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Interpretando sueños

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La otra noche, entre sofocos, soñé que metía un gol Palermo. Al despertar, alborotado, comprendí hasta qué punto ha llegado a afectarme este tema deportivo. Porque en la vigilia, durante el día, me impongo otra clase de preocupaciones, más calificadas, más admitidas: me obligo a fruncir el ceño por los niveles radiactivos en Japón, la guerra contra Kadafi en Libia, el resultado de las elecciones en Chubut, lo que dice Vargas Llosa en la Feria del Libro. Al dormirme, sin embargo, cuando cedo el control sobre la mente, cuando mis miedos y mis deseos se hacen cargo por sí solos de mí y me dejan a merced de mi subconsciente, por lo visto es esto lo que aparece: un penal que Palermo ejecuta y que no sin suspenso termina en gol.

Era un sueño, y no la realidad, y por eso se explica que ocurriera algo increíble: en la cancha, con el gol, nos emocionábamos tanto todos, que entre lágrimas tragadas y ahogos de llanto no atinábamos a gritar. En una atmósfera literalmente onírica, el gol se festejaba con el más intenso silencio, con el milagro de una euforia enmudecida, con una suma de gestos colosales que no admitían ninguna palabra (ni siquiera la palabra gol, que es tan corta y tan espontánea).

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¿Por qué terminé soñando con esto? ¿Porque quiero que Boca por fin gane, porque quiero que Palermo por fin convierta? Supongo que sí, pero también por esto otro: los goles de Palermo cumplen en mi vida (en la mía y en la de muchos otros) la función decisiva de alterar los parámetros establecidos para la verosimilitud; la de correr, con chilenas o penales resbaladizos o cabezazos de media cancha o medias vueltas en cámara lenta, los mojones que tentativamente señalan la frontera de lo posible y lo imposible; la de modificar las proporciones de lo que puede esperarse y de lo que no, de lo que resulta habitual y de lo que sorprende; la de hacer que suceda lo que no podía suceder.

¿Dónde más se obtiene eso? Habrá que ver más películas de David Lynch o leer más novelas de César Aira, hasta tanto Martín Palermo regrese al gol, o mejor dicho hasta que el gol se digne a regresar a él.