COLUMNISTAS

La aristocracia del barrio

River y Boca tuvieron más fortuna y su enfrentamiento barrial mutó, fue creciendo hasta alcanzar dimensiones extraordinarias. Hoy son parte de cierta universalidad distante, con identificación masiva y fronteras difusas. Ellos no. San Lorenzo y Huracán son antiguos vecinos con historia compartida y en tensión permanente.

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“El odio del contrario es el amor del
semejante: el amor de esto es el odio
de aquello. Así, pues, en sustancia,
es una cosa misma odio y amor”
Giordano Bruno (1548-1600)

River y Boca tuvieron más fortuna y su enfrentamiento barrial mutó, fue creciendo hasta alcanzar dimensiones extraordinarias. Hoy son parte de cierta universalidad distante, con identificación masiva y fronteras difusas. Ellos no. San Lorenzo y Huracán son antiguos vecinos con historia compartida y en tensión permanente. Crecieron juntos mirándose de reojo, se detestan en silencio, compiten ferozmente, se alegran de la desdicha del otro, en fin, cumplen con las reglas de la convivencia clásica. Son los protagonistas del clásico más tradicional, el más tanguero y el más porteño de todos. Un fenómeno hermético. Los que no son de la zona no lo comprenden tan bien. Ni siquiera parecen estar enterados de cómo va la cosa sus propios futbolistas. “Para mí nuestro clásico es Boca, nunca jugué contra Huracán en primera”, dijo con inocente derroche de ignorancia Jonathan Botinelli, zaguero de San Lorenzo, a días del derby. OK, la historia no parece ser el fuerte de los más jóvenes. Una pena. Porque no hay marketing, ni millones, ni campañas capaces de aniquilar tanto sentimiento de amor y encono, esas dos caras de la misma moneda. Se sabe, el opuesto necesita del opuesto. Dialéctica. El viejo juego de espejos que motoriza a la raza humana desde que el mundo es mundo.
No creo que exista otro club con la cantidad de apodos que exhibe San Lorenzo. A ver: el Santo (una obviedad), los Cuervos (por las negras sotanas de los colegas del fundador, el cura Lorenzo Massa), los Gauchos de Boedo (fatal si riman los rivales), el Ciclón (para no ser menos que sus vecinos), los Forzosos de Almagro (versión vintage) o los Matadores (memoria del equipo de 1968). A Huracán se los llama los Quemeros por su cercanía con la Quema, claro; pero su apodo oficial es el Globito. Las razones de la insólita asociación entre la furiosa tempestad y el globo aerostático que solía volar en vientos calmos el dandy e ingeniero Jorge Newbery bordean lo surrealista. En un arranque más exótico que poético, sus fundadores pretendían llamarlo Club Esperanza Verde y No Pierde. Decididos, fueron hasta la librería de Sáenz y Esquiú para encargar el sello, y una vez allí los planes cambiaron. El dueño del local, un tal Richino, los convenció para que olvidaran ese larguísimo nombre, que adoptaran el emblema de la nave y que finalmente lo bautizaran Club El Huracán. Gustó. Y así continuó la historia.
Otra notable particularidad es la cantidad de jugadores que, aun habiendo jugado en los dos clubes, son queridos y respetados por todos, sin rencores. Próceres sanlorencistas como el Bambino Veira, Doval, el Toscano Rendo y Coco Rossi jugaron, antes o después, en Huracán. Rendo es hincha confeso y, dicen, Veira también: ya jugador de Primera, lo recuerdan jugando al billar en la sede de Caseros con Oscar Bonavena, otro fana histórico. El dato es inequívoco: el enfrentamiento es sólo a partir del vínculo. Son, en esencia, una unidad. Después se destrozan, claro, como en las mejores familias.
Sanfilippo, fantástico goleador de San Lorenzo, es, seguramente, la primera imagen de superestrella que recibí de niño. El tipo era una máquina; petiso con piernas como robles, fanfarrón, implacable. Después, su antítesis, el Lobo Fischer; un misionero espigado, callado, menos veloz pero demoledor. O el gringo Scotta, efectivo pero con menos ángel. Entre 1964 y 1974 San Lorenzo tuvo equipos deslumbrantes (los Carasucias de Doval, Telch, Areán, Veira y Casa) y efectivos (con Toto Lorenzo). Huracán hizo lo suyo recién con Menotti en 1973 y armó una de esas delanteras que recitamos a la antigua, con el placer de la buena poesía: Houseman, Brindisi, Avallay, Babington y Larrosa. Ah... Ese fue el esplendor que antecedió a la pesadilla. Después de 1976, ellos, nosotros, todos, nos fuimos al descenso.
No soy un experto. Vi el clásico una sola vez. Fue en Racing y recuerdo apenas un par de cosas; la melena del Ratón Ayala agitándose al viento y la banda que me robó el reloj a la salida y me pegó hasta aburrirse. No insistí. ¿Qué puede darnos el partido de hoy? La emoción del regreso, sobre todo. Convertidos en vidrieras para seducir a empresarios, es bien difícil que hoy un equipo nos enamore y mucho menos que esté a la altura de la fiesta popular que lo rodea. Si sucede, durará lo que un amor de primavera. No hablemos de jugadores, mejor. El show será de la gente. Y de los que todavía perduran, los que dejaron su huella. Los entrenadores. Por un lado Ardiles, un 8 deslumbrante y de manejo exquisito que brilló junto a Villa en el muy físico fútbol inglés. Y por el otro, Ramón Díaz, brillante jugador, ganador compulsivo como técnico gracias a su picardía y a su talento para manejarse en las cerradas curvas del poder.
Rácing-Boca, Ríver-Independiente o Estudiantes-Gimnasia son otros paradigmas, otros espíritus en pugna. San Lorenzo y Huracán constituyen una historia cerrada, inaccesible para el no iniciado, pura de toda pureza. Una pelea de parientes con bronca, de pares, de viejos socios o de ex parejas; algo más bien chico, lo más parecido al infierno universal.