No se debe pegar a los niños, ni siquiera para que canten. No se debe, porque implica un maltrato y porque, en términos más generales, está mal agredir a todo aquel que no está en condiciones de defenderse. Hace unos años, según parece, todo esto no se sabía: regía la pedagogía del chirlo, del bife aleccionador. Así por caso sucedía en Etterzhausen, así por caso sucedía en Peilenhofen, allá en la rigurosa Alemania, en dos escuelas que surtían de niños cantores al famoso coro de Regensburger Domspatzen de Ratisbona.
Entre 1964 y 1994, ese coro fue dirigido por el sacerdote Georg Ratzinger. El mismo admite haber revoleado unos cuantos cachetazos severos, en esta mejilla o en aquella, acaso por la certeza de que ofrecer la otra mejilla es virtud del buen cristiano. Flor de mamporros les sacudió a aquellos chiquitos para que corrigieran una inconducta, mejoraran una afinación o se sacaran la manito de ahí. En los tiempos que ahora corren, los progresos en materia educativa y en nociones de dignidad elemental revelaron lo ya dicho: que no se debe pegar a los niños.
Dice Georg Ratzinger que siente grandes remordimientos por lo que hizo. Puede pedirle entonces que le tome confesión y lo absuelva al bueno de su hermano Joseph, que hizo carrera y llegó nada menos que a Papa. Será una conversación muy fraternal, en el sentido literal de la expresión. El saldrá sin duda alguna con el alma reconfortada. Y de paso se asegurará de que, mientras murmure sus pecaditos y el otro le imparta cien padrenuestros, no va a tocarse para nada ese otro temita que con tanta insistencia se comenta en estos días: que en ese mismo coro, y en esos mismos años, abundaron los casos de abuso sexual.
No se debe violar a los niños. A nadie en general, por supuesto, pero tampoco a los niños, mucho menos a los niños. Eso sí era sabido hace treinta o cuarenta años. Sobre todo por aquellos que hicieron votos de castidad para entregarse a Dios en cuerpo y alma. Será por eso que el padre Francisco Lombardi, vocero del Vaticano, se ha mostrado tan preocupado la otra tarde.