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Fábula del burro y el agua

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Un burro caminaba por el campo cuando vio un balde con agua. El balde era de vidrio y al probar el agua notó que era pura, fresca y transparente. Pero como estaba acostumbrado al fernet y al agua sucia de los charcos, el burro se rebeló. En un rebuzno, gritó que él no era pequeño ni peludo ni suave, sino un burro de combate, y aunque se moría de sed pateó el balde mientras sentenciaba: “La idea de agua pura es un error teórico, una construcción grotesca y falaz”.

El burro se llama Maximiliano Crespi, y con una frase parecida –“la idea de ‘libertad total’ es un error teórico, una construcción grotesca y falaz”– comienza una reseña agresiva y asnal publicada en Ñ de La libertad total de Pablo Katchadjian, un libro encantador e inteligente, transparente y fresco como el agua pura que no supo beber nuestro burro.

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Pablo Katchadjian (Buenos Aires, 1977) es uno de nuestros pocos escritores vanguardistas. Sus libros suelen ser experimentos con otras obras como El Martín Fierro ordenado alfabéticamente o El Aleph engordado (que María Kodama hizo sacar de circulación con su habitual celo represivo) o intentos autónomos de índole muy diversa como Mucho trabajo o Qué hacer. La libertad total es uno de estos últimos. Tiene, de todos modos, algo de A y B, un libro genial de Giorgio Manganelli en el que dos personajes llamados “A” y “B” conversan calma y largamente en el cielo. Aquí los personajes principales también se llaman A y B, aunque también aparecen C, D, E (la única mujer), F, G, H, I y J. Como en el libro de Manganelli, el texto está compuesto exclusivamente por esos diálogos. Manganelli sugiere llevarlos al teatro en una oscuridad completa, donde solo se oigan las voces de los protagonistas. Los diálogos de Katchadjian piden en cambio ser trasladados al cine (siempre sobre fondo negro) porque la historia tiene mucha acción. A y B empiezan discutiendo temas abstractos como la libertad en una misteriosa prisión de la que huyen para encontrarse con los otros personajes y producir una serie vertiginosa de encuentros, desencuentros, alianzas, traiciones, golpizas y muertes. A y B, beckettianos pero activos, recorren una comarca abstracta, enrarecida, con la esperanza y el propósito de salir de ella o de llegar a alguna parte como si estuvieran en El castillo de Kafka o en El mago de Oz.

El deseo de la vanguardia es alquímico: producir objetos puros pero que al mismo tiempo no se agoten en el mero gesto y superen la condición incolora, inodora e insípida del agua. Katchadjian entiende bien el juego, pero además de la elegancia para jugarlo tiene la gracia como para evitar el vacío: la libertad absoluta es un ejercicio festivo que depura al lenguaje literario de todo menos de las pulsiones que hacen de él un libro vivo. Pero Crespi es un burro de izquierda: le quiere imponer al autor su tristeza (“el triste no ve lo raro de lo raro”, se anticipa Katchadjian) y desde el realismo socialista le exige que exhiba “las vicisitudes de lo social y lo comunitario”.

Como Katchadjian parte justamente de la frase “la libertad total no existe” para afirmar la libertad literaria, Crespi se irrita y tira patadas proscriptivas como el burro alimentado a fernet y agua sucia. Escribo esta nota el martes 29 de abril, Día del Animal.