viernes 27 de enero de 2023
COLUMNISTAS escándalos

Historieta

06-01-2023 23:55

En 1969, Robert Crumb publicó Joe Blow, una historieta protagonizada por la típica familia de las comedias de situación de los 50. La historia es simple y revulsiva: un padre y una madre que parecen muy buenos abusan sexualmente de sus hijos. “Deberíamos pasar más tiempo con ellos” es la satírica frase con la que el creador de Fritz the Cat cierra este trabajo, que, como otros en esos años, no escatimaba contenidos hiperpolémicos para ir contra baluartes simbólicos de la sociedad. En tanto demuestra cómo Los Simpsons, Padre de Familia u otros productos televisivos de alcance planetario no fueron más que la versión edulcorada de lo hecho décadas atrás en el under, la obra de Crumb también es un barómetro útil para medir los ánimos del presente.

En diciembre, otro dibujante, el francés Bastien Vivès, se disculpó públicamente tras haber sido el centro de un escándalo relacionado al festival de historietas que se celebra en Angulema, ese pueblito todavía bastante encantador que Balzac había elegido como primer y último escenario de Las ilusiones perdidas. Las disculpas llegaron después de un comunicado institucional que decía lo siguiente: “Se han proferido amenazas físicas contra Bastien Vivès. Por lo tanto, su presencia en nuestra programación puede ponerlo en peligro y, potencialmente, también a su público”. La exposición Dans les Yeux de Vivès iba a inaugurarse a fin de este mes, pese al lanzamiento de una encuesta online en la que más de cien mil firmantes pedían bajarla del programa, pero cuando las amenazas empezaron a hacer temer a los directivos de Angulema por la aparición de nuevas “intimidaciones contra miembros de nuestro equipo”, se optó por cancelarla. Las acusaciones contra Vivès son difundir pedofilia, incesto y lesbofobia en varias de sus novelas gráficas, cuyas tramas son, en algunos casos, muy parecidas a las de Crumb y otros artistas del pasado.

Planeros culturales

Esta clase de intervenciones, cada vez más frecuentes, indicarían que el movimiento woke, avalado desde el vamos por múltiples instituciones políticas y educativas de todo el mundo, ve en la amenaza un ardid legítimo para eliminar del mapa cultural aquello que no cuadra con sus principios y valores. A los típicos escraches y linchamientos virtuales disfrazados de debate, se han ido sumando acciones como intimidar violentamente a artistas o arrojar tomates a cuadros, en virtud de las buenas causas del momento. El caso del historietista, sin embargo, despierta muchos interrogantes puntuales ¿Por qué caen bajo el asedio algunos autores o algunas piezas y no otros, igual o más extremos, en un rubro como la gráfica, tan apto para lo revulsivo? ¿Por qué, si la idea es barrer con el sexismo y otras fealdades, no se apunta contra géneros enteros como el Hentai o clásicos que pasaron del manga al animé, como Urotsukidoji, con sus monstruos violadores de múltiples penes? ¿Por qué nadie fue contra el drag australiano Simon Hanselmann, a propósito de su historieta de 2019, en la que la violación es motivo de risa? ¿No es raro que la ministra de Cultura de Francia, Rima Abdul Malak, diga sobre lo ocurrido con Vivès que “las víctimas de incesto, o pedofilia, sólo pueden sentirse ofendidas” sin añadir una reflexión sobre la pertinencia de la amenaza como método silenciador? Alguien dijo que, para “un woke de alma”, alcanza con aleccionar a unos pocos para que el resto aprenda a autocensurarse antes de dejarse llevar por sus tremebundas fantasías y tratar de hacer con ellas algo vinculado a la ficción o el arte. Intuyo que también medra cierta ignorancia en torno a lo que se pretende depurar, y un poco de fiaca: los que trabajan y trabajaron con temas ofensivos son demasiados. Solamente en el campo de la historieta, llevaría media vida requisar todo lo que ofende a los activismos para poder meterlo bajo la alfombra.

También en diciembre, Aline Crumb, pionera del cómic under de Estados Unidos como su marido, nexo entre él y el mundo cultural durante las últimas décadas y sindicada por la prensa como feminista pese a haber sido blanco de los feminismos punitivos, murió en el pueblito del sur de Francia donde vivían juntos. De ser Robert, andaría con cuidado. Si lo de Vivès no es suficiente, alguien podría sugerir ir por él para condenar lo que hizo durante décadas. Y Aline ya no estará para escudarlo ni darle un poco de consuelo.