Imagínese si, cada cuatro años, en alguna ciudad del planeta se reunieran los mejores músicos de todas las corrientes; aun si exceptuáramos algún rubro, pongámosle el jazz, los fanáticos podrían disfrutar durante un par de semanas y sin salir de esa ciudad de los mejores exponentes de la lírica y del rock, del pop y de la salsa, del folclore y del blues. Eso son, para nosotros enfermos del deporte, los Juegos Olímpicos. Una auténtica convención de talentos en la que no existe la posibilidad de que el ganador final no sea uno de los tres o cuatro exponentes de su disciplina; y dudo mucho de que exista alguna actividad del hombre en la cual los mejores no provoquen asombro, admiración o envidia. Caben en ese concepto los magos y los científicos tanto como los carpinteros y los mecánicos.
Así como planteamos la hipótesis de dejar afuera a los jazzeros de aquella ilusoria convención de talentos de la música, deportes como el béisbol, el fútbol o el boxeo no envían lo mejor del mercado a los Juegos, tanto por cuestiones de reglamento como de disponibilidad. Pero aun dentro de esas especialidades podemos regodearnos con maravillas como el equipo cubano de béisbol, campeones olímpicos como Carlitos Tevez o –esperemos– Lionel Messi, o monstruos de la talla de Muhammad Ali, Sugar Ray Leonard y Evander Hollyfield que, pasada su etapa amateur/olímpica, también brillaron como profesionales.
Uno de los últimos aportes del deporte profesional es, a la vez, una de las últimas victorias del movimiento olímpico; cuando en Barcelona 1992, la NBA aceptó enviar un equipo a los Juegos –realmente, el único Dream Team que existió–, la historia del torneo olímpico de básquet cambió para siempre. Y puso al deporte en un nivel de atracción apenas debajo del atletismo, la natación o la gimnasia, los auténticos reyes de los anillos. Claro, aquel equipo norteamericano de Barcelona fue una de las más maravillosas coincidencias de la historia de estos 16 días de ensueño: por razones que fueron desde el final de una carrera hasta no querer quedarse fuera de un episodio incomparable, Estados Unidos reunió en el plantel a gente de la talla de Magic Johnson, Larry Bird, Scottie Pippen, Charles Barkley, Karl Malone, John Stockton o Michael Jordan, quien ya había ganado una dorada en los Juegos de Los Angeles, en 1984.
A partir de ese momento, quedó la sensación de que entre el Comité Olímpico Internacional, la FIBA y la NBA comenzaba un tiempo de entendimiento que, por ejemplo, el olimpismo está cada vez más lejos de conseguir con el fútbol. Es decir, mientras el básquet suele contar en los Juegos con cada vez más jugadores de la NBA, el fútbol ni siquiera tiene definida una estrategia consistente sobre qué categoría debe competir. Y así como la del Sub 23 reforzado que se utiliza hoy garantiza buenas figuras si el país involucrado se compromete a ello –tal el caso de la Argentina–, es necesario recordar que, por ejemplo, el preolímpico europeo se juega a nivel de Sub 21. Si no fuera que estoy convencido del desinterés, diría que es sólo un disparate.
Sin embargo, no todo es oro dentro del mundo olímpico del básquet. Mientras los norteamericanos parecen haber escarmentado y, a partir de varias derrotas impensadas –unas cuantas ante los argentinos–, entendieron que no pueden ganar ni un Mundial ni un Juego Olímpico si no arman un equipo más allá de la conjunción de estrellas, desde el mismo ámbito (la NBA) se ponen muchas trabas para que los extranjeros de esas franquicias compitan por sus países. El caso emblemático –el que más nos importa, desde ya– es el de San Antonio y Manu Ginóbili. Ya habían sido muchas las negociaciones para convencer a los dueños del equipo para que el bahiense jugara en Atenas 2004. Ahora, con Emanuel lesionado en un tobillo, las dudas de poder contar en Beijing con el as de espadas pasan tanto por los consultorios médicos como por los escritorios de quienes ponen el billete. Porque así como uno podría esperar (en efecto, sucede) que el técnico Gregg Popovich entienda el deseo deportivo de Manu, hay que entender que a los dueños del equipo, los Juegos Olímpicos les importa tanto como armar un desafío con el equipo de PERFIL, si lo tuviéramos.
Desde nuestra lógica, el asunto debería ser más sencillo: el jugador juega en un club, ese club pertenece a una federación y esa federación es el brazo local de una organización multinacional. Nada que ver. Eso, que en el ámbito local sería un derrotero lógico a la hora de discutir y resolver, no corre para la NBA. Entre otras cosas, porque la NBA no responde ante nadie más que ante sí misma. Así como nuestra entrañable Liga Nacional respondió a una genialidad personal de León Najnudel pero siempre trató de honrar la presencia de un club más que de una franquicia –no grite, ya sé que hubo y hay varias excepciones–, la NBA surgió hace más de 60 años como un deseo directo de los dueños de los principales estadios cubiertos de algunas regiones de los Estados Unidos, con el Madison Square Garden como emblema. Desde entonces, y hasta hoy, es gente que evalúa el negocio desde una óptica tan distante de la nuestra que, calificarla de diferente, sería quedarse muy corto.
Como sea, la gran maravilla del asunto es que, dentro de la cancha, no sólo ya no hay tantas distancias, sino que los números favorecen a argentinos, españoles y ex yugoslavos más que a los norteamericanos. Lo genial es haberlo conseguido mediante la superación propia, es decir, equilibrando hacia arriba. La incertidumbre pasa por saber si la maravilla de hoy tendrá futuro o tendrá fecha de vencimiento al momento del retiro de esta generación excepcional. Entonces, habrá que poner mucho más el ojo en el mercado interno que en el imponente espectáculo que dan los muchachos de esa liga que, con la genialidad de siempre, Roberto Fontanarrosa bautizó como Negros Bastante Altos (NBA).
Gregg, Manu y nosotros
Imagínese si, cada cuatro años, en alguna ciudad del planeta se reunieran los mejores músicos de todas las corrientes; aun si exceptuáramos algún rubro, pongámosle el jazz, los fanáticos podrían disfrutar durante un par de semanas y sin salir de esa ciudad de los mejores exponentes de la lírica y del rock, del pop y de la salsa, del folclore y del blues. Eso son, para nosotros enfermos del deporte, los Juegos Olímpicos.