo otro o lo ajeno cargándole atributos negativos, el propio empleo de esas formas es un índice que marca la membresía a un cierto grupo violento. Y los grupos violentos tienden a la acción física.

Hace apenas unos días, en Rosario, un par de violentos atacaron a Tiziano Gravier al grito de “Tincho”. Le rompieron la mandíbula. No parece que este sea un hecho aislado entre nosotros, más allá del estrato social al que se pertenezca. Bien se sabe que los rugbiers le gritaban “negro de mierda” a Fernando Báez Sosa mientras lo mataban a patadas.

Porque la violencia no se restringe a un espacio social o cultural. Porque el violento busca “poner en su lugar” a su víctima, aun cuando –como dice Judith Butler– ese lugar sea un no lugar. Porque hay demasiada violencia lingüística en el ambiente. Y, como estamos desconcertados, parece que no supiéramos ni dónde estamos parados ni qué es lo que tenemos que hacer.

*Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés.