Parece un chiste que lo más interesante de la campaña electoral haya surgido, hasta ahora, de un programa humorístico. Pero así estamos.
Sin propuestas considerables por parte de los principales candidatos ni debates a la vista entre ellos, sus caricaturas en “Gran Cuñado” dieron la nota, al punto de que hoy existen más argentinos pendientes de si la Cristina de ficción abandonará la casa del reality esta semana que de las encuestas sobre si el Néstor de verdad ganará o perderá (aun saliendo primero) el 28 de junio.
Antes de que algún miembro de Carta Abierta –el grupo de intelectuales que apoya al Gobierno– me salte a la yugular acusándome de hacerle el juego a la derecha, absorto ante los cuatro millones de personas que ven ShowMatch, sería bueno detenerse en un dato de la realidad. Esta semana, el ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de la Nación, Aníbal Fernández, pasó más tiempo que nunca en los medios electrónicos y escritos analizando el programa de Marcelo Tinelli.
Primero habló de una necesaria regulación de esa clase de productos por parte del Estado y después se arrepintió del disparate. Eso sí, siempre pidió que “se deje a un costadito a la Presidenta”, confirmando lo que habíamos escrito el domingo pasado sobre las presiones telefónicas previas al estreno del programa que él, el jefe de gabinete, Sergio Massa, y hasta el propio Kirchner habían ejercido hacia la productora Ideas del Sur.
Era previsible que Tinelli pasara a ocupar el centro de la escena política. Lo sorprendente fue que Jorge Rial, máximo exponente de los chimentos televisivos, terminara convirtiéndose en periodista político. Francisco de Narváez, el tatuado rival de Kirchner, visitó el programa Intrusos el jueves para fotografiarse con su imitador, en señal de que a él no lo preocupan esas cosas y viscosamente entreverado en el caso de la efedrina. Y el propio Fernández salió el aire en el mismísimo templo del chismerío berreta durante más de 15 minutos, el viernes, para exigir clemencia hacia la figura de la Presidenta. Se ve que al ministro para quien la inseguridad es sobre todo una “sensación” le encanta aparecer como caricatura.
Confieso que me había corrido cierto hielo por la espalda cuando, apenas iniciada la madrugada del miércoles, Tinelli gritó desde la pantalla de mi tele: “¡Si querés que se vaya Cristina, mandá un mensaje de texto al 13013!”.
La pantalla tiene ese poder. Durante fracciones de segundo logra hacerle creer a uno que ahí está expuesta toda la realidad y que, por ejemplo, una gestión presidencial puede agotarse en un rentable televoto.
Por desgracia, ese poco constructivo guión no fue el resultado de la creatividad de Pablo Semmartín y Nik, autores de la letra del programa. Ellos y su jefe nada más se tomaron el trabajo de expresar en tono de parodia lo que los obsesionados K vienen insinuando con el ceño fruncido y alarmante continuidad: que hay una permanente conspiración para voltearlos y que si las cosas no pintan como a ellos les gusta, plantan bandera y se toman el buque.
Desde luego que el éxito inicial de “Gran Cuñado” también habla de nosotros mismos como sociedad. Hace ya una década y media, en su libro La era del vacío, el filósofo francés Gilles Lipovetsky había descifrado la irrupción de un nuevo código humorístico en los medios de comunicación, en la publicidad e, incluso, en las artes. “La ausencia de fe posmoderna, el neonihilismo que se va configurando, no es ateo ni mortífero, sólo se ha vuelto humorístico”, escribió. Y otro académico franchute, Jonathan Pollock, de algún modo lo tradujo ya entrado el presente siglo en el ensayo titulado ¿Qué es el humor? Lo definió como “fruto del descreimiento generalizado” y como “patrimonio de aquellos a quienes les gusta reír sin tomarse nada en serio, ni siquiera las rigideces humanas ni las institucionales”.
Así, un simple programa de televisión podría servirnos para comprobar que el “que se vayan todos” de 2001 sigue entre nosotros, aun convencidos de su adolescente inutilidad. Y no sería una tele gobernada con mano dura sino unos políticos más sensatos y menos exhibicionistas lo que hace falta para superarlo defintivamente.
En la lógica manipuladora de los Kirchner, que ven actitudes “destituyentes” hasta debajo de la cama y llaman “generales mediáticos” a los dueños de los medios, Tinelli vendría a ser la máxima expresión de un peligroso humorismo de Estado. Su déficit es que no alcanzan a ver frente al espejo que en la dureza de sus máscaras radica buena parte del problema.