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COLUMNISTAS / Opinión
sábado 26 enero, 2019

Impostores verdaderos

¿Qué tiene de particular una antología bilingüe de jóvenes poetas americanos?, se preguntará el lector.

por Quintín

default Foto: CEDOC

A su paso por San Clemente, me encontré con Miguel Balaguer en la Feria del Libro de la Costa. Allí, en el apropiado stand de la editorial Bajo la Luna (la feria era de noche y al aire libre), me habló de una flamante publicación que probablemente sea el libro más curioso de la década: 50 estados-13 poetas contemporáneos de Estados Unidos con “selección, traducción y prólogo de Ezequiel Zaidenwerg”. ¿Qué tiene de particular una antología bilingüe de jóvenes poetas americanos?, se preguntará el lector. La respuesta es que los poetas no existen. Son todos heterónimos de Zaidenwerg, un argentino que vive en Brooklyn y se dedica a traducir poesía americana con tanto fervor que todos los días sube un poema a su blog.

Zaidenwerg inventó trece escritores y les dio una obra, un estilo y una biografía que se deduce de las entrevistas que acompañan a los textos apócrifos. Según me explicó Balaguer, los entrevistados fueron en realidad otros trece poetas (esta vez reales) a los que Zaidenwerg les dio la consigna de meterse en la piel de los colegas inventados. El editor me contó también que la idea original era no revelar la mistificación y que la única pista fuera que en la tapa dice “novela” con letra casi invisible. O que el lector, entusiasmado por los poemas, googleara el nombre de los poetas para descubrir que solo aparecen como parte de cincuenta estados. Pero después convinieron en que la prensa sería informada adecuadamente por temor a represalias. Confieso que podría haber hecho un papelón elogiando los sencillos poemas de Sarah Diano inspirados en canciones country (“Vos manejabas / yo que no tengo registro / sentada al lado tuyo / pensaba que tal vez / el amor sea esto / atravesar la noche / en el auto de otro / sin otra compañía / y sin saber manejar”) o expresando cierto fastidio frente al barroco progresista de Ariella Jenkins (“Mi villanella es obra de la suerte / la compuse dormida en mi caballo / Estás muy lejos. Muero por cogerte”).

La práctica de los heterónimos remite evidentemente a Pessoa, pero las voces del portugués loco eran orgánicas, expresiones variadas de una misma voluntad poética y filosófica. El genio de Pessoa se desdoblaba para renovar la poesía, para arrasar con las letras de su tiempo, para imponer una visión del mundo, para acompañar al rey Don Sebastián en su vuelta. El caso de Zaidenwerg es distinto. Su antología no es una broma pero tampoco una explosión de su psiquis, sino una celebración de la poesía americana actual, de su diversidad y su calidad. Al crear esta pléyade de poetas y escribir en su nombre con métrica o sin ella, en formas más libres o más tradicionales, narrativas o experimentales, bajo influencias clásicas o populares, Zaidenwerg intenta expresar desde su equidistancia como extranjero a una generación, o más bien a una comunidad, que se mueve en los márgenes de la poesía académica o institucional, a un costado de la industria de los talleres, en contacto con la música y otras disciplinas. La falsa antología (las entrevistas incluyen una enorme cantidad de recomendaciones de poetas importantes) funciona como una poderosa y feliz introducción a la poesía, como una obra de difusión y de contagio. 50 estados es un esfuerzo descomunal que invita a comparar, a investigar, a leer y a escribir poesía.


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