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Héroes del rock zombi

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Soñé que los muertos de Cromañón volvían convertidos en zombis para asistir a un nuevo recital del Indio Solari. El resto diurno que motorizó esta pesadilla fue que esa noche, antes de dormir, tuve que pasar por el lugar de la tragedia. Iba con el auto y desemboqué en esa calle ahora estrecha en la que hay que aminorar la marcha –es difícil en todo sentido pasar por ahí– y me quedé mirando los carteles con los nombres y las caras de los chicos que murieron. El dolor que se siente es demoledor y, a pesar de estar a un paso de la populosa plaza de Once, el lugar es silencioso. Hubo juicio, hubo condenas, pero hay algo que no se puede suturar. Omar Chabán, por ejemplo, que tuvo responsabilidad en el hecho, sabe íntimamente que –a pesar de que no es un asesino– es culpable. Y pasa sus últimos días de vida en un hospital. Este no es un hecho menor. Una enfermedad primero es una enfermedad del alma, escribió Montaigne. Chabán es un hombre bueno que cometió un error letal. Y su cuerpo lo declaró culpable. Me acuerdo cuando el rock era algo hermoso, prometedor. Esas charlas nocturnas con mi hermano, en la cocina de mis viejos, después de ver regresar a Moris de España o a Charly en Obras. O cuando escuché, maravillado, los dos primeros discos de Los Redondos. Sin embargo, en un momento el Indio empezó a ser cantado por sus fieles (si no cómo se explica que un hombre de 40 años cante “me voy corriendo a ver qué escribe en mi pared la tribu de mi calle”). Y hoy sus fans lo celebran de espaldas, colgados del paraavalancha. Como en el mantra de David Linch: en el escenario no hay banda, no hay música, no hay orquesta. Por eso Charly se mea por tocar en el Colón y piensa que para hacerlo ahí hay que poner cuerdas. Los héroes del rock lo primero que hacen es traicionarnos. Y de esa manera nos preparan para la vida adulta.