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COLUMNISTAS / Opinión
domingo 7 abril, 2019

Filmar la leyenda

Todo lo que Peret y el documental sobre él tienen de plebeyo, Gachot y su personaje lo tienen de refinado.

por Quintín

default Foto: CEDOC

Hay un documental en el Bafici que empieza con una famosa cita de Un tiro en la noche, la película de John Ford: “Hay que publicar la leyenda”. El documental se llama Peret, soy la rumba, y está dedicado a Pedro Pubill Calaf (1935-2014), el rey de la rumba, que fue famoso en la Argentina durante la década del 70 con su tema Es preferible reír que llorar. Gitano catalán nacido en la pobreza, Peret era un vendedor ambulante que, casi de la noche a la mañana, descubrió un género musical híbrido: la rumba flamenca o rumba catalana o rumba gitana, que nace incorporando bongós y ritmos afrocubanos al tablado flamenco, pero que también absorbe el temprano rock and roll. Con su voz y su guitarra, más dos acompañantes en palmas y coros, el de Peret era un número musical singular, de un ritmo contagioso y de una textura discretamente sofisticada (en la película se dice varias veces que eso de hacer palmas es mucho más difícil de lo que parece). En algún momento, Peret amplió su grupo de soporte y hasta llegó a sonar parecido a Santana.

En los años siguientes, Peret se transformó en un espectáculo internacional, parte del capítulo exótico de las discográficas, lo que incluía orquestas, canciones melódicas, versiones en distintos idiomas y películas celebratorias. Pero en 1982, sin aviso, abandonó la música para hacerse pastor de la Iglesia Evangélica de Filadelfia. El Peret predicador, rodeado de su familia, tiene mucho del personaje de Johnny Cash.

En los 90 volvió a la música, perdió el pelo y más tarde se dedicó a dar recitales solistas en los que mezclaba canciones con la historia de su vida. En esa veta llegó a grabar Los ejes de mi carreta y a encarnar una mezcla entre Facundo Cabral y José Larralde.

¿Quién era Peret? Sin duda un tipo entrañable, un músico talentoso y un misterio. El documental, dirigido por Paloma Zapata, le hace caso a la cita de Ford: aunque permite intuir facetas oscuras en el personaje, se dedica a difundir la leyenda, que es lo suficientemente buena como para que el lector se dé una vuelta por el festival para verlo, ya que todavía queda una función el sábado 6.

En cambio, hay otro documental sobre música del que no hay más funciones: Where are you, João Gilberto?, del suizo de origen francés George Gachot, del que alguna vez el Bafici exhibió una película sobre Martha Argerich, un personaje dificilísimo de entrevistar y de filmar. Pero Gilberto lo es más aún. Genio musical, creador de la bossa nova, guitarrista eximio, cantante exquisito, individuo celosísimo de sus materiales, sus presentaciones y su intimidad, vive escondido desde hace varias décadas. Gachot sigue los pasos del escritor alemán Marc Fischer, que lo buscó infructuosamente y escribió un libro sobre la experiencia antes de suicidarse. Todo lo que Peret y el documental sobre su figura tienen de plebeyo, Gachot y su personaje lo tienen de refinado: el director sabe que no puede ni debe encontrarse con el músico y se limita a mostrar el placer de un Río de Janeiro no demasiado diferente del de los 60. Es que aquí no hay leyenda que imprimir, porque Gilberto logró desaparecer hasta el punto de que la diferencia entre su persona y su mito carezca de importancia. Algunos dicen que así es la locura, pero es difícil pensar en un mérito más elevado.


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