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FINAL DE ROLAND GARROS, A LAS 10

Federer-Nadal, dos chicos de 26 y 21

Desde fines del siglo XIX y hasta estos días, el tenis, tanto masculino como femenino, aportó infinidad de memorables rivalidades a la historia del deporte. Hubo mano a mano desde Navratilova-Evert hasta Sampras-Agassi. Hubo tríos maravillosos como McEnroe-Lendl-Connors y hasta cuartetos del nivel de Becker-Edberg-Wilander-Lendl.

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Gonzalo Bonadeo |

Desde fines del siglo XIX y hasta estos días, el tenis, tanto masculino como femenino, aportó infinidad de memorables rivalidades a la historia del deporte. Hubo mano a mano desde Navratilova-Evert hasta Sampras-Agassi. Hubo tríos maravillosos como McEnroe-Lendl-Connors y hasta cuartetos del nivel de Becker-Edberg-Wilander-Lendl. Los argentinos siempre hacemos nuestro aporte y convertimos en clásicos los desiguales duelos Borg-Vilas y Sabatini-Graf. Sin embargo, es difícil encontrar en los registros –aun en los tiempos de los precoces australianos Rosewall y Hoad, que con apenas 18 años le ganaron la Davis a Estados Unidos– que la rivalidad entre dos tenistas tan jóvenes ya pueda ser considerado un clásico de épocas. Porque cuando el año 2008 prometía ser el punto de partida de otro gran trío, Djokovic no pudo pegar el gran salto y nos encontramos con otro Federer-Nadal, un mano a manos que amenaza con ser el más notable de la historia del tenis masculino.
Es decir, no creo que nadie sea capaz de igualar el choque entre Martina y Chris. Ni en lo subjetivo, por lo hegemónica que fue esa rivalidad durante más de una década de tenis femenino, ni por lo estadístico: 325 títulos oficiales ganados entre las dos, ochenta partidos oficiales disputados (43 de ellos ganó la ex neo checa) de los cuales 22 fueron finales de Grand Slams y varias decenas de grandes títulos obtenidos entres las dos. En fin, una profusa acumulación de números que ni el suizo ni el español podrán ensombrecer ni acumulando tres vidas. Sin embargo, hay que hurgar (vanamente) para encontrar una confrontación de la magnitud de ésta entre un chico de 26 años y otro de 21.
Es más, en casi ninguno de los demás casos hubo territorios tan bien delineados como en éste, con un jugador infranqueable en la velocidad de Wimbledon y otro insoportable en la densidad pastosa de Roland Garros. Luego, sea en Australia como en Estados Unidos, puede terciar Djokovic; aunque la sospecha sigue siendo que ésos –en especial Flushing Meadow– también son territorios del número uno del mundo.
De esto habla el mundo del tenis; también, del nuevo cambio de mando entre las chicas, con Ivanovic ganando su primer Abierto francés 24 horas antes de estrenar un número uno que, más que ganarlo ella, lo perdió prematuramente Sharapova.
Mientras tanto, los argentinos soportamos nuestro peor Roland Garros esquivando la historia grande. Sea por estrategia editorial o, muy probablemente, por incapacidad profesional, terminamos dedicando nuestro tiempo y nuestro dinero a una poco feliz conferencia de prensa en la que dos juniors talentosos creyeron necesario lavar trapos sucios de los que nadie se hubiera hecho eco de tener a Nalbandian en cuartos. O a anunciar que descubrimos, varios años tarde, la presunta fealdad de la novia de Federer desde el mismo rincón desde el que, casi cotidianamente, exaltamos la belleza de Wanda Nara… o de las marineritas de Almirante Brown.
Al fin y al cabo, creo que todos tenemos un poco de razón y todo el derecho a hablar lo que nos plazca. Los que mueren por el caviar, los que, berretas como yo, preferimos un buen plato de ravioles, o las moscas, que no cambian por nada una buena torta de bosta de vaca.
En lo personal, creo que lo genial del deporte pasa exclusivamente dentro de los terrenos de juego y no en los bancos o en las tribunas. Y también en ese sentido la final de hoy es rica como pocas. Si apuntamos a las características técnicas, la historia y el presente, París debería volver a ser una fiesta para el Rafa. Es más, si tuviera que apostar, lo hago a manos de un triunfo categórico del español. La forma en que se sacó de encima a Verdasco y, sobre todo, a Almagro, además del capo lavoro que hizo con Djokovic, ponen al mallorquín en un nivel superior al de 2007. Y recordemos que en ese 2007, Federer jugó su mejor tenis en tierra y no logró quebrar el enorme corazón del triple campeón francés.
Sin embargo, el deporte vive aleccionándonos, y sería necio ignorar lo que significa para ambos el partido que ya estará jugándose cuando usted se anime a estas líneas. Aun condicionados por la superficie y la localía que, de algún modo, ejercerá el español, éste es un partido fuera de cualquier análisis. Porque así como Federer sabe que se topará con el mejor tenista de polvo de la historia, Nadal sabe que el suizo aprendió a jugarle en tierra. Lo demostró, sin ir más lejos, en Hamburgo hace menos de tres semanas. Y así como Federer no supo liquidar a tiempo un primer set que debió ser decisivo en esa final, Nadal estará alerta a la amenaza de quien ya sabe cómo ponerlo contra las cuerdas en su propio territorio. El elemento extra, que probablemente pese tanto desde lo físico como desde lo psicológico, es el de hacerse cargo de que, para conquistar Roland Garros, el suizo tendrá que ganarle tres sets en polvo de ladrillo a Nadal… en un solo partido.
Si usted busca en la web de este mismo diario ya tendrá registro de mi opinión, que no cambió desde aquel entonces: París es del Rafa. Pero la magia del mejor tenista del mundo me anima a despertarme muy entusiasmado ante la final que se viene. Y hasta confieso que con la ilusión de ver que Roger sea, como se merece, uno más de los muy pocos que han ganado los cuatro grandes. Ojo, no hay contradicción sino distintos caminos: el de la mente, que me jura que nadie puede con Nadal en una final como ésta, y el del corazón, que me obliga a dedicarle el desayuno a un partido que perfectamente podría no tener demasiada historia