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hundimientos

Hombre al agua

Que Celine Dion no cantara tiene que haber sido de gran ayuda para todos. Es más difícil mantener la calma y saltar a los botes mientras suenan como fondo esos trinos empalagosos. No fue como en 1912.

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Que Celine Dion no cantara tiene que haber sido de gran ayuda para todos. Es más difícil mantener la calma y saltar a los botes mientras suenan como fondo esos trinos empalagosos. No fue como en 1912. Sonaron a cambio las voces claras y distintas de los que daban las instrucciones para la pronta evacuación. No hubo pánico, no hubo épica. No hubo héroes ni inmolados: faltó Di Caprio. Nadie murió. Tampoco el capitán, un antiecologista nato que al llegar a tierra firme declaró que creía que había chocado con una ballena. El pobre barco, tajeado en el vientre, se inclinó como lo hacen las motos en las carreras para tomar las curvas a alta velocidad. No habrá película sobre este naufragio. No habrá Explorer como hubo Titanic (y como nadie tuvo que degustar a un compañero, tampoco habrá ninguna ¡Viven!).
El Explorer, que yo sepa, no llevaba orquesta a bordo. Otra diferencia crucial. Que la orquesta del Titanic siguiera tocando mientras el buque se hundía, quedó como uno de los hechos más enigmáticos de aquel accidente. Hay al respecto criterios diversos. Uno postula que la orquesta tocaba mientras el barco se hundía. Otra, que la orquesta tocaba porque el barco se hundía. Y otra, que la orquesta tocaba para que el barco se hundiera. Se distinguen así tres modos bien distintos de situar al arte respecto de la realidad de los hechos. La primera piensa al arte como esfera autónoma, como evasión, como consuelo. La segunda hace de la realidad una causa y del arte, un efecto: el arte reacciona al estímulo de la realidad. La tercera invierte con audacia el sentido de esa influencia: el arte es la causa y la realidad es el efecto.
Los grandes teóricos del realismo exigían al arte que imitara a la vida. Oscar Wilde, en cambio, invirtió con ingenio: “La vida imita al arte”. Difícilmente hayan podido pensar en todo esto los náufragos del Titanic. Pero puede que lo hayan hecho los náufragos del Explorer, en las horas muertas que pasaron flotando en gomones naranja sobre las aguas heladas de los mares del sur. Puede que lo hayan discutido, mientras tiritaban. ¿Esto qué era? ¿El arte imitando a la realidad o la realidad imitando al arte? Porque si algo no tuvieron los náufragos del Titanic, además de botes suficientes, fue una película en la que basarse. Los del Explorer, en cambio, contaban con Titanic. Una película basada en hechos reales en la que ellos, ahora, para salvarse, podían basarse a su vez. Pero no para la copia, por supuesto, sino para la diferencia. Porque la vida imita al arte, sí; pero no al arte que antes ha imitado a la vida.