Proust no tiene demasiada fama como ensayista; sin embargo, hay un par de artículos suyos que a mí me parecen claves. Uno es Acerca del ‘estilo’ de Flaubert”, donde lee a Flaubert a su favor: “Aquello que hasta Flaubert era acción se vuelve impresión. Las cosas tienen tanta vida como las personas”. Y luego repara en el uso del imperfecto libre (“ese eterno imperfecto”) como un modo de comprender la novedad de Flaubert. El otro ensayo es Contra Sainte-Beuve. Pensado originalmente como una nota para Le Figaro, termina siendo un largo texto de trescientas páginas. Su prefacio es célebre –es decir olvidado– y siempre vale la pena volver a él, en especial a su primera frase: “Cada día le doy menos valor a la inteligencia. Cada día me doy más cuenta de que es más allá de ella que el escritor puede asir nuestras impresiones, es decir, lograr algo de sí mismo y de la materia del arte”. A su manera, Proust abomina del escritor inteligente, hondo, profundo, informado. El escritor es un artista y se opone al hombre de letras, que pertenece al mundo de la cultura. Sin embargo, Proust, nacido en 1871, se cría en el clima de la Tercera República, que impone a la educación laica y a la ciencia como valores centrales y a la inteligencia como timón social. Pero nuevamente en la herencia de Flaubert (que del boticario Homais en Madame Bovary a la bêtise de Bouvard y Pécuchet, sospecha de la inteligencia como de la peste) también la declara su enemiga. La literatura de Proust describe el momento en que la inteligencia deja finalmente de ser una actividad corrosiva, riesgosa, crítica, una forma de pensar contra el sentido común, y se vuelve un modo del aparato decorativo de las buenas costumbres, una actividad que no sólo no modifica el curso de las cosas, sino que, al contrario, lo deja intacto.
Podría decirse, quizá, que la ironía hoy se ha vuelto la forma más sofisticada de la inteligencia, en el sentido flaubertiano y proustiano del término. Algo en esta misma dirección (pero mejor escrito, mejor pensado y más agudo que esta columna) escribe Constantino Bértolo en La ironía, el gato, la liebre y el perro, un artículo recientemente publicado en la revista de la Universidad Diego Portales, en Santiago de Chile. Bértolo es el autor de La cena de los notables, un magistral ensayo sobre la relación entre literatura y crítica, publicado por la editorial Periférica, además de ser un editor de larga trayectoria en España (de vez en cuando publica algún autor argentino destinado irremediablemente al fracaso). En La ironía… escribe: “La ironía es forma de decir lo que no se puede decir. Dice lo que no se dice. Dice otra cosa de lo que dice. Y este carácter paradójico hace de la ironía una figura especialmente atractiva en estos tiempos en los que el derecho a decir se ha vuelto sospechoso. Ese decir y no decir permite estar en dos sitios y en ninguno (…) su atracción reside en que es un lujo y como tal reviste de prestigio a quien lo usa (…) No es extraño que el escritor se sienta atraído por esta dulce Circe que le permite instalarse en el poder de aquel que puede decir y dice y en la cómoda irresponsabilidad del que nada dice. Musa irresistible para el escritor de nuestro tiempo: el que no quiere equivocarse (…) Nada hay por tanto de raro en que con tantas ventajas la ironía se haya constituido en el recurso más prestigioso de nuestro tiempo literario”.
Y entre medio de esta larga cita, Bértolo escribe una frase definitiva y verdadera: “Su miedo a decir (algo) se asienta en su presunta lucidez histórica: decir produce catástrofes”. Ocurre que, luego de Flaubert y Proust, el escritor radical es el que escribe diciendo y el que a la vez desconfía de su propio decir, de su propia escritura. Y los demás redactan, simplemente.