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COLUMNISTAS / casos
sábado 22 febrero, 2020

Karate yo

por Daniel Guebel

sábado 22 febrero, 2020

Hace ya casi dos décadas vine a vivir al PH que aún habito y planté una ampelopsis pequeñita que fui ayudando a enrollarse en las cañas de bambú que coloqué para crear un falso espacio natural. El artificio es un agradable auxiliar del arte, si es que no lo suplanta. El caso es que pasaron los años y la ampelopsis fue creciendo y expandiéndose y trepando por las paredes de mi casa y las de los vecinos. Algunos de ellos, encantados por la explosión verde, otros no tanto. De esta segunda especie, hay una vecina que año tras año me toca el timbre para avisarme que mi planta le ocupa sus paredes y que cuando la arranca quedan las marcas de sus ventosas y, cada vez que insiste en pintar esas paredes, a la semana, a los quince días, al mes, la planta vuelve a tapar la pintura.  A mí me gustan esos trazos irregulares, signos de una sintaxis de la naturaleza que nos privamos de leer como sentido pero que podemos disfrutar como forma. Pero a ella no. Entonces, año tras año, con gran pesar,  para no pelearme  (¿cómo es que no comparte mis gustos? ¿Cómo es que yo no comparto los suyos?), agarro una escalera, me subo hasta las alturas y comienzo a podar. No es muy trabajoso. Salvo los troncos ya gruesos, que son los menos, es una trama ligera que se va despegando de los muros con ruido a cinta scotch. El testimonio de lo arrancado queda como grafía. Las hojas de lo que no llego a cortar, una vez comenzado el otoño, se vuelven  rojas y ocres y doradas, y luego caen y las junto y ya está.

Hace dos fines de semana, luego de la tercera reconvención anual-veraniega de mi vecina (dejo pasar, por pura desidia y desmemoria, las dos primeras), me levanté temprano un sábado y armé la escalera de aluminio que compré especialmente para la tarea: desplegada, la escalera alcanza los cuatro metros de altura. Mido un metro ochenta, y habré llegado hasta los tres metros cuando me dispuse a arrancar, cosa que hice durante un rato a buen ritmo. Pero de golpe, una resistencia vegetal un tanto superior al promedio me obligó a pegar un tirón algo más fuerte. Una mano sostenida en la escalera, la otra en la maniobra. El caso es que cuando el tirón dio su resultado me quedé con un cacho de hiedra en la mano y el cuerpo girando en redondo, desacomodándome. Solté la hiedra y traté de afirmarme con la mano libre en el tronco de la Santa Rita, que también planté hace diecinueve años, pero me quedé con la rama en la mano, y caí, en decúbito dorsal, desde los tres metros de altura. Durante una fracción de segundo me imaginé muerto. Luego mi cadera dio contra una maceta de cemento y la quebró, y quedé envuelto en una especie de floración de palmeras. Un karateca está orgulloso de partir una maderita pedorra con el canto de la mano. Soy, creo, el primer caso de karateca involuntario que parte cemento con la cadera. Igual, busco jardinero.

 


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