La ganadora del escenario político argentino, Cristina Fernández de Kirchner, reunió todos sus rostros en uno solo y, en un giro de vals, llegó a la cima. Lo que pudo haber rozado el enigma y suscitado mil hipótesis sobre las transformaciones de su semblante glamouroso y sexy, teñido (más allá de las extensiones y rulos made in Alberto Sanders) de iracundia crispada, cedió paso a la gloria y el éxtasis impregnados de alegría y dulzura.
Claro que nada más lejos del éxtasis de Santa Teresa de Avila. Sin rasgos de misticismo, Cristina, definitivamente “de Kirchner”, lanzó unas cuantas carcajadas compulsivas e inéditas para el público que la miraba por TV frente a los chicos del periodismo que pudieron visitarla at home.
Vestida con blusa blanca de noble género y alforzas, todo muy casual (a esta altura, da igual que la diseñadora Susana Ortiz cultive el mutismo), la Señora confesó que le preocupaba más el volumen de su cola que el de las pestañas cargadas del rimmel que usa desde que tiene uso de razón. “Nunca me gustó disfrazarme de lo que no soy –dijo–. ¿Tendría que disfrazarme de pobre para ser una buena dirigente política?” El sustantivo “disfraz”, del que proviene el verbo “disfrazarse”, fue elegido precisamente por la entrevistada que, aseguró ella, no le gusta adjetivar. Los chicos periodistas de Hadad parecían un tanto confundidos. Rato atrás, la Señora les había contado que “antes cocinaba y ahora voy todos los días a la cocina. ¡Todos los días! Soy la que dice, y la que controla todo también. Esa doble faz de mujer y política”. En verdad, la dicotomía marcada por Cristina Kirchner ubica el sustantivo “mujer” como si fuese un adjetivo, en tanto mujer no se es de a ratitos. Mujer es, conceptualmente (ver diccionarios), una persona de sexo femenino.
De todos modos, tanto habló la prensa local e internacional de su preocupación por mostrarse sólida pero glamourosa, que CK dio una vuelta de tuerca y “salió al toro”, levantando como estandarte estratégico todo lo que se le cuestionaba. En rigor de verdad, en el imaginario colectivo el envase CFK representó el ideal de las clases bajas y medias.
La candidata más fuerte de la oposición, Lilita Carrió, hace mucho que se ubicó más allá del mundo de las apariencias. Lejos de caretear, dejó atrás su rol de denunciante eterna y atrapó cierta serenidad republicana & beatífica. Una especie de figura simbólica, de gran mater de consolación para las madres de carne y hueso, sumidas en el drama del paco.
En la otra punta, Vilma Ripoll esgrimió su perfil bajo de antiheroína acostumbrada a perder con dignidad, exhibiendo su figura flaca, casi siempre beige. ¿Y qué decir de Roberto Lavagna, de sonrisa tenue bajo el casco? ¿Qué hacer frente a un Sobisch de voz aflautada prometiendo un 100% que invocaba risas? ¿Cómo sustraerse al impacto histriónico del Alberto Rodríguez Saá, con picardía andina que puso pimienta al show?
Frente a todos ellos, CFK pudo mostrar la blancura de sus dientes en la boca sensual, ya no importa si abultada con ácido hialurónico o colágeno, por momentos con voz ríspida y amenazante, a veces acongojada y llorosa, otras íntima y pícara, pero siempre seductora, hablando a sus interlocutores con el semblante apropiado para cada ocasión. “Gracias, chicos”, musita, quizá pensando… ¿en los “gordos” y Moyano? ¿En sus opositores fragmentados y perdidos? ¿En los empresarios complacientes? ¿O en sus compañeros de la facu, en Néstor K y aquel nostálgico look del Mayo francés, cuando ella era Cristina Elisabeth Fernández y soñaba, sin atreverse demasiado, con la fama y el poder que hoy posee?
*Periodista y escritora.
Gracias, chicos
La ganadora del escenario político argentino, Cristina Fernández de Kirchner, reunió todos sus rostros en uno solo y, en un giro de vals, llegó a la cima.