Salvo en los oficialistas, que tienen por obligación y renta el optimismo y por perspectiva ritual la advertencia acerca de los males que sobrevendrían a la patria si cambiara el gobierno, la lectura o visión de lo ofrecido por los medios de comunicación se presenta bajo la figura de la catástrofe. La fórmula de lo noticiable combina la idiota variedad chismológica del mundo del espectáculo con la épica deportiva (una deriva del nacionalismo que se exacerba en la previa de los mundiales), el discurrir preapocalíptico del panorama internacional, y la galería de la política nativa presentada como una sucesión de conspiraciones, acuerdos espurios y psicosis varias, que alcanzan su cenit en el griterío alucinatorio con que los espadachines secundarios saturan la pantalla tratando de imponer las verdades de su amo de turno.
Conocí en años mozos a un joven periodista llamado a trastocarlo todo por la fuerza de su ingenio: declamaba a los vientos que el periodismo es una escuela de servidumbre. Quizá citaba a Karl Krauss, no lo sé, pero si la letra de una afirmación entra a la larga en la sangre del que la enuncia, él habrá hecho, como tantos otros, carne de esa afirmación, y habrá terminado diciendo lo que espera que diga el que le paga su salario.
Desde luego, nada más inútil que pretender un territorio de libertad en un mundo que ha vuelto inapreciable que cada objeto y cada causa tenga un valor numerario. Esclavos somos todos, de algo o de alguien, y a veces ni siquiera conocemos su nombre. Es insensato pedirle diferencias al “universo comunicacional”. Las figuras de una realidad no regimentada por el relato se cultivan en los márgenes, y también son, por lo general, imágenes de lo siniestro. Ayer vi fotos de monas depiladas y con los labios pintados en prostíbulos destinados a obreros petrolíferos que extraen de sus entrañas el líquido para que nuestros coches anden.