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maria elena walsh

Fantasmas en el parque

El título de esta nota es el del último libro de María Elena Walsh. Hablamos de una Musa, María Elena lo es, una de las grandes poetas de nuestra literatura, una encantadora de serpientes, y una de las voces más increíbles, una de las tonalidades más fascinantes, de la canción nacional.

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El título de esta nota es el del último libro de María Elena Walsh. Hablamos de una Musa, María Elena lo es, una de las grandes poetas de nuestra literatura, una encantadora de serpientes, y una de las voces más increíbles, una de las tonalidades más fascinantes, de la canción nacional.
Las melodías españolas de Maricastaña con Leda Valladares son una obra antológica, y sus canciones “desde la infancia” pasarán de generación en generación.
María Elena no canta para los chicos, los niños no le van ni le vienen. No es una maestra dulce ni una madre superiora, es mala, bastante mala. Mordaz por lo inteligente, sutil hasta el veneno, de mecha corta, como ella misma dice que le dicen, “en cualquier momento se le vuelan los pájaros y se mete en la cueva”.
Además, se mete en cuevas ajenas, es una persona metida, habla de política y despier- ta antipatías, con severidad pueden llegar a excomulgarla. Observa y opina, y esta vez, lo hace desde el parque Las Heras, el que está cerca de su casa.
Allá instala un laboratorio por el que ve cambiar a la ciudad, y nos la presenta mezclada con evocaciones, rememora algunos encuentros con escritores, regresa a escenas de París, se interponen fantasmas de amigos que se le aparecen, presenta a su enfermedad que es real como el bastón que la sostiene, está Sara su amor, nos habla de la vida.
María Elena, decía, no le canta a los chicos, sus canciones no son “infantiles”, no es Pipo Pescador ni Piñón Fijo, tampoco una calientapadres como Xuxa, Panam o Caramelito. Escribe y canta desde su infancia, desde su mirada acompañada de lo que llama el “ángel socorrista”, ese que compagina y pierde los recuerdos según su reverenda e incognoscible gana.
No oficia de virgencita con guardapolvo, tierna y comunicativa con los bajitos, como Jacinta Pichimahuida. De la ternura dice que le parece un invento moderno como lo es la comunicación.
Es medio pituca, finalmente no deja de ser una señora de barrio norte, famosa, requerida por vecinas que le hablan de Paul Auster, por ciudadanos quejumbrosos a perpetuidad, augures de todas las especies, niños saltarines y bastante insoportables.
También es una señora rodeada de perros, los dueños de la zona, los que han convertido a la veredas en mierderos y ciénagas fecales. Ciudad surcada por esos paseadores de canes soberbios, carnívoros domados, caniches con peinados de lujo, que van derecho al canil, para contemporizar con otros monstruos apodados mascotas.
María Elena está a veces de mal humor, como cualquier “vecina de Buenos Aires” –para usar el vocablo municipal de nuestro jefe de Gobierno– que soporta las agresiones de esta ciudad. Ve a Buenos Aires como un depósito de basura creciente, en permanente estado de colapso, mugre y precariedad.
Por las noches, el famoso “ramassage”, ese gesto nocturno que había conocido en su juventud parisina de pobres y cirujas recogiendo restos urbanos, hoy se ha convertido en profesión de chicos y adultos, hombres y mujeres, parte de nuestra costumbre diaria.
Y los turistas, esa tribu nómade que deglute y prostituye todo, los visitantes promiscuos de la industria del turismo cholulo.
María Elena no habla de muchos amigos, menciona a pocos, como La Negra, Pepe y Bernardo Neustadt, un ñomo gracioso, panzón de patas flacas que le muestra afecto y respeto, con consideraciones de cortesía, que ella agradece y también considera. No le importa no estar de acuerdo con él en cuestiones políticas. No baja la espada y juzga, desde el santoral progresista, para separar demonizados de canonizados. Respeto y afecto le importan más. No menciona lecturas de diarios, sólo destaca a Ambito Financiero de los lunes, en el que las “Charlas de Quincho”, le permiten apreciar los ágapes habituales en este emirato irredimible del Fin del Mundo’.
A veces va a fiestas en las que circulan gerontes, estrellitas, traficantes y ministros. No es muy dada a ese tipo de reuniones, pero a veces le toca, y cuando se trata de la farándula no deja de sorprenderle que entre los llamados artistas se saluden con tanta efusividad, a los abrazos y besuqueos, con lágrimas de emoción, como si se vieran por última vez, y no como lo harán, en otra próxima entrega de premios.
No deja de mencionar al tráfico asesino que le hace temer por su vida, y el recuerdo de su tan bien contada visita de otros años a la casa de los Bioy en la que su cuidada avaricia propia de gente muy rica se compone con la elegancia y el humor. Austeridad con excepciones, como su noche en lo de los Blaquier, en donde el agasajo estaba a la altura de los blasones de los anfitriones.
María Elena disfruta Buenos Aires, la hace reír, todas las mañanas se toma un baño de risa.
Se entretiene en Palermo viendo sudar a los sirvientes del Gran Hermano Médico, trotando con los codos para atrás como espolones de gallo y con expresiones serias del deber cumplido. Los sentenciados por el último chequeo dan vueltas por el Rosedal.
Nos cuenta que es un lujo ser testigo de algunas familias que van a ver travestis, periplo de utilidad ya que papito puede darse una vuelta un rato más tarde, pero esta vez solo.
María Elena no pierde la oportunidad de hablar de literatura. Por ejemplo del peso que tuvo en su vida el creador de Platero y yo, Juan Ramón Jiménez, un gran poeta y hombre generoso de trato difícil. De su visita a la casa de Neruda, ese escritor pantagruélico y sensual, mezclador de vinos y mujeres, amante de las buenas cosas y admirador de Stalin.
En el libro hay citas de Virginia Woolf, de W.H. Auden, de Flannery O’Connor, Margarite Yourcenar, y la frecuente mención de Proust. Escenas en las que habla de los juegos entre Bioy y Borges, del talento de la alocada Silvina Ocampo, y, es extraño, no habla de músicos, salvo de Charles Aznavour, del que dice que se apoderó del campo musical francés y no había quien lograra subir a escena sin pagarle por anticipado la correspondiente comisión.
Desdeña lo que llama literatura apestada de literatura y se dedica a leer, que para ella es lo mismo que respirar, y a extrañar la falta de “interlectores”.
Percibe que en Buenos Aires muchos hablan según el modelo de locución de los políticos y de los opinadores de radio, y de ejercicios cada vez más practicados a los que ella ha renunciado, como el de “agredir para discutir”.
Recuerda a los muertos, a esos fantasmas que pueblan hasta la misma plaza, pero no quiere rendirles culto. La culpa que sentimos por no haberles dado más amor en vida, y el perdón que les pedimos, no es más que nuestro absurdo deseo de ser perfectos, inmaculados e irreprochables.
Desconfía de los moralistas, de esa gente tan honesta que llega a la avaricia y a la mezquindad. Prefiere gente flexible, bohemia, pecadora.
Recuerda la época de los setenta, los tiempos de sangre y lágrimas, en la que quienes no estaban con la causa de la violencia revolucionaria eran considerados posibles delatores y enemigos potenciales. Ama fumar y odia a los terroristas antitabaco.
María Elena Walsh es alguien más que la homenajeada por decenas de juglares que entonan sus canciones, o la adorada por ser la reina del varieté y la embajadora de los niños, es la increíble hechicera del otro lado del espejo de Buenos Aires.
*Filósofo.