La sociedad argentina deberá descubrir, alguna vez, qué múltiples y variados elementos integran su particular identidad y en ese encuadre, los partidos políticos, la dirigencia y los grupos dominantes, en general, deberán plantearse en qué valores deciden creer primero para representar después y hacer, alguna vez, el enorme esfuerzo de pensar que uno es consecuencia del otro. Difícil contar con una mano a los referentes sociales o políticos que representan personalmente lo que dicen. La enorme brecha entre la construcción del discurso y la de la vida, en algunos casos, es mostrada con una ausencia de pudor total porque, claramente, es una sociedad que no la reprocha, que es muy tolerante a su existencia, mientras siga presente la percepción de algún beneficio o utilidad que la justifique. Cuando esta última desaparece surge en forma de reclamo el concepto de transparencia, dejando al descubierto que lo frustrante no es la brecha sino su ineficiencia. Ya estamos un poco más grandes en términos de institucionalidad y sería importante identificar de dónde surge este particular ordenamiento.
Casi todas las propuestas políticas trazan hoy una estrategia de construcción horizontal, “modelo peronista”, de manera de abarcar de una sola vez las más variadas demandas del electorado en su conjunto. Atrás de un mensaje de diálogo y consenso, muy oportuno, empiezan a desfilar ideas y gente para todos los gustos en un mismo escenario con un único filtro existente y socializado que radica en sumas y restas de votos. ¿No es empezar por atrás? ¿No resulta obvio que el mensaje es “queremos ganar como sea y para eso me junto con cualquiera”? Alguna vez la dirigencia deberá tomar conciencia de la dimensión del daño que genera estimulando como driver de definición de voto el oportunismo, el beneficio inmediato.
Por eso y más allá de lo que suceda con su estrategia de alianzas durante las próximas elecciones, es interesante observar la evolución, hasta aquí, del PRO y del kirchnerismo dentro de este contexto marcado por la sobrevivencia. Ambas fuerzas construyen espacios a partir de valores claros. A pesar de no querer ser mencionado por sus dirigentes, el PRO es de derecha, convoca a una población que debería ser no menor, heterogénea, extensa territorial y socialmente, habita en un espacio de larguísima tradición política argentina con sus buenas y sus malas. Es una fuerza que puede recuperar símbolos y valores que se encuentran en la profundidad de nuestra cultura y que atraviesan a gran parte de la sociedad. El kirchnerismo, por su parte, también es impulsado por claras ideas previas, que se desarrollan a lo largo de la historia argentina con un fuerte sentido y en gran medida por antagonismo con la vertiente anterior, despierta el encanto y la emoción de una parte de la sociedad que se identifica con el desenfado, y el cuestionamiento de lo que viene dado, dispuesto a la ruptura y a la revisión.
Ambos espacios, con sus contradicciones que se verán, plantean en líneas generales, un debate vinculado a “maneras de resolver los problemas”. Maneras que no se adaptan a las circunstancias sino que surgen de conceptos previos. Esto resulta muy ordenador para un electorado que podría, además de pensar pasivamente en términos de la gobernabilidad más elemental a la hora de votar, también tendría la oportunidad de reflexionar sobre propuestas ideológicas y de criterios que imperaran cuando esas fuerzas gestionen.
Me animo a tomar, con todos los riesgos que esto implica al PRO y al kirchnerismo, ambos espacios nuevos e inmaduros, sin entrar en sus aciertos o desaciertos y cuya evolución me es imposible prever, sólo como modelos para invitar a pensar cómo sería una sociedad cuyos dirigentes y votantes ataran sus decisiones estratégicas al largo plazo, pudieran discutir ideas y modos, para abordar los problemas puntuales, siendo esta lógica el único motor a encender para capturar el interés de los electores.
*Politóloga.