Esta semana, al conocerse los resultados de los exámenes de ingreso para las escuelas dependientes de la Universidad de Buenos Aires, la Escuela Carlos Pellegrini volvió a ser noticia. En esta oportunidad el tema es la supuesta reducción del nivel académico. Sucede que, por primera vez, los estudiantes que obtuvieron aproximadamente 150 puntos sobre 600 posibles en los exámenes podrán ingresar al establecimiento, en tanto que el promedio histórico de puntos mínimos necesarios para entrar ronda los 300.
Sin embargo, el curso de ingreso es el mismo para la Escuela Carlos Pellegrini y el Colegio Nacional de Buenos Aires. Las dos escuelas ofrecieron un curso de ingreso con la misma rigurosidad de años anteriores: idénticos criterios de evaluación, carga horaria, docentes, contenidos, metodologías, enfoques pedagógicos, materiales de estudio, etc. En síntesis, idéntica excelencia académica.
Ocurre que para ingresar a las escuelas de la UBA no se establece un puntaje mínimo: de acuerdo con los resultados en los exámenes de los aspirantes de ese año, ingresan a la institución los alumnos que obtuvieron los primeros puntajes en función de la cantidad de vacantes disponibles, haciéndose el corte de “puntaje mínimo” en la última vacante. En pocas palabras: ingresan los alumnos que obtienen las primeras 480 calificaciones (aprox.), sean éstas las que sean. Así, el hecho de que durante 2008 la calificación más baja haya sido de 150 puntos, no quita que hayan ingresado alumnos con calificaciones superiores a los 540. La variable que hace la diferencia entonces no es el nivel ofrecido por la institución, sino la cantidad de alumnos que se inscriben en el curso cada año.
Dicho sea de paso, la diferencia de puntaje con que los alumnos ingresan a la institución no supone absolutamente ninguna diferencia, en términos de calidad, en la formación que esos estudiantes van a construirse en su paso por ella, pues de otra manera habría que pensar que el Pellegrini tiene distintas categorías de alumnos (lo cual es una injuria), o bien que la intervención educativa de la institución no tiene ningún valor.
Esto es quizás lo más alarmante de las ideas que están circulando por la opinión pública: suponer que la excelencia de estas escuelas depende de la formación que los alumnos hayan obtenido previamente a su ingreso, lo cual descalifica a todos aquellos que por distintas circunstancias socioculturales no acceden durante la escolaridad primaria a educaciones de calidad. Por desgracia, el examen meritocrático tiende a confirmar a aquellos que gozan de más y mejores oportunidades sociales y culturales. El curso de ingreso eliminatorio no elimina a los que no tienen capacidad, sino que se adapta a la triste realidad de que no haya más colegios como éstos. Se adapta a la realidad de no tener, lamentablemente, vacantes para recibirlos a todos. De hecho, las escuelas medias de la UBA son de carácter experimental (por estatuto): su objetivo es reproducir sus experiencias en otros establecimientos. De manera que si nos interesa el perfil de egresados que estas escuelas ofrecen, deberíamos estar anhelando la pronta aparición de más escuelas como éstas, y no indignándonos porque durante 2009 ingresarán alumnos con un rendimiento previo por debajo del promedio histórico.
No podemos juzgar el nivel académico de una institución educativa por el nivel formativo con el que los alumnos ingresan, sino por el perfil de sus egresados. La escuela de excelencia es, por definición, transformadora.
Lo significativo es que desde 1993 hasta 2007, mientras el Carlos Pellegrini desarrolló un proyecto educativo humanista, crítico, basado en la comprensión, la solidaridad, el afecto, la contención y la formación de ciudadanos responsables, reflexivos y comprometidos socialmente, fue la escuela de la UBA con mayor cantidad de alumnos aspirantes: un promedio de 1.200 estudiantes se disputaban 480 vacantes (aprox.). Esto empujó hacia arriba la cantidad mínima de puntos necesarios para entrar.
Con el cambio de autoridades ocurrido en 2007 y el abandono de ese proyecto educativo, la cantidad de aspirantes que compiten por esas vacantes se desplomó. En 2008 se anotaron apenas 550. Por otra parte, algunos explican la disminución de la cantidad de aspirantes a partir del efecto negativo que pudieron tener los conflictos y las medidas de fuerza que se llevaron a cabo durante 2007 en repudio al modelo impuesto durante ese año: tomas, clases públicas, pérdidas de horas de clase, etc. Sin embargo, las medidas de fuerza estudiantiles fueron frecuentes y extensas entre 1993 y 2007 sin que ello redujera la cantidad de aspirantes en ese período, más bien todo lo contrario. Sucede que mientras duró el proyecto humanista las protestas fueron incorporadas al proceso de aprendizaje y trabajadas pedagógicamente. El argumento se derrumba.
La excelencia académica del proceso educativo no consiste en construir sujetos homogéneos a partir de la exclusión basada en las calificaciones de aquellos que menos oportunidades tienen, sino por el contrario, en garantizar, a partir de las diferencias y desigualdades iniciales, la construcción de una sociedad igualitaria en la que el presente y el futuro sean mejores para todos los argentinos sin que nadie quede afuera. Este es el desafío.
*Sociólogo, docente del curso de ingreso a las escuelas medias de la UBA.