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La cámara lúbrica

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En algunos países los escritores son reverenciados y tratados como grandes pensadores o estrellas de rock, como suele suceder en Francia, donde Michel Houellebecq consigue que la presentación de su libro sobre un futuro gobierno francés musulmán sea hecha con granadas y metralla por dos fundamentalistas en la redacción de Charlie Hebdo. En otros países, el nuestro por ejemplo, el escritor no sirve para nada y a nadie le importa lo que tenga para decir. Esto para algunos es una bendición –ya que se tienen que poner a escribir con la boca cerrada, como le pedía el menor de los Lamborghini a Fogwill– y para otros una calamidad –ya que no saben cómo hacerse oír para poder estar así en las bocas de las redes sociales–. Daniel Mordzinski es un fotógrafo argentino que viene retratando a escritores en cuanta feria o festival hay. Recuerdo una foto de Juan José Saer con la nieve parisina detrás u otra de un jovencísimo y vanguardista Damián Tabarovsky contra una pared. Aunque sospecho que debe tener otro tipo de fotos, los escritores parecen ser su tema obsesivo. Es curioso verlo trabajar; cuando se acerca a un escriba al que todavía no le sacó una foto, le dice: “Vos sos mi figurita difícil”, haiku que inmediatamente causa efecto ya que es una especie de pastilla efervescente en la vanidad del escritor y éste, encandilado, posa frente a la cámara sin contemplaciones, haciendo lo que el fotógrafo quiera, como el elefante ante los pedidos del domador del circo. ¿Cómo trabaja Mordzinski? Su estudio es el mundo: aeropuertos, salones de lectura, cafés, calles. A veces hasta los visita en su casa: consigue que algunas vacas sagradas se hagan las dormidas o se vistan de manera ridícula para satisfacer el lente y el ojo del gran fotógrafo argentino. De alguna manera, el trabajo de Daniel Mordzinski puede ser interpretado como un homenaje a los miles de escritores en todo el mundo que se la pasan dale que dale trajinando sus egos y sus textos. Pero también puede ser leído como la crítica más implacable que se está haciendo –con testimonios concretos, las fotos– sobre la estupidez de los escribas. Parece que vemos a los escritores posando pero en realidad vemos la sombra del fotógrafo que cae en picada sobre esas pobres figuras. Como si fuera el juego de la batalla naval: tocado, tocado, hundido.