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Irán y el espectro atómico

A Israel se le va haciendo más difícil exigir desarme nuclear a sus vecinos mientras no “blanquee” su propio arsenal atómico, que incluye ochenta cabezas con sus vectores.

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Bajo la cúpula del Capitolio, con dominio completo del idioma inglés norteamericano y capacidad actoral superior, el primer ministro de Israel explicó a los legisladores de ese país, reunidos especialmente en sesión conjunta para oírlo, cuál debe ser la política exterior de los Estados Unidos con Irán y cuán censurable y peligrosa es la adoptada por el presidente Obama, sentado en su despacho a pocas cuadras, en la Casa Blanca.

La escena, el lugar, los protagonistas y los dichos no pueden ser más inusuales.
Por momentos se tenía la sensación de que era el presidente de los EE.UU. o un jefe de la oposición del Partido Republicano quien informaba a las dos cámaras acerca de su programa de negociaciones con Irán; tan numerosas eran las interrupciones para los aplausos (incluyendo ovaciones) y fervoroso el apoyo que despertaban las palabras del político israelita. Al retirarse, en compañía de los presidentes de la Cámara de Representantes y del Senado, entre sonrisas y efusiones de los legisladores que pugnaban por felicitarlo, se tenía la extraña sensación de que un jefe de gobierno extranjero había sustituido –en lo imaginario y lo virtual, hoy tan poderosos en la formación de la opinión– al Congreso y al presidente en la responsabilidad de definir la política exterior de los EE.UU.

Mientras el premier judío daba su discurso en Washington, el secretario de Estado norteamericano, Kerry, se reunía en Montreux (Suiza) con el canciller iraní para avanzar en un acuerdo que superara la prolongada y áspera diferencia sobre el plan nuclear de Irán y el levantamiento de las sanciones que –por su prosecución– se le vienen aplicando. La reunión del martes, a orillas del lago de Ginebra, prologó la que ahora sigue con los demás países que componen el llamado Grupo 5+1, a saber: China, Rusia, Francia y Gran Bretaña, más Alemania; es decir, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y Alemania. Y que debería culminar antes de fin de marzo.
Para Netanyahu, la voluntad de estas naciones de llegar a un entendimiento con los persas que postergue por unos años el desarrollo nuclear del país islámico no árabe –según trascendió, serían diez (fuentes occidentales) y seis (ídem iraníes)– implica un riesgo inaceptable para la seguridad de Israel.

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Esta posición no sólo excede el rango de responsabilidad estratégica de su país en el Cercano Oriente, sino que colisiona también con los intereses, la presencia, las responsabilidades y las alianzas de los demás integrantes de la sensible negociación en curso.
Por necesidades electorales (el 17 de este mes se juega la posibilidad de mantenerse en el cargo por un cuarto período), Netanyahu ha atacado la diplomacia de las grandes potencias y boicoteado una negociación crucial, tanto en sí misma como por la particular configuración actual de la situación mundial respecto de la “cuestión islámica”; que lo haya hecho apelando al grupo de presión judío en EE.UU. y a la oposición –mayoritaria– del Congreso probablemente repercuta de manera favorable en Jerusalén y eleve sus chances de obtener una mayoría relativa en la Knesset (Legislatura Israelita) frente a su rival laborista Herzog y a la ex canciller Livni.

La relativa coincidencia entre Moscú y Washington en las negociaciones en curso, así como el asentimiento de China, contribuirán –impalpable pero ciertamente– en ampliar esferas de diálogo armónico entre los “grandes”. Y a enfocar las acciones diplomáticas venideras en áreas de alta temperatura crítica, como son la planteada por la ampliación territorial incesante de Estado Islámico (EI) y la prolongada ausencia de solución del grave problema palestino.

La astuta maniobra de propaganda del premier israelí puede entonces darle réditos domésticos inmediatos, pero también abre las puertas a repercusiones desfavorables para él, para la posición de su país y para la estabilidad regional en su conjunto.
Si fracasan las negociaciones 5+1, Irán seguirá aislado y sancionado; su programa nuclear no se verá limitado ni encuadrado, y el presidente Rohani quedará debilitado frente a sus propios “halcones”, como ya lo hemos señalado. Además, si el Congreso norteamericano resulta ser el culpable de hacer fracasar la negociación con los persas, estos últimos se quedarán con la imagen de “no por mi culpa” y será difícil aumentar la severidad de las sanciones a aquel país.

Si “Bibi” gana las elecciones, deberá convivir dos años más con el presidente Obama en la Casa Blanca y seguramente se notará el daño causado a la relación de su gobierno con los EE.UU., viejo y principal aliado.
Su consejero de confianza y embajador de Israel ante el gobierno yanqui, Ron Dermer, fue quien urdió con el líder republicano John Boehner la invitación al Capitolio, dando preeminencia a grupos de presión, como el Aipac y la bancada republicana, por sobre la Casa Blanca. Ya se rumorea que no es imposible que sea sacrificado. La tradición del chivo emisario (aun los cómplices) se origina, después de todo, en el Viejo Testamento.
Pero hay una complicación más que se comienza a percibir en estos días, y es la que deriva de un cierto desgaste en la capacidad de Jerusalén para hacer valer su excepcionalidad frente a las reglas de juego en el tablero mundial.

Esa excepcionalidad ha venido permitiéndole algunos notables gestos de prestidigitación, como los que simulan que algo está y no está a la vez, tal la sonrisa del gato de Alicia en el país de las maravillas.
Claro que a Israel se le va haciendo más y más difícil exigir desarme nuclear a todos sus vecinos mientras no “blanquee” su propio arsenal atómico, que incluye –según fuentes occidentales– ochenta cabezas con sus vectores.

De eso no se habla: así se llamaba la película de María Luisa Bemberg, rodada en Colonia con Marcello Mastroiani.
Tampoco será fácil eludir una vez más la cuestión palestina, en especial la más que urgente situación en la Franja de Gaza, tan bien descrita por el notable Robert Fisk como “una gigantesca villa miseria” en una nota reciente del The Independent.