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Invierno nuclear

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Occidente acorrala a Rusia y Vladimir Putin amenaza con utilizar su arsenal nuclear. | Pablo Temes

Solo la mente brillante de Eric Hobsbawm podía definir con tanta simpleza y contundencia, a la vez, la locura que experimentó el mundo durante la Guerra Fría.

“Un enfrentamiento nuclear permanente basado en la premisa de que sólo el miedo a la ‘destrucción mutua asegurada’ (acertadamente resumida en inglés con el acrónimo MAD, ‘loco’), impediría a cualquiera de los dos bandos dar la señal, siempre a punto, de la destrucción planificada de la civilización. No llegó a suceder, pero durante cuarenta años fue una posibilidad cotidiana”, sostuvo el historiador británico en Historia del Siglo Veinte.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, varias generaciones vivieron bajo el temor de que el “botón nuclear” desatara un enfrentamiento planetario que pondría fin a la propia especie humana. No era un miedo infundado, era una realidad palpable frente al enfrentamiento bipolar que Estados Unidos y la Unión Soviética desataron durante décadas. Solo la caída del Muro de Berlín puso fin a terrible pesadilla. Hasta ahora.

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La humanidad se enfrenta por estos días a una amenaza que obliga a volver a reparar en la locura alertada por Hobsbawm, al tiempo que  Vladimir Putin desafía cualquier lógica de racionalidad. Porque Putin nunca podría iniciar una guerra en las puertas de Europa. Pero lo hizo. Putin nunca podría anexionar territorio de Ucrania. Pero lo hizo. Putin nunca podrá accionar el terror nuclear. ¿Pero lo hará?

El último jefe de la KGB soviética, el ex campeón de lucha rusa y de judo, el jefe de las poderosas Fuerzas Armadas de la Federación Rusa ordenó esta semana que el arsenal de disuasión nuclear estuviera dispuesto en “régimen especial de servicio”. Se trata de un estatus militar que no se producía desde la desaparición de la URSS.

A la vez que el presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, advirtió sobre las consecuencias de semejante descalabro, luego de que el Ejército ruso tomara control de la central nuclear más grande de Europa: “Será el final de todo”.

No es la primera vez que Putin desafía en clave nuclear. En El orden mundial 2018, un documental producido por la televisión estatal de Rusia, el hombre que controla el Kremlin desde fines del siglo pasado, convirtiéndose de esa manera en el líder que más tiempo lleva en el poder de Moscú desde la caída de Stalin, anticipó cuál sería su respuesta si se siente amenazado.

“Por supuesto, sería una catástrofe global –reconoció Putin–. Pero no seríamos los instigadores de esta catástrofe, porque los rusos no llevamos a cabo ataques preventivos. Estaremos esperando que alguien use armas nucleares. La venganza será inevitable y el agresor será destruido. Pero los rusos iremos al cielo como mártires y ellos morderán el polvo”.

Putin nunca podrá accionar el botón nuclear. ¿Pero lo hará?

Se trata de un escenario inquietante. Porque las potencias occidentales que, hay que decirlo, no se preocuparon por enviar vacunas contra el coronavirus a Ucraniasolo el 35% de la población está inmunizada y es el país de Europa oriental que sufrió la mayor cantidad de muertos por habitante–, ahora se esfuerzan por entregar sofisticados armamentos a Kiev para impulsar una alocada carrera armamentista que nunca será la solución para la paz.

A su vez, la decisión de Occidente de congelar los activos del Banco Central de Rusia y aislar a la banca rusa del sistema financiero internacional, excluyéndolos del mecanismo de pagos SWIFT, deja a las finanzas de Moscú a punto de colapsar, con el rublo sufriendo una depreciación histórica y una economía cada vez más cerca de caer en default.

En ese delicado contexto, aunque Putin avanza en su estrategia militar de invasión a Ucrania, la que queda cada vez más acorralada es la propia Rusia. Y, vale aclararlo, el que está arrinconado es el país con mayor número de ojivas nucleares en el mundo, según el último informe del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI).

Ocurre que, tal como publicó esta semana el Bulletin of Atomic Scientist, Rusia cuenta actualmente con 5.977 ojivas nucleares. supreando a la OTAN, que suma 5.943 (Estados Unidos 5.428, Francia 290, Gran Bretaña 225), mientras que China tiene 350, Pakistán 165, India 160, Israel 90 y Corea del Norte 20.

Para tomar real dimensión de la desmesurada potencia que tiene cada uno de estos instrumentos atroces, hay que recordar que las bombas atómicas arrojadas en la Segunda Guerra tenían entre 15 o 20 kilotones, mientras que las ojivas nucleares de la actualidad pueden llegar a tener más de mil kilotones. Cada kilotón equivale a mil toneladas de TNT.

Occidente no envió vacunas a Ucrania, pero ahora entrega armas.

Pero a pesar de la bravuconada de Putin, ni la URSS ni su continuadora Federación Rusa han usado armas nucleares hasta el momento. Fue Estados Unidos, hay que remarcarlo, el único país del mundo que lanzó bombas atómicas sobre civiles. Las ciudades de Hiroshima y Nagasaki son el triste ejemplo de la tragedia que representa un arma con tanta capacidad de destrucción: causaron más de doscientas mil muertes y un número aún mayor de heridos por los que siguieron sufriendo la radiación durante varios años.

Las fotos de los hongos atómicos elevándose hasta el cielo japonés dan cuenta de la gravedad de lo que ahora se está poniendo en juego frente a una posible guerra nuclear. Es que, además de las víctimas mortales directas derivadas de los ataques, se produciría un “invierno nuclear” en todo el mundo, lo que acabaría con la vida humana.

La teoría surgió a partir de un estudio de Paul Crutzen y John Birks publicado en 1982 y titulado La atmósfera después de una guerra nuclear. Crepúsculo al mediodía. El químico holandés ganador del Nobel y el biólogo inglés formado en la Universidad de Cambridge pronosticaron que un enfrentamiento atómico a nivel global provocaría incendios masivos en todo el planeta, lo que generaría una alta densidad de humo espeso en la capas bajas de la atmósfera, produciendo una cortina que impediría la llegada de luz solar a la superficie. El efecto tendría consecuencias nefastas sobre el clima y afectaría a todas las especies, generando una nueva era de glaciación por décadas, que terminaría con todo tipo de vida planetaria.

Las investigaciones que alertaron sobre un temible “invierno nuclear” se multiplicaron en los ochenta hasta promover un fuerte rechazo en la opinión pública mundial al fantasma atómico, lo que obligó a Ronald Reagan y a Mijail Gorbachov a firmar distintos Tratados de No Proliferación Nuclear entre los EEUU y la URSS con el objetivo de desactivar los arsenales apocalípticos.

Albert Einstein es quizá el nombre más vinculado con el desarrollo nuclear. Su famosa fórmula, que establece que la energía (E) es igual a su masa (m) multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado (c2), permitió producir el arma más mortal creada por el ser humano. Pero el físico alemán de origen judío que logró escapar del nazismo se arrepintió de lo que ayudó, sin proponérselo, a producir y se convirtió en un militante pacifista que, tras presenciar el espanto atómico, sintetizó en pocas palabras el horror que ahora regresa.

“No sé con qué armas se peleará la tercera guerra mundial –advirtió el científico más popular del siglo veinte–. Pero la cuarta será con palos y piedras”.